Zoom
Primer mensaje Urbi et Orbi de León XIV: el camino de la paz es la responsabilidad
26/12/25 | Zenón de Elea
León XIV saludando a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro.
Vatican News.
Desde el primer instante en que el papa León XIV apareció en el Balcón de las Bendiciones tras su elección, una palabra comenzó a resonar con insistencia, casi como un latido constante: paz. La repite una y otra vez. En sus comparecencias ante la prensa, en sus encuentros con mandatarios, en cada mensaje. Paz interior, paz personal, paz entre los pueblos. No como un eslogan vacío, sino como un camino exigente que interpela a cada conciencia.
Ayer, día de Navidad, en su primer y solemne mensaje Urbi et Orbi, dirigido al mundo entero desde el balcón central de la Basílica Vaticana, León XIV comenzó recordándonos la raíz de esa paz. Lo hizo con palabras antiguas, profundamente cargadas de sentido:
"Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros". Es la antífona de entrada de la Misa de medianoche de la Natividad del Señor. No es casual. Porque, como recordó el Papa, Él es nuestra paz, Aquel que venció al odio y a la enemistad con el amor misericordioso de Dios. Por eso, como enseñaba san León Magno, "el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz",
Pero León XIV no se queda en una contemplación dulce del misterio. Quiere que grabemos algo a fuego en el alma. "Por amor quiso nacer de una mujer, para compartir nuestra humanidad; por amor aceptó la pobreza y el rechazo y se identificó con los que son marginados y excluidos". El nacimiento de Jesús no es un gesto simbólico: es un compromiso radical.
Y ahí llega el núcleo de su mensaje, incómodo para muchos pero profundamente actual. El Papa nos recuerda nuestra responsabilidad personal. En el nacimiento de Jesús, dice, ya se perfila la elección que marcará toda su vida hasta la cruz: no hacernos llevar el peso del pecado, sino cargar Él con él por nosotros. Eso solo podía hacerlo Cristo. Pero, al mismo tiempo, nos mostró lo que solo nosotros podemos hacer: asumir cada uno nuestra parte de responsabilidad. Como recordaba san Agustín, "Dios, que nos creó sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros. Sin nuestra libre voluntad de amar".
La afirmación es clara y contundente: quien no ama no se salva. Y quien no ama al hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve. No hay escapatoria espiritual ni coartada religiosa.
De ahí la exhortación universal que atraviesa todo el mensaje:
"Hermanas y hermanos, este es el camino de la paz: la responsabilidad. Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de acusar a los demás, reconociera ante todo sus propias faltas y pidiera perdón a Dios, y al mismo tiempo se pusiera en el lugar de quienes sufren, fuera solidario con los más débiles y oprimidos, entonces el mundo cambiaría".
Qué mensaje tan universal. Qué profundidad tan desarmante. Y qué difícil resulta, sobre todo para quienes viven instalados en el orgullo, la arrogancia, la incapacidad de reconocer errores y pedir perdón, tanto a Dios como a los demás.
Es el Niño Dios quien nos muestra este camino, el único que conduce a la paz verdadera. Porque, como afirma León XIV, «Jesucristo es nuestra paz», ante todo porque nos libera del pecado y, después, porque nos indica el camino para superar todos los conflictos: desde los interpersonales hasta los internacionales. Teología y terapia al mismo tiempo. Eso es lo que hace este Papa. "Sin un corazón libre del pecado, un corazón perdonado, no se puede ser hombres y mujeres pacíficos y constructores de paz".
Tras este mensaje dirigido al mundo entero, León XIV posa su mirada en quienes más sufren. Implora justicia, paz y estabilidad para el Líbano, Palestina, Israel y Siria.
Y su oración se extiende como un mapa del dolor humano Europa, a la que pide que permanezca fiel a sus raíces cristianas, con espíritu comunitario, solidario y acogedor; Ucrania, por cuyo atribulado pueblo pide el cese de las armas y el valor del diálogo sincero; y también Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso, la República Democrática del Congo, Haití, América Latina, Myanmar, Tailandia, Camboya, los pueblos del sur de Asia y de Oceanía. A cada continente, a cada nación, les recuerda lo mismo: la responsabilidad personal y colectiva, el diálogo entre ellos que conducirá a la paz.
El final de su mensaje no puede ser más esperanzador. El Año Jubilar toca a su fin, se cerrarán las Puertas Santas, pero "Cristo permanece. Él es la Puerta siempre abierta que nos introduce en la vida divina". El Niño que ha nacido es Dios hecho hombre, no para condenar, sino para salvar. No viene de paso: viene para quedarse, para entregarse. En Él toda herida es sanada y todo corazón encuentra descanso y paz. Porque, una vez más, «el Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz».
"A todos, les deseo de corazón una Navidad serena".
Gracias, Santo Padre, por sus palabras.