Opinión

La Navidad y el móvil robado en el paraíso

 

 

José Antonio García Prieto Segura

Adoración de los pastores (1650) Bartolomé E. Murillo.

 

 

 

 

 

El título de estas líneas quizá resulte llamativo; tiene que ver con algo que me sucedió, hace ahora cinco años; en plenas fiestas de Navidad y más concretamente el 31 de diciembre me robaron el móvil. Dos jóvenes cubiertos con pasamontañas hablaban en la calle junto a la entrada de mi casa y uno de ellos, mientras yo abría la puerta, me lo sustrajo hábilmente del bolsillo. Enseguida echaron a correr y, pese a la persecución rápidamente emprendida, todo acabó con la pérdida definitiva del móvil.

Aquello me llevó a escribir “Nochevieja de sombras y luces: con ladrones y gente buena”, porque cerca de allí encontré un grupo de jóvenes que, enterados del percance, uno de ellos -una chica por más señas- me dijo: “¡Mire, no se preocupe por el móvil…! Mis padres me acaban de regalar 250 euros por mi cumpleaños y le daré lo que necesite para comprar uno nuevo. Me llamo Alba.” Agradecí mucho su generosidad, pero decliné su oferta.

Hoy, aquel recuerdo me ha suscitado una libre asociación de ideas que, en principio, no parece que tengan mucho que ver entre sí. Sin embargo, he unido con un enfoque trascedente y religioso estas tres realidades: la Navidad, el móvil, y su robo, pero esta vez no en la calle sino en el paraíso. Veamos, pues, a la luz de la fe cristiana, sus respectivas referencias y qué puede decirnos esa curiosa asociación.

El diccionario de la Lengua define así la Navidad: “En el mundo cristiano, festividad anual en la que se conmemora el nacimiento de Jesucristo.” La Biblia, lógicamente, amplía y desarrolla ese dato al decirnos que Jesucristo es Dios e Hijo eterno de Dios-Padre, nacido en Belén para redimirnos del pecado de nuestros primeros padres en el paraíso y devolvernos la dignidad de hijos de Dios.

En el mismo diccionario, el término “móvil”, además de su referencia al consabido aparato de uso universal, aparece con otra acepción importantísima para nuestro propósito. Dice que móvil es “aquello que mueve material o moralmente algo; causa, razón, motivación, fundamento”. Estamos ya ante una realidad no de orden físico, como la del aparato que todos usamos, sino de orden moral y superior: una motivación que fundamenta, nada menos, y pone en juego el ejercicio de nuestra libertad. Aquello que hace que atraídos por una razón y movidos por ella, actuemos de un modo u otro. La pregunta inmediata sería: ¿un móvil así puede robarse? Sí, como veremos enseguida y afirma el título del artículo.

Tomemos un ejemplo sencillo: alguna vez nos habrá sucedido que, estando muy motivados para actuar de un modo preciso -comprar una determinada prenda pongamos por caso-, sin embargo, desechamos esa motivación y terminamos comprando otra cosa muy distinta. Nada que objetar. Pero preocupante sería si ese cambio se produjera por habernos dejado seducir por engañosas razones, presentadas por una propaganda manipuladora o por un mentiroso maliciosamente interesado en desviarnos de nuestro propósito y móvil inicial.

Pasando al plano de la fe, eso fue lo ocurrido en el paraíso terrenal después haber creado Dios a imagen y semejanza suya, a nuestros primeros padres. Con terminología de hoy diríamos: Dios que es Amor, “programó” a Adán y Eva con el tesoro de la libertad deseando que, al ejercitarla, su móvil o motivación fuera siempre el amor. Un amor, lógicamente, bien entendido y, por tanto, que sea cual fuere la acción que realicemos - trabajo, descanso, convivencia social, etc.-, la dignidad y el bien de la persona quedaran siempre enriquecidos y a salvo.

La concreta y personal libertad de cada uno, apunta al amor y está configurada de modo que siempre tiene la posibilidad de escoger esa opción. El Amor divino, como fuente de los amores de la tierra, los comprende a todos con tal de que sean reflejo del suyo y no lo traicionen. De lo contrario habría que hablar del suicidio de la libertad. Por eso, la verdad y todo lo bueno y digno de ser amado por el hombre, constituyen el corazón mismo del móvil por el que debe ejercitarse la libertad; de aquí que la Iglesia, en su Catecismo, describa así este don:

“La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza”. (CEC 1731)

El móvil último de la creación por parte de Dios fue la manifestación y comunicación de su Amor.  El reflejo de cuanto bueno y verdadero hay en el mundo se conoce como la “gloria” de Dios; y toda persona puede y debe actuar haciéndola suya, porque Él desea que participemos así de su móvil divino. De este modo, con la fuerza de crecimiento que es el buen uso de la libertad, aumentaremos nuestra dignidad y también la verdadera felicidad.

Regresando al relato del paraíso, el libro del Génesis nos transmite la tentación de Adán y Eva. El demonio, enemigo acérrimo de Dios, con mentiras y razonamientos engañosos sustrajo en Adán y Eva el móvil del amor divino. Les hizo traicionarlo por el orgulloso amor propio, y que rechazasen la gloria divina inseparablemente unida a la suya propia como hijos de Dios. En el mismo pasaje se anuncia ya la promesa del Redentor que habría de restaurar aquel robo del amor divino, como móvil de nuestras acciones. Con razón, el Niño de Belén años más tarde calificaría al demonio como “el homicida que no se mantuvo en la verdad (…), porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44). Y de sí mismo nos diría: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Navidad: ¡cómo no alegrarse si creemos que quien nace en Belén es el Hijo eterno de Dios-Padre! Y que su encarnación, como fruto del amor del Espíritu Santo en el seno de María Virgen, ha sido para restituirnos con su muerte en la Cruz y posterior Resurrección, la gloria de ser hijos de Dios y el móvil de su amor sustraído en el paraíso. Con razón se ha dicho -aunque su autoría sea incierta-, que de nada habría servido que Cristo naciera mil veces en Belén, si no llegase a nacer, al menos una vez, en nuestro corazón.

Por eso, con la esperanza de que todo el mundo y no solo los cristianos entienda la Navidad desde ese horizonte de fe y de amor, deseo a todos -empezando por los pacientes lectores que hayan llegado hasta aquí-, unos días de aquella gozosa paz que anunciaron los ángeles en la noche luminosa de Belén.

 

 

 

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