Colaboraciones

 

Sobre la familia

 

05 noviembre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Nadie se ha dado el ser a sí mismo. Hemos recibido de otros la vida, que se desarrolla y madura con las verdades y valores que aprendemos en la relación y comunión con los demás. En este sentido, la familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.

Para el Papa san Juan Pablo II, «la función social de la familia no es un añadido, sino algo que desarrolla, sobre todo, por cuanto es: la familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque es su fundamento y la alimenta continuamente con su servicio a la vida: de la familia, en efecto, nacen los ciudadanos y en ella encuentran la primera escuela de las virtudes sociales, alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma […]. De ahí que la primera y fundamental aportación de la familia a la sociedad sea la misma experiencia de comunión y participación que debe caracterizar su vida cotidiana. Por tanto, solo con ser lo que debe ser, la familia se constituye en la primera y más eficaz escuela de sociabilidad, precisamente por la espontánea gratuidad de las relaciones entre sus miembros, hecha de acogida cordial, disponibilidad desinteresada, servicio generoso, solidaridad profunda».

En How to avoid the Future (Cómo evitar el futuro), el escritor inglés Gordón R. Taylor (1911-1981) publicó hace algunos años unas interesantes reflexiones sobre la familia, que fueron recogidas en el diario alemán Die Welt: «La familia es el microcosmos de la sociedad; una familia en la cual los niños pueden hacer casi todo, significa preparar una sociedad en la cual casi todo es posible; una familia desordenada, significa una sociedad caótica; una familia llena de odio, equivale a una sociedad de gentes que se odian; una familia que está a punto de romperse da lugar a una sociedad que está a punto de quebrar».

Taylor recordaba también una experiencia vieja como el hombre, aunque la presentaba con lenguaje actual: «Los psicólogos han elaborado modelos que explican cómo se forma la conciencia de los niños, como producto de la aceptación e interiorización del ejemplo de los padres». Y el escritor inglés hacía ver que el problema de la disgregación familiar es hoy «el más importante de la sociedad, más que los problemas políticos y económicos, en los que nuestros líderes emplean la mayor parte de su tiempo».

La familia, como principio y fundamento de la sociedad, ha sido consagrada en los textos internacionales, pero lo mismo ha sucedido con los derechos humanos, y no por ello es menor su continua conculcación.

En esta actual crisis de la familia no es tanto por falta de ideales cuanto por un error radical en la base misma desde la que se persiguen esos ideales de mejora. Y este radical yerro de la base conduce a las más diversas alternativas sexuales, matrimoniales y familiares, al empobrecimiento de los lazos humanos y a la conciencia de frustración.

La pérdida de identidad personal del hombre (en su masculinidad y en su feminidad) es la causa de la pérdida de identidad del matrimonio y de la familia.

Lo que está en juego, en el trasfondo de la crisis de la familia, es el rescate de la naturaleza natural del hombre, la salvaguardia de su condición y dignidad de persona humana, única e irrepetible, libre y responsable de sus actos. Cual sea la naturaleza de la persona humana, tal la del matrimonio y tal la de la familia. Cual sea la familia, tal la sociedad, tal el hombre. Reconstruir el matrimonio y la familia —en consecuencia, la entera sociedad— a la luz de las exigencias de la dignidad personal del hombre, esa es la cuestión.