Colaboraciones

 

Las ideas de Gramsci (II)

 

 

 

20 junio, 2024 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

 

La vida no es un don de Dios. Es una parte importantísima en el camino hacia la increencia y que forma parte de la estrategia dictada por Gramsci: destruir a la familia, para erradicar de la vida del hombre sus creencias y tradiciones sagradas.

Esta destrucción familiar para acabar con los criterios cristianos, les interesaba a muchas personas, no sólo a los comunistas. A ella se sumaban intereses racistas, comerciales y económicos de muchas personas, que incluían algunos grupos judíos… entre muchos otros.

Por eso, el apoyo económico a la estrategia fue inmenso. Si tratamos de imaginarnos una familia verdaderamente destruida, terriblemente destruida, completamente destruida, podríamos imaginar a una familia en la que los esposos se lastiman, se engañan y se separan; una familia en la que las madres abandonan a sus hijos, o… tal vez… una en la que las madres matan a sus hijos y los hijos matan a sus padres enfermos. Suena algo terrorífico, pero… eso era lo que buscaba Gramsci.

Era un reto grande: ¿cómo hacer para que familias latinas, sólidas, unidas, aferradas a sus creencias, tradiciones y valores cristianos y familiares se desintegraran? No podían sacar de repente anuncios que dijeran: maridos, abandonen a sus mujeres; madres, maten a sus hijos; nietos, maten a sus abuelos. Nadie le hubiera hecho ni caso.

Así que se preguntaron: ¿qué es lo más sagrado en la familia, lo que más aprecian estas familias conservadoras? Los hijos. Arremetamos contra ellos y convenzámoslas de que tener un hijo es lo peor que les puede suceder. Después de eso, el resto será fácil.

Usaron dos estrategias:

Una, disfrazada de ciencia, para llegar al ámbito económico y de las empresas, que la desarrolló Malthus en su teoría demográfica de la sobrepoblación y la carestía: «Si la población sigue creciendo, no habrá alimentos suficientes para todos».

Aunque era totalmente ridícula, porque la historia del mundo económico demuestra lo contrario, la propagaron por todos los medios, con fotografías desgarradoras y gráficas llamativas, de manera que pareciera la pura verdad y el mundo… se lo creyó. Ahora vemos las consecuencias en las poblaciones envejecidas de Europa.

La otra estrategia fue una campaña publicitaria, dirigida directamente a cambiar la mente del pueblo, en el que ya existía un gran interés por tener cosas materiales. La campaña consistía en un solo mensaje aparentemente aceptable y poco dañino, que decía así: «La familia pequeña vive mejor».

Cualquiera que analice la frase racionalmente, un solo segundo, se dará cuenta de que es mentira, pues todos conocemos familias grandes y pequeñas que viven bien y también conocemos familias grandes y pequeñas que viven fatal. Así que… nada que ver con la verdad.

Pero… nos la repitieron tanto, tanto, tanto, tanto… durante tantos, tantos, tantos años (más de veinte), que nos la hemos llegado a creer.

La frase aparentemente nada dañina, traía dos fines muy bien planeados:

1) Que la gente relacionara e igualara el «vivir mejor» con el «tener más cosas», de esa manera… el hombre olvidaría que «vivir bien» significaría algún día «portarse bien», «ser bueno».

2) Que la gente empezara a ver a los hijos como los enemigos del bienestar. Con esto, el hijo dejó de ser un don maravilloso de Dios y pasó a convertirse, en la mente de las personas, en el enemigo potencial del bienestar familiar.