Opinión

La gracia de la Navidad

 

José María Alsina Casanova


La estrella de plata, en Belén.

 

 

 

 

 

La Navidad no es solo una fecha en el calendario ni una tradición entrañable que se repite cada año. En el corazón de la Iglesia, la celebración del nacimiento de Cristo conmemora y actualiza un acontecimiento que dividió la historia en un antes y un después.

Cada año, con motivo de esta fiesta, la irrupción inesperada de la gracia divina produce milagros en la vida de hombres y mujeres a los que la Navidad abre un nuevo horizonte de esperanza. No es casual que tantos relatos de conversión estén vinculados a esta celebración. La humildad de Dios que se hace niño sigue saliendo al encuentro de tantos corazones inquietos que buscan descanso.

Hace unos meses tuve un feliz encuentro con una mujer, esposa y madre de familia, comprometida con la Iglesia en la tarea de la nueva evangelización y particularmente implicada en un proyecto muy hermoso de ayuda a los sacerdotes (Autem). Teresa, me contó que su conversión tuvo lugar en una Noche de Navidad, en la catedral de Solsona, cuando quiso acompañar a sus hijas a la Misa del Gallo. Hasta entonces se consideraba una persona alejada de la fe cristiana, pero aquella noche experimentó un cambio decisivo: su corazón se encontró con la verdad y la frescura del amor de Dios que le había salido a buscar.

El testimonio que escuché durante aquella grata conversación veraniega me trajo a la memoria dos hechos ocurridos en una Nochebuena más lejana en el tiempo. Ambos tuvieron lugar en la Francia de finales del siglo XIX y, providencialmente, en esa misma noche de Navidad.

El primero es el de santa Teresa del Niño Jesús, entonces una adolescente de catorce años. En la Nochebuena de 1886, Teresita vivió lo que ella misma llamaría su «gracia de Navidad», una auténtica conversión interior. Hasta ese momento era una joven sensible, marcada por una profunda afectividad y cierta fragilidad emocional. La muerte de su madre había dejado en ella una herida que se manifestaba, entre otras cosas, en una facilidad para el llanto y en una dependencia afectiva muy intensa.

Aquella noche, tras regresar de la Misa del Gallo, ocurrió algo aparentemente pequeño, pero decisivo. Al escuchar un comentario de su padre que, en otras ocasiones, la habría hecho romper en lágrimas, Teresita experimentó algo nuevo: el Señor había «secado sus lágrimas». Ella misma relata cómo, de manera repentina, recibió una fortaleza de alma desconocida hasta entonces. Su sensibilidad no desapareció, pero fue transformada. El Niño Jesús le concedió la gracia de salir de sí misma, de pensar menos en su propio dolor y más en el amor que podía ofrecer. Esa noche nació en ella una libertad interior que marcaría toda su vida espiritual y la conduciría, pocos años después, al Carmelo. Para Teresita, la Navidad fue el inicio de su camino hacia una santidad madura.

El segundo milagro interior tuvo lugar, a esas mismas horas, a doscientos kilómetros de Lisieux, en el corazón de París. También en la Navidad de 1886, Paul Claudel, un joven de dieciocho años, criado en un ambiente familiar y educativo marcado por el escepticismo y el racionalismo, asistió a las vísperas en la catedral de Nôtre-Dame de París. Mientras el coro entonaba el Magníficat, algo inesperado ocurrió en lo más profundo de su ser: «En un instante, mi corazón fue tocado y creí», escribiría más tarde, describiendo una experiencia de fe tan poderosa y clara que no dejó lugar a dudas.

Su conversión no fue fruto de una búsqueda intelectual ni de razonamientos elaborados, sino de una irrupción interior vinculada a la belleza de la liturgia navideña, que transformó radicalmente su vida. Desde entonces, Claudel vivió como un católico ferviente, y aquel momento marcó el rumbo de toda su obra y de su existencia.

La conversación que mantuve con Teresa en Solsona me hizo pensar en los «milagros silenciosos» que acontecen cada Navidad. Son relatos que nos sitúan ante una certeza: en esta noche santa, Cristo sigue naciendo en el corazón de quienes se abren a su presencia. La gracia de la Navidad continúa actuando. Solo hace falta, como en el caso de Teresa, Teresita o Claudel, dejarse sorprender por la humildad de Dios que elige hacerse pequeño para tocar los corazones con el don de su gracia. ¡Feliz y Santa Navidad!