Colaboraciones

 

¿Por qué la Iglesia se opone al «matrimonio» gay? (I)

 

20 noviembre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

A muchos les parece que el hacer posible que se casen dos hombres o dos mujeres es una medida de justicia. Si todos los ciudadanos tienen derecho a contraer matrimonio, ¿por qué no los homosexuales? Si las familias suelen organizarse en torno a dos personas que comparten su vida, ¿por qué esas dos personas han de ser siempre un hombre y una mujer? Si todo matrimonio puede procrear hijos o adoptarlos, ¿por qué privar a las parejas homosexuales de esa posibilidad?

Sin embargo, la Iglesia, remontándose a la razón humana, a la Sagrada Escritura y a toda la tradición, sigue insistiendo: el matrimonio es la unión conyugal de un hombre y de una mujer, orientada a la ayuda mutua y a la procreación y educación de los hijos.

El matrimonio no es una institución meramente «convencional»; no es el resultado de un acuerdo o pacto social. Tiene un origen más profundo. Se basa en la voluntad creadora de Dios. Dios une al hombre y a la mujer para que formen «una sola carne» y puedan transmitir la vida humana: «Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra». Es decir, el matrimonio es una institución natural, cuyo autor es, en última instancia, el mismo Dios. Jesucristo, al elevarlo a la dignidad de sacramento, no modifica la esencia del matrimonio; no crea un matrimonio nuevo, solo para los católicos, frente al matrimonio natural, que sería para todos. El matrimonio sigue siendo el mismo, pero para los bautizados es, además, sacramento.

Lo que está en juego, en este caso como en cualquier otro en el que la Iglesia alza la voz, es el respeto a la dignidad de la persona humana y a la verdad sobre el hombre. El sujeto de derechos es la persona, no una peculiar orientación sexual. El matrimonio no es cualquier cosa; no es cualquier tipo de asociación entre dos personas que se quieren, sino que es la íntima comunidad conyugal de vida y amor abierta a la transmisión de la vida; comunidad conyugal y fecunda que solo puede establecerse entre hombre y mujer. Por otra parte, no se puede privar a los niños del derecho a tener padre y madre, del derecho a nacer del amor fecundo de un hombre y de una mujer, del derecho a una referencia masculina y femenina en sus años de crecimiento.

A la unión legal de un hombre con una mujer (sexos diferentes) se le llama Matrimonio. Los contrayentes adquieren la condición de Familia y de esta manera perpetúan la especie humana por medio de la procreación.

Es pues la Familia, la célula básica y el soporte vital de nuestra sociedad. La palabra Matrimonio viene del latín Matrimonium, que en su esencia quiere decir o significa: oficio o condición de la mujer (Madre). Está claro que el oficio o condición femenina se fundamenta en la posesión de Matriz. La Matriz (útero) es un órgano reproductor muy especializado en los mamíferos y con el que la mujer procrea.

Por lo tanto, la unión de dos hombres (con sexos iguales y que no pueden procrear entre sí) nunca puede ser Matrimonio por rotunda imposibilidad física y biológica, ya que ninguno de los dos contrayentes posee matriz.

La posesión de la matriz, es pues el condicionante fundamental que se da para que pueda constituirse un verdadero Matrimonio, desde el punto de vista Físico, Biológico y Etimológico.

Es pues necesario inventar una palabra que aclare y diferencie esta diversidad. De esta manera se solucionará y resolverá para siempre la actual situación extremadamente conflictiva que estamos viviendo. Se puede llamar «gaymonio» a la unión de personas varones y que naturalmente no poseen matriz.

«Gaymonio» sería una expresión, para mi muy adecuada, a la nueva situación legal de estas parejas masculinas (a las que por otra parte respeto absolutamente). En el caso de ser dos mujeres (con matrices, pero que no logran realizar su condición de posibles madres, al no poder fertilizar sus matrices entre sí) se podría llamar «Lesbimonio» (parejas que igualmente gozan de toda mi consideración).

Y ya nadie, se vería ofendido por llamar Matrimonio a lo que, hablando con propiedad, nunca ha sido, es, ni puede ser.

El Principio de no contradicción de Aristóteles dice claramente: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo lo que es. Y el Matrimonio, no puede ser al mismo tiempo clara y rotundamente lo que no es.