La paradoja del aislamiento social

 

 

23/02/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

El reciente Informe Foessa 2024 sobre la exclusión social en Castilla-La Mancha de Cáritas ha reflejado una realidad que ocurre y que sigue en silencio: el aumento del aislamiento social. Los datos no hacen más que poner cifras a una realidad que respiramos a diario: vivimos en la era del individualismo feroz. El aislamiento se ha incrementado en Castilla-La Mancha en relación a 2018. Los datos son datos pero la realidad es más preocupante.

La estampa es cotidiana. Imaginemos un bloque de doce viviendas. Los vecinos comparten cimientos, tejado, ascensor y rellano. Pared con pared, las vidas transcurren en paralelo pero pocas veces se cruzan. Cada uno en su burbuja y en su mundo y, como dice el refrán, «Dios en la de todos». Si surge un problema, delegamos en el administrador; si falta alguien, apenas lo notamos porque no sabemos qué existe.

Resulta doloroso comparar este frío escenario con el de hace apenas unas décadas. Antes, el vecino era una extensión de la familia; las puertas estaban abiertas, los niños crecían en comunidad y existía una red de seguridad humana que hoy parece haberse evaporado. En pleno siglo XXI, estamos más solos que nunca.

Somos la sociedad más conectada de la historia. A través de una pantalla, sabemos qué desayuna alguien a diez mil kilómetros o seguimos el último conflicto al otro lado del globo. Sin embargo, somos incapaces de saber si la persona que vive al otro lado de nuestra pared está bien, está enferma o, como hemos visto en noticias recientes, ha fallecido sin que nadie la eche de menos durante días.

Este aislamiento no es solo un fenómeno sociológico; es una barrera que se acrecienta con los más vulnerables. La pobreza hoy no es solo falta de recursos, es invisibilidad. Las personas empobrecidas tienden a retraerse, y la sociedad en general ha perdido la capacidad de ver al que tenemos al lado.

El Informe Foessa no solo describe una crisis económica, sino una crisis de fraternidad. El aislamiento es una negación de nuestra naturaleza social; como bien señalaba el Papa Francisco en Fratelli Tutti, «nadie se salva solo».

La solución al individualismo que denuncia Foessa pasa por recuperar la solidaridad no como un sentimiento superficial, ni algo filantrópico que se despierta en Navidad sino como la determinación firme de empeñarse por el Bien Común. Esto implica pasar de una «sociedad de individuos» a una «comunidad de personas», y pasa como indica el Foessa por el “biencuidarnos”. Tenemos que trabajar por acabar con la cultura del descarte y la indiferencia, entendiendo que el destino de mi vecino de rellano está íntimamente ligado al mío. Solo cuando volvamos a «ponernos cara» y a reconocer la vulnerabilidad del prójimo, podremos acabar con el aislamiento social que nos deshumaniza.

 

 

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