Tribunas

León XIV, primeros meses

 

 

Ernesto Juliá


Papa León XIV.
(@Vatican Media).

 

 

 

 

 

A estas alturas del año, no pocos comentaristas se lanzan a un análisis de los primeros meses del pontificado de León XIV. Mi impresión es que quizá se pretende demasiado, y que tan poco tiempo apenas sirve para vislumbrar horizontes de un pontificado que, si Dios no dispone otra cosa, tiene una larga vida por delante.

Y, sin querer interpretar nada, me quedo con subrayar tres detalles que están haciendo mucho bien a las almas de los creyentes bien dispuestos a rezar y venerar al Papa, sea quien sea. Estos tres detalles son: la centralidad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero; la veneración y devoción a María, Madre de Dios; y la perspectiva de la vida eterna.

La centralidad de Cristo quedó claramente manifestada en el episodio ocurrido mientras visitaba la mezquita azul, en Estambul. Quiso seguir la visita, y no pararse a rezar con los Emires. En una entrevista, pocos días después, señaló que quería rezar en una iglesia, ante “Jesús Sacramentado”. O sea, rezar adorando al verdadero Dios Hijo, hecho Eucaristía, alimento de eternidad.

La devoción a la Virgen María quedó bien grabada en el alma de los peregrinos que asistieron a la última audiencia del año jubilar, que celebró en la Plaza de san Pedro el sábado 20 de diciembre,

“Hermanas y hermanos, si la oración cristiana es tan profundamente mariana, es porque en María de Nazaret vemos a una de nosotros que genera. Dios la hizo fecunda y salió a nuestro encuentro con sus rasgos, como todo hijo se parece a su madre. Es Madre de Dios y madre nuestra. «Esperanza nuestra», decimos en la Salve Regina. Se parece al Hijo y el Hijo se parece a ella. Y nosotros nos parecemos a esta Madre que dio rostro, cuerpo y voz a la Palabra de Dios. Nos parecemos a ella, porque podemos generar la Palabra de Dios aquí abajo, transformar el grito que escuchamos en un parto. Jesús quiere nacer de nuevo: podemos darle cuerpo y voz. Este es el parto que la creación espera”.

“Esperar es generar. Esperar es ver que este mundo se convierte en el mundo de Dios: el mundo en el que Dios, los seres humanos y todas las criaturas vuelven a caminar juntos, en la ciudad-jardín, la nueva Jerusalén. María, esperanza nuestra, acompaña siempre nuestro peregrinar de fe y de esperanza”.

La perspectiva de la vida eterna de la que, por desgracia, apenas se menciona en toda su plenitud –muerte, juicio, infierno y gloria-, León XIV la abordó magistralmente en la audiencia del pasado 10 de diciembre, y de la que transcribo algunos párrafos:

“El misterio de la muerte siempre ha suscitado profundas preguntas en el ser humano. (...) Es natural, porque todos los seres vivos de la tierra mueren. Es antinatural porque el deseo de vida y de eternidad que sentimos para nosotros mismos y para las personas que amamos nos hace ver la muerte como una condena, como un «contrasentido».

“Muchos pueblos antiguos desarrollaron ritos y costumbres relacionados con el culto a los muertos, para acompañar y recordar a quienes se encaminaban hacia el misterio supremo. Hoy, en cambio, se observa una tendencia diferente. La muerte parece una especie de tabú, un acontecimiento que hay que mantener alejado; algo de lo que hay que hablar en voz baja, para no perturbar nuestra sensibilidad y tranquilidad. A menudo, por eso, se evita incluso visitar los cementerios, donde descansan aquellos que nos han precedido a la espera de la resurrección”.

“¿Qué es, pues, la muerte? ¿Es realmente la última palabra sobre nuestra vida? Solo el ser humano se plantea esta pregunta, porque solo él sabe que debe morir. Pero ser consciente de ello no le salva de la muerte, sino que, en cierto sentido, le «agobia» más que a todas las demás criaturas vivientes”.

(...)

“San Alfonso María de Ligorio, en su famoso escrito titulado Preparación para la muerte, reflexiona sobre el valor pedagógico de la muerte, destacando que es una gran maestra de vida. Saber que existe y, sobre todo, meditar sobre ella nos enseña a elegir qué hacer realmente con nuestra existencia. Rezar, para comprender lo que es bueno con vistas al reino de los cielos, y dejar ir lo superfluo que, en cambio, nos ata a las cosas efímeras, es el secreto para vivir de forma auténtica, con la conciencia de que el paso por la tierra nos prepara para la eternidad”.

“Sin embargo, muchas visiones antropológicas actuales prometen inmortalidad inmanente y teorizan sobre la prolongación de la vida terrenal mediante la tecnología. Es el escenario del “transhumanismo”, que se abre camino en el horizonte de los retos de nuestro tiempo”.

(...)

“El acontecimiento de la resurrección de Cristo nos revela que la muerte no se opone a la vida, sino que es parte constitutiva de ella como paso a la vida eterna. La Pascua de Jesús nos hace pregustar, en este tiempo aún lleno de sufrimientos y pruebas, la plenitud de lo que sucederá después de la muerte”.

(...)

“La resurrección es capaz de iluminar hasta el fondo el misterio de la muerte. En esta luz, y solo en ella, se hace realidad lo que nuestro corazón desea y espera: que la muerte no sea el fin, sino el paso hacia la luz plena, hacia una eternidad feliz”.

“El Resucitado nos ha precedido en la gran prueba de la muerte, saliendo victorioso gracias al poder del Amor divino. Así nos ha preparado el lugar del descanso eterno, la casa en la que se nos espera; nos ha dado la plenitud de la vida en la que ya no hay sombras ni contradicciones. (...) Esperarla con la certeza de la resurrección nos preserva del miedo a desaparecer para siempre y nos prepara para la alegría de la vida sin fin”.

Y, ante el nuevo año, que la Luz del pesebre de Belén. Luz de Dios, siga alumbrando nuestro caminar.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com