Tribunas

Cuando vivir necesita justificación

 

Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.


La joven Noelia de 25 años.
foto: Redes Sociales.

 

 

 

 

 

 

Las decisiones más graves de una sociedad rara vez se toman de un día para otro. Tampoco una vida empieza a romperse cuando alguien pide morir, sino bastante antes, en lugares donde nadie está mirando: en lo que no se atendió y en lo que se dejó pasar. En esa acumulación de abandonos —una infancia no protegida, una enfermedad mental que todavía no parecía urgente, una soledad que deja de ser circunstancial— se decide, sin decirlo, cuánto vale una vida concreta. Ahí empieza todo, mucho antes de que aparezca cualquier debate público o legal.

Por eso resulta pobre discutir casos como el de Noelia como si fueran únicamente decisiones individuales, más aún cuando se construyen relatos que no sólo simplifican lo ocurrido, sino que lo reescriben para hacerlo soportable. Narrativas que desplazan el peso hacia un desenlace blanqueado.

Así, apelar a la libertad individual es insuficiente en biografías devastadas. La libertad humana no aparece en el vacío, y menos todavía cuando está atravesada por trauma, sufrimiento psíquico, abandono, dependencia o desesperanza. Invocarla sin examinar las condiciones que la erosionan es una coartada intelectual.

Tampoco se puede valorar lo ocurrido sin reconocer el contexto que lo ha hecho posible y, en cierto modo, ha empujado ese desenlace. No estamos ante un Estado que simplemente respeta una decisión privada, sino ante instituciones que intervienen antes mal o insuficientemente y después de forma decisiva para culminarla. Eso no es neutralidad; es participación. Porque hay vidas, como la de Noelia, que cuando llegan al límite encuentran como respuesta una salida ordenada, legal y garantizada, maquillada con un lenguaje que la vuelve aceptable (atención, procedimiento, acompañamiento), pero ya no para sostenerlas, sino para certificar su final.

Entonces se invoca la compasión, y ahí aparece la contradicción de fondo. Nadie que mire de frente el sufrimiento que vivió esta joven puede hacerlo sin conmoverse. Hay en su historia algo que desarma cualquier juicio rápido: demasiadas heridas, demasiado temprano, durante demasiado tiempo. Y precisamente por eso, porque su dolor fue real y no discutible, resulta más grave lo que se ha hecho con ese dolor.

Pero la compasión no consiste en apartar el sufrimiento, sino en no apartarse de quien lo padece, incluso cuando no hay solución. Y ahí se abre una diferencia no sólo técnica, sino moral: primero se tolera el deterioro, después se administra la resolución y finalmente se le da un nombre noble, pero falso. Lo que se ha hecho con Noelia no es compasión. Es deserción.

Habrá quien sostenga, en este caso y en tantos otros, que existen personas que, incluso bien cuidadas, desean morir, y que respetar ese deseo forma parte del cuidado. Pero respetar no es lo mismo que asentir. Respetar a alguien es tomarse en serio su vida, no dar por bueno su suicidio. Hay deseos que no se honran cumpliéndolos, sino contradiciéndolos cuando nacen del dolor que precisamente nos obliga a no abandonarlos.

Entonces la pregunta ha de reformularse: ¿qué tipo de progreso es este? Porque lo que está en juego no es sólo si es lícita la eutanasia, sino cuándo empezamos a considerar que seguir viviendo ha dejado de ser una expectativa exigible. Y esa idea se forma lentamente, se repite, se legitima, hasta que deja de parecernos extraordinaria. Y cuando deja de parecernos extraordinaria es que ya ha empezado a parecernos razonable.

Quizá el verdadero progreso consista en sostener como irrenunciable precisamente aquello que más cuesta sostener, en no llamar solución a lo que en el fondo es una renuncia, y en no aceptar como respeto lo que empieza a parecerse demasiado a una forma educada de desistir.

Porque cuando el suicidio se presenta como una opción legitimada, seguir viviendo, especialmente en condiciones de fragilidad, empieza a requerir justificación. Y una sociedad en la que vivir necesita justificarse va en caída libre.