Tribunas
29/12/2025
Manuel Castells y la espiritualidad
José Francisco Serrano Oceja
Hace unos días el diario “El País” entrevistó al sociólogo Manuel Castells, autor de la trilogía entonces profética “La era de la información”, que no pocos, no sé si con adecuado aprecio, leímos. Castells fue además fugaz ministro de Universidades propuesto por la izquierda radical catalana.
Quien se confiesa anarquista de corazón y ha sentado el concepto de red para explicar a las sociedades contemporáneas, tuvo una interesante respuesta a la pregunta sobre si el hecho de que haya vuelto la meditación, las creencias, es un repliegue interior ante el caos del mundo y qué relación tiene con nuestras individualidades conectadas.
La respuesta de Manuel Castells, que desvela no poca tendencia de fondo, fue la siguiente:
“Los que nos lo podemos permitir (hay quien no puede porque si se desconecta se muere de hambre) podemos construir espacios de libertad. Muchísima gente necesita meditar, cortar, purificarse. El mundo en que vivimos es más violento, más despiadado. La religión y otras formas de espiritualidad se hacen cada vez más importantes. No es una cuestión de fe, que quien la tiene la tiene y quien no la tiene no la tiene. La necesidad de que haya algo espiritual más allá de los que nos agarra cada día es cada vez mayor, y la gente encuentra distintas soluciones. Yo personalmente creo que es fundamental en este momento reclamar el papel de la religión y de la espiritualidad como contrapeso a un mundo que se autodestruye. No es solo el clima: las guerras, la tecnología sin control, todo. Ahí tiene que haber una reacción política y no la hay. Con razón o sin ella la gente no se fía de la política. Entones tiene que ser fuerzas interiores, fuerzas que nazcan dentro de nosotros para el autocontrol, más que para el control externo. Lo único que queda es una pulsión interior que (independientemente de las estructuras religiosas) está ahí. Y de eso no se puede dudar, no se puede romper”.
Al margen de que es verdad que quien tiene fe, la tiene, y quien no la tiene, no la tiene, pero que también Dios no se niega a nadie que esté abierto a su presencia elocuente, y por lo tanto la clave de no tenerla es abrirse a esa interlocución, me ha sugerido esta entrevista la necesidad de profundizar en la teología de san Agustín y lo que significan las huellas de Dios en el corazón de las personas en la clave de dos afirmaciones que voy a recordar, la primera del Concilio Vaticano II y la segunda del Catecismo de la Iglesia Católica, y que relaciono con esta perspectiva.
La primera es que el mensaje cristiano “está de acuerdo con los deseos más profundos del corazón humano”. Desde esta perspectiva se escribió el Catecismo de la Iglesia Católica, que “presenta toda la revelación cristiana como la respuesta de Dios a los anhelos que Él mismo ha puesto en el corazón del hombre”.
Teniendo en cuenta, que como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2563, “el corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo “me adentro”). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza”.
Es necesario, por tanto, ofrecer las condiciones para que se dé el diálogo entre el corazón y su Hacedor. Quizá la Providencia haya hecho que León XIV nos ayude en esa tarea con su experiencia en la pedagogía del corazón.
José Francisco Serrano Oceja