El sacramento de la Navidad

 

 

26/12/2025 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

¿Serán las luces? ¿Un árbol dentro de casa? ¿Las vacaciones, quien las tenga? ¿La lotería? ¿Un viaje largo y exótico? ¿Comer y comer? ¿Acaso la Navidad tiene un sacramento?

Los sacramentos son un tipo de signo muy especial, diríamos que del todo únicos. La teología católica los define como signos eficaces, ya que realizan lo que significan. Dicho esto, la Navidad, ¿tiene sacramento? ¿Hay algún signo que exprese, reproduzca y haga vivir lo que vivió Jesús de Nazaret e su nacimiento e infancia?

Sí. Es decir, que la respuesta a la pregunta es sí. ¿Cuál?

Hay signos que apuntan bastante explícitamente hacia el acontecimiento que fundamenta la Navidad, como los belenes y villancicos religiosos. Pero difícilmente rebasan su dimensión de “señal” para llegar a ser “vida real”, es decir, signos eficaces. Como con todos los símbolos, conceptos y cosas los hombres podemos manipularlos y hacer de ellos un simple adorno.

Entonces, ¿cuál es el signo eficaz del nacimiento de Jesús? Posiblemente a algunos lectores le resultará desconcertante por lo cotidiano y cercano que está aún hoy en nuestra España. Tan presente como minusvalorado, y sin embargo contiene la fuerza admirable de ser eficaz.

Este signo es…la Comunidad Cristiana.

Los cristianos nos hacemos eco de este acontecimiento tan relevante. Y lo hacemos acudiendo a ese manantial que viene del mismo Jesús y se conserva íntegro en la liturgia de la Iglesia. En las celebraciones litúrgicas, particularmente en la Eucaristía, las palabras de Jesús, la gente con la que vivió, los gestos que hizo y las acciones eficaces que realizó se nos hacen presentes y actuales. Los cristianos estamos ahí, queremos estar ahí, junto con este Jesús nacido niño. Y le tratamos pues como se rata a un niño.

Ya las celebraciones comunitarias ponen en nosotros las actitudes de Jesús: escucha, respeto al otro, esfuerzo por convivir con quien te molesta, colaboración de todos en la celebración. Pero quizá lo que mejor reproduzca el nacimiento de Cristo sea el paisaje interior de los que van a misa. Jesús vino a este mundo, a los suyos, y los encontró como estábamos: los que padecen depresión clínica, los que están sufriendo por tensiones matrimoniales y familiares, los que elaboran lutos o, ya pasados, conviven con ese aguijón de soledad que siempre queda. Los niños, siempre espontáneos y siempre necesitados de guía y protección Los jóvenes que miran su vida con esperanza y temor. Los ancianos, tantos ancianos, que han sido capaces de sacar adelante una vida envuelta en circunstancias dificilísimas.

No faltan los que se sienten culpables o frustrados. A veces por errores deliberados. Tampoco gente que navega entre incoherencias, y junto con la frivolidad que se mueve en algunos ambientes, en otros busca, como puede, lo que sacia realmente lo más profundo del corazón.

Todos estos buscan a Jesús, le tratan y desde luego Jesús les ayuda.

Después esta comunidad vuelve a su vida, a su casa. Allí hacen por encajar a todos los miembros de sus familias, por atender y cuidar a la infancia, por sostener a enfermos y ancianos. Hacen por vivir como en esa comunidad que se crea en torno a Jesús y la prolongan al querer obrar como Jesús nos trata. Los miembros de esta comunidad apuestan por la familia, la infancia, el sentido del trabajo y del descanso, por Dios amigo del hombre, por el perdón y la reparación, la entrega – sincera y sin brillo – al prójimo desde la caridad, la justicia y la solidaridad.

Si alguien acoge y “usa” este signo corre el riesgo más que severo de parecerse a Jesús y reproducir en su vida la Navidad.

 

 

GRUPO AREÓPAGO