Tribunas

Las sumisas mujeres del Evangelio

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut


Cristo en casa de Marta y María,
Johannes Vermeer (1655).

 

 

 

A Blanca

 

 

 

Estamos en la época más familiar del año y, aunque todo es alegre y entrañable en estas fechas, no faltan amigas y parientes que sostienen que la sumisión de la mujer sobrevuela todo, porque es “de fábrica”, con raíces en los propios Evangelios. Como soy hombre, profesor y de letras, me siento tentado a embarcarme en la mejora de la mujer con el Cristianismo y otras serias argumentaciones históricas y teóricas.

En vez de eso, sugiero un articulito nunca publicado, de firma de mi mujer, Consuelo Sáez, matemática fallecida en 2020; un escrito nada teórico, muy de mujer y madre (de ocho hijos).

Para empezar, algunos hombres que no se enteran de nada, se preguntan por qué Zacarías escribió sin dudarlo “Juan”, cuando le preguntaron el nombre de su hijo. ¿Cuál iba a decir, si era el que había dicho su mujer?

Veamos las bodas de Caná. Faltó vino; ya lo sabemos. Se dio cuenta sólo María, y enseguida, aunque Ella no posiblemente bebiera. Sin que nadie le pidiese nada, le dio pena el par de pipiolos que se casaban, se adelantó y se lo dijo a su Hijo, pero éste le respondió: “Mujer, ¿y a ti y a mí, qué?”. Dada la compenetración entre Ella, mujer y madre, y su Hijo, debió de bastar un intercambio de miradas, porque llamó a los servidores y no les dijo “lo siento, mi Hijo no quiere”, sino: “Haced lo que Él os va a decir”. Resultado: el mejor vino de la historia; ni el mejor albariño. Acabadas las bodas, los discípulos observaron: “Rabbi, ¿no decías que aún no había llegado tu hora?” Él sólo respondió: “Cosas de mi Madre”.

El pétreo rostro de Salomé (compostelana de adopción, está en la Catedral de su hijo mayor), no parece el una sumisa mujer. Sus hijos eran de armas tomar fuera de casa —«los Truenos»—, pero cuando ella levantó una ceja, temblaron: “Santi, Juanito, abandonasteis a vuestro padre con las barcas y las redes, ¿y para qué? ¿Qué vais a ser en ese Reino de Dios?” “Tranquila, madre, no pasa nada”. “¿Cómo que no pasa nada? Los hombres sois unos inútiles, venid ahora mismo”. Y con uno en cada brazo, se fue a Jesús, con el que debía de tener mucha confianza, y le dijo: “Buenos días, Rabbi, una cosa: por favor, los dos mejores cargos de tu Reino, para mis hijos; ¿vale?” Salomé, sin duda, era una buena madre y ejemplo para todas nosotras.

Otra mujer de carácter fue Marta de Betania. Se permitió reñirle a Jesús dos veces: una, por no llegar a tiempo para curar a Lázaro —uno de esos hermanos solteros - cero a la izquierda, seguro— ,y otra porque su hermana menor le dejaba todo el trabajo, y ni se movía (incluso había tenido que decirle: “María, el Rabbi está aquí y te llama; espabila”).

¿Y la Verónica? Contó después, hablando entre mujeres, que su marido, que es viejo y prudente, le advertía: “Ni te metas en líos con los sumos sacerdotes, mujer”. Pero su noble y santa osadía pudo más y allá fue con su toalla de lino blanco recién tejida, limpia y humedecida con agua de romero, que se guardó como oro en paño. Una amiga dice que la había comprado en Valença do Minho el verano anterior; yo no sé.

Me caen muy bien también dos viejas testarudas: la pobre viuda sin pensión que acaba saliéndose con la suya ante el juez vago e injusto, y la cananea. A ésta, el marido le decía: “¿Estás loca? ¿Esperas que cure a la niña el descendiente directo de David, que mató a nuestro Goliat? No lo permita Astarté. Los judíos son muy raros; se creen elegidos y nos llaman perros, así que obedéceme, insensata”. Ella se le puso brava: “Marido, el Rabbi Jeshua es mi última carta; si quiere, Él puede curar a la niña, y si me la cura, puede irse la diosa Astarté al cuerno. Los hombres no valéis para nada. No lo dejaré en paz, aunque me tenga que arrastrar”. Y tanta lata les dio, tanto gritaba —“Hijo de David, ten piedad de mi hija”— que los apóstoles, sólo por librarse de ella, dijeron a Jesús: “Rabbi, por favor, atiende a esa pesada fenicia o nos dejará sordos”. El marido la seguía pero desde lejos, para no avergonzarse de ella, y refunfuñando. Pero después, todo orondo, con la niña de la mano, decía a las vecinas: “Someteros a vuestros maridos, que a mí, mi buen trabajo me costó que mi mujer se mostrara sumisa y fuera al Maestro de Nazaret”.

Por último, ¿cuántas veces se habrá arrepentido Pilatos de no haber hecho caso a Porcia?

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio