Colaboraciones

 

Sobre la eutanasia (IV)

 

03 noviembre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Los derechos del enfermo moribundo

El derecho a una muerte digna incluye:

1. El derecho a no sufrir inútilmente.

2. El derecho a que se respete la libertad de su conciencia.

3. El derecho a conocer la verdad de su situación.

4. El derecho a decidir sobre sí mismo y sobre las intervenciones a que se le haya de someter.

5. El derecho a mantener un diálogo confiado con los médicos, familiares, amigos y sucesores o compañeros en el trabajo.

6. El derecho a recibir asistencia espiritual.

 

Valoración moral

La eutanasia (salvas las excepciones de la distanasia y la eutanasia lenitiva, que no son propiamente eutanasias) está comprendida en la calificación moral del homicidio y del suicidio directos. Concretamente, según las diversas modalidades, puede ser: solo suicidio, solo homicidio, o suicidio y homicidio al mismo tiempo (suicidio asistido u homicidio consentido).

1) Cuando es solo suicidio pueden darse casos de moralidad subjetivamente atenuada por la desesperación y por perturbaciones psicológicas producidas por ciertas enfermedades terminales. Evidentemente, esto ocurre siempre que se den alguno de los impedimentos del acto humano (ignorancia de la malicia del acto, enfermedad psicológica, etc.).

2) Cuando se trata de suicidio asistido, aun mediando «razones de piedad», se añade a veces el agravante de los lazos de parentela de quien asiste positivamente o consiente al suicidio del moribundo, o las obligaciones de justicia y deontología de quienes lo practican (médicos, enfermeros, etc.): «La eutanasia… debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante “perversión” de la misma. En efecto, la verdadera «compasión» hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas».

3) Cuando se trata solo de homicidio, la eutanasia presenta características particularmente agravantes y repugnantes: el cinismo de desembarazarse de los seres juzgados «sin valor», la negativa de prestar servicio al que sufre, el pecado contra la justicia propio de todo homicidio, la calidad de indefenso del enfermo. Dice la Evangelium vitae: «La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como Dios, conocedores del bien y del mal (Gn. 3, 5). Sin embargo, solo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: Yo doy la muerte y doy la vida (Dt. 32, 39; cf. 2 R. 5, 7; 1 S. 2, 6). El ejerce su poder siempre y solo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas».

Por todo esto, hay que decir que la eutanasia es un pecado:

1º Contra la sacralidad de la vida y contra el señorío divino. Con la eutanasia, el hombre se proclama señor de la vida y de la muerte de sus semejantes: «Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás. Pero esta es la muerte de la verdadera libertad: En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo (Jn. 8, 34)».

2º Contra el sentido del dolor y de la muerte.

3º Contra la tarea esencial de la medicina: «para un médico, el único éxito profesional es curar».

4º Contra la absoluta indisponibilidad de la vida humana.

Dice Juan Pablo II en la Evangelium vitae: «Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio».

Para la ciencia médica, la eutanasia marca «un momento de decadencia y de abdicación, además de una ofensa a la dignidad del moribundo y a su persona». Su perfil, como «ulterior arribo de muerte después del aborto», debe ser tomado como una «dramática llamada» a la fidelidad efectiva y sin reservas hacia la vida.

Si se llaman las cosas por su nombre, eutanasia significa dar muerte a quien todavía está vivo. Una muerte programada por el médico que, por vocación y profesión, es ministro de la vida.

La eutanasia contradice el principio fundamental de indisponibilidad del derecho a la vida, derecho que pertenece solo a Dios.

Compartir la intención suicida de otro y ayudarlo a realizarla mediante el llamado «suicidio asistido», significa hacerse colaborador y algunas veces autor, en primera persona, de un acto injustificable, ni siquiera cuando este le fuera pedido.

El «suicidio asistido» decidido y practicado por el personal sanitario, por más que sea consentido por las leyes del estado, es siempre:

- un crimen contra la vida de la persona humana,

- una abdicación de la ciencia médica,

- una aberración jurídica.

- La lógica efectiva de la eutanasia es esencialmente egoísta e individualista, y, en cuanto tal, contradice la lógica de la solidaridad y la confianza recíproca, sobre la que se apoya toda forma de convivencia.