Tribunas

El Señor nace en Belén

 

 

Ernesto Juliá


Nacimiento.

 

 

 

 

 

Canto de fe

"Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre" (Salmo responsorial).

 

Después del largo camino del Adviento, María y José, a quienes hemos acompañado en su viaje por los caminos de Galilea, de Samaría, de Judea, llegan a Belén. Nosotros nos unimos a los pastores, para oír a los Ángeles y acoger al Señor en esta Nochebuena, con el corazón lleno de alegría.

Los Ángeles anuncian: "No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo. Os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor" (Lc 2, 10). En este Niño hemos de descubrir el rostro auténtico de Dios.

"No temáis", nos recomiendan los Ángeles, para que recibamos a nuestro Salvador. ¿Por qué cantamos; por qué bendecimos? Porque sabemos que Quien se acerca a nosotros en Belén es Dios que nos ama, Dios que nos perdona, Dios que quiere tener sus delicias "en estar con los hijos de los hombres". Un hondo acto de fe es la mejor acogida que podemos deparar al Hijo de Dios, que nace de María.

"Dios ha obrado hoy tres milagros: el primero, que Dios se ha hecho hombre; el segundo que una Virgen haya dado a luz; el tercero, que el corazón del hombre haya creído" (Santo Tomás). Cantamos y bendecimos para que este tercer milagro, nuestro acto de fe, se obre también en nosotros: "Piensa siempre en estas cosas, y encuentra en ellas una continua alegría: empéñate en corresponder con amor, a Aquel que, de tantos modos, te manifiesta su Amor" (San Bernardo).

 

Canto de alegría

Recibimos al Niño en el silencio de la noche. Estos días traen a nuestro ánimo acontecimientos de la infancia, de la intimidad de la familia que nos dio la vida, del hogar en el que hemos descubierto a Dios. Recuerdos que nos ayudan a tratar al Niño, no como a un extraño, sino como a un amigo, alguien verdaderamente de nuestra estirpe, de nuestro pueblo.

Nuestro acto de fe, nuestro deseo de entrar en el misterio de este Nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, nos lleva a preparar su venida, para que no nos suceda como a los habitantes de Belén, que no ofrecieron un lugar para la Sagrada Familia, y obligaron a Cristo a nacer en un pesebre.

Los pastores nos dan ejemplo de cómo hemos de prepararnos. También en la noche velaban sobre sus rebaños; cumplían su deber de servicio y de trabajo. Los pastores de hoy somos cada de uno de nosotros cuando, entregados al trabajo, al servicio de nuestros conciudadanos, convertimos ese trabajo en participación de la obra creadora de Dios, se lo ofrecemos como regalo de enamorados, hablando con Él mientras lo desarrollamos, y trasformamos así todo servicio a los hombres en alabanza y gloria a Dios.

Las campanas del Gloria nos anuncian que la Nochebuena no es una escena de siglos atrás. Al rememorar que el Señor ha nacido en la carne, en el portal de Belén, comprendemos que vuelve ahora a buscar un lugar, no en Belén, sino en nuestra alma, y viene acompañado de María y de José.

Recibámosle; pidamos perdón por nuestros pecados, por nuestras negaciones de su Nombre, por el desinterés hacia El que tantas veces manifestamos, por no haber rechazado en nosotros la impiedad, y aprendamos de Él, que "se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celador de buenas obras" (Tit 2, 14).

 

De rodillas, adoremos

Los profetas le anunciaron durante siglos. Un día vendría Dios a habitar con nosotros. ¿Se podría preparar el hombre para acoger a Dios? ¿Habría un lugar en el mundo para que Dios hecho hombre habitará en él?

El creador se hace criatura. El omnipotente se hace pordiosero. Dios se acerca a la miseria de los hombres.  Dios hecho hombre quiere vivir su propia creación, para que el hombre no se encuentre nunca más en el abismo de su soledad: Dios vivirá con él.

Tenemos a Dios con nosotros. No hemos de subir al Sinaí, entre tormentas y rayos, para contemplar al Dios invisible. Nos basta entrar en un rincón de las afueras de Belén, para adorar al “Verbo hecho carne, a la Palabra que está junto a Dios; que es Dios”, y que hoy vemos hecho Niño reposando en los brazos de su Madre, María.

“Nuestro Salvador ha nacido hoy: alegrémonos. No hay lugar para la tristeza el día en que nace la vida, la vida que destroza el temor a la muerte y nos mete dentro del alma la alegría y la esperanza de la eternidad” (San León Magno)

“Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor” (Is 9, 2). Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la Humanidad entera. Dios está aquí. Esa verdad debe llenar nuestras vidas: cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma.”

“Nos detenemos delante del Niño, de María y de José: estamos contemplando al Hijo de Dios revestido de nuestra carne” (San Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, n. 12).

Con todo el corazón, decimos al Niño Jesús que queremos recibirle con el amor con que le acogieron Santa María y San José en el establo de Belén.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com