Tribunas

Mis conversaciones con Toribio de Mogrovejo

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Toribio de Mogrovejo.

 

 

 

 

Llevo no poco tiempo dedicando los fines de semana a intentar descansar algo, a leer todo lo que pueda y a buscar una misa por Tierra de Campos.

El pasado tuve la suerte de que quien se trasladó fue el sacerdote, que es, desde hace no poco, flamante párroco de Mayorga de Campos y unos cuántos, bastantes, pueblos más, entre ellos Melgar de Arriba.

En la misa vespertina de un sábado, en el que el frío se había asentado en las entrañas del templo y de la vida, allí estábamos las señoras del coro, mi santa, uno de los míos, y poco más, una veintena escasa de fieles. El frío de Castilla es necesario para saborear la Navidad, para entrar en la cueva de Belén, para comprobar lo que significa no encontrar sitio en la posada.

Al final de la misa tuve la oportunidad de charlar un rato con el cura, que lo es de aquí por serlo de allí. Chusma, se llama, o al menos así es como le llaman mis sobrinos. Lo primero que le dije fue: “¿Ya tienes preparada la visita del Papa a Mayorga para conmemorar a Toribio de Mogrovejo?

No sé si el Papa León va a venir a Mayorga de Campos o no. Sé lo que me contestó Chusma. En esta comarca en la que el cielo se confunde con la línea del horizonte y hasta los palomares emiten señales de tradición y cultura calientan ya los motores de un Jubileo extraordinario en torno a una de las personalidades eclesiales, de la época moderna, más relevantes para la historia de la Iglesia.

Tengo que confesar que lo que de verdad me importaba es saber si el alcalde de Mayorga, y los de la zona, es decir, la Diputación Provincial de Valladolid, empezando por mi admirado José Andrés, estaban implicados en esta historia y sabían de la trascendencia de esta efeméride.

En no pocas ocasiones, en la ermita de Santo Toribio, he tenido la experiencia de un coloquio histórico con quien, desde la tierra del pan y del queso, llevó el Evangelio a los confines del remoto mundo desconocido.

Toribio de Mogrovejo nació, efectivamente, en Mayorga en 1538, de una antigua familia noble, muy distinguida en la comarca. Su padre, don Luis, el Bachiller Mogrovejo, como le decían, fue regidor perpetuo de la villa, y su madre, de no menor señorío, fue doña Ana de Robledo. Tuvo dos hermanos mayores, Luis y Lupercio, y dos hermanas menores, Grimanesa y María Coco, que habría de ser religiosa dominica. Muertos los dos primeros, a él le correspondió el mayorazgo de los Mogrovejo.

No voy a recordar aquí la historia de Toribio que ha publicado, entre otros, mi admirado don Vicente Rodríguez Valencia, a quien debemos casi todo en la Causa de Beatificación de la Reina Isabel, y de quien hacemos memoria cada vez que me encuentro con su sobrino, mi venerado don Santiago Calvo.

Tampoco tengo el permiso de otros eminentes biógrafos del santo como Nicolás Sánchez Prieto o José Antonio Benito, ahora por España después de haber compartido con Robert Prevost trabajos en el Perú de sus sueños.

Lo que tengo claro es que este Jubileo de santo Toribio de Mogrovejo va a ser un tiempo de gracia para la Iglesia en Perú, en América, y también para la de Tierra de Campos, para la de Valladolid, para la España vaciada que ayuda a relativizar la supremacía de algunas villas y cortes empedradas.

Castilla, de nuevo, tierra nutricia de misioneros y santos, de hombres y mujeres de Iglesia ahormados en la universalidad de la fe desde el perímetro de una geografía de esencias, de conjugaciones de lo auténtico.

De lo que se organice con motivo del Jubileo de Santo Toribio de Mogrovejo, se lo aseguro, les seguiré informando.

 

 

José Francisco Serrano Oceja