Tribunas

Atentos a lo que León XIV les ha dicho a los sacerdotes

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Encuentro del Papa León XIV con el clero romano
(VaticanMedia).

 

 

 

 

Tengo la impresión de que la reciente Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, del Papa León XIV, con motivo del LX aniversario de los decretos conciliares “Optatam Totius” y “Presbyterorum Ordinis”, fechada el pasado 22 de diciembre, ha pasado muy inadvertida. Injustamente inadvertida.

Se puede estar dando la circunstancia, sobre todo en los medios generalistas, de que el perfil de este Papa, que se sintetizaría en la frase “Calma, muchachos, calma”, está afectando a su presencia y repercusión mediática.

Esta claro que León XIV no busca la sobreexposición. Y tampoco da la impresión de que quiera ni gobernar la Iglesia a través de sus declaraciones en los medios, ni hacer magisterio a través de sus presencias comunicativas.

El hecho de sus breves comparecencias al final de su día de descanso, si no mal recuerdo los martes, es, además de una estrategia mediática original y discutible, una interesante nota de color.

Añadamos el dato de que hay quien sigue empeñado en medir a León XIV por su predecesor y ha asentado la ley de proporcionalidad del actual pontificado, que dice: Tiene relevancia lo que dice y hace León XIV en la medida en que interpretamos que sigue lo que hacía y decía Francisco. Probablemente esta ley tiene fecha de caducidad.

Este contexto ha podido influir en la repercusión pública y en la percepción eclesial de una Carta a los sacerdotes que me parece clave en el inicio de este ministerio pontificio.

Hay quien afirmaba que el Papa Francisco se pasaba todo el día riñendo a los sacerdotes y que se le notaba demasiado. No lo sé. Habría que hacer un estudio cuantitativo al respecto. Ya sabemos lo que pasa con las percepciones de la botella medio llena o medio vacía.

Lo que sí tengo claro es que esta Carta aborda cuestiones nucleares del actual estado del sacerdocio en la Iglesia, además de recordar aspectos esenciales de al configuración del ministerio, destacando algunos puntos novedosos.

También añade lo que implica esa evolución que significa la sinodalidad, que a veces da la impresión de convertirse en un añadido un poco forzado, también en los textos.

No acabo de ver que esta cuestión, más allá de una lógica base de realidad sustantiva en su relación con la colegialidad y la comunión, el gran temazo del pontificado, haya calado.

Creo que es, entre otras razones, por la contradicción de hecho que implica, en determinados sectores, ambientes, diócesis u obispos, un discurso sobre la sinodalidad por activa, pasiva, media y perifrástica, con prácticas y actitudes escasamente sinodales.

Por ejemplo si la sinodalidad se entiende primeramente como un ejercicio de escucha, también a los fieles laicos. Lo mismo si la sinodalidad implica aceptar las diferencias, la pluralidad, los diversos puntos de vista de lo real.

De la Carta del Papa León a los sacerdotes, que recomiendo leer y no sólo a los sacerdotes, destacaría, como muestra y al margen de las cuestiones dogmáticas que me parecen esenciales, el punto 17 que afirma que “en muchos contextos, especialmente en los occidentales, se abren nuevos retos para la vida de los presbíteros, relacionados con la movilidad actual y la fragmentación del tejido social. Esto hace que los sacerdotes ya no estén insertados en un contexto cohesionado y creyente que apoyaba su ministerio en tiempos pasados. En consecuencia, están más expuestos a las derivas de la soledad, que apaga el impulso apostólico y puede provocar un triste repliegue sobre sí mismos. También por esto, siguiendo las indicaciones de mis predecesores, espero que en todas las Iglesias locales surja un compromiso renovado para invertir y promover formas posibles de vida en común, de modo que «los presbíteros encuentren mutua ayuda en el cultivo de la vida espiritual e intelectual, puedan cooperar mejor en el ministerio y se libren de los peligros que pueden sobrevenir por la soledad»”.

Y como guinda, quizá mereciera una reflexión de más largo recorrido lo que señala al final del punto 25: “Por eso, la exposición mediática, el uso de las redes sociales y de todos los instrumentos disponibles hoy en día debe evaluarse siempre con sabiduría, tomando como paradigma del discernimiento el del servicio a la evangelización. «Todo me está permitido, pero no todo es conveniente» ( 1 Co 6,12)”.

 

 

José Francisco Serrano Oceja