Tribunas

Las más de siete palabras de don Jesús Sanz Montes

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Jesús Sanz Montes en el sermón de las Siete Palabras.
Foto: Archidiócesis de Valladolid.

 

 

 

 

Es don Jesús Sanz Montes, a la sazón arzobispo de Oviedo, un obispo no libre, libérrimo. Y su principal ejercicio de libertad se realiza mediante la palabra, a la que confiere una añadida carga semántica en el uso de un castellano que fecunda la vida.

Es la inteligencia que pedía Juan Ramón Jiménez, el nombre exacto de las realidades que constituyen nuestro mundo. Es la forma de un sólido pensamiento, acrisolado en la lectura de los místicos de ayer y de hoy, de todos los tiempos, en la escuela de Il Poverello que cantaba a la naturaleza como modo privilegiado de plegaria.

A don Jesús no se le escapa una. Y no deja pasar ni una en la defensa de la verdad y de la justicia, de la fe, de la esperanza y de la caridad, sin cesiones, ni contemplaciones instrumentales de nuevos aprendices de Judas. La mediocridad no va con don Jesús y eso le convierte no sólo en profeta sino en profecía de una Iglesia que, en no pocas ocasiones, parece estar en búsqueda de un autor in fábula.

La lectura del pregón que don Jesús pronunció en Valladolid se ha convertido ya en uno de los textos espirituales de más calidad en el presente religioso hispano. He aquí unas pocas pinceladas de un sermón de mucho más que siete palabras…

Primera palabra. “No sabemos lo que hacemos, no. No lo sabemos cuando declaramos las guerras que enfrentan y destruyen los pueblos, cuando mentimos a mansalva para salvar a toda costa nuestras prebendas y nuestras gobernanzas, cuando robamos lo que no nos pertenece con la codicia más pendenciera, o abusamos de los más inocentes con una perversión que mata, cuando manchamos la belleza con nuestras apariencias más zafias, cuando envilecemos la bondad con un embrutecimiento de maldad calculada y cuando relativizamos de la verdad con una post-verdad que a sabiendas engaña. No sabemos lo que hacemos, ni entonces ni ahora”

Segunda palabra: “¡Qué buena confesión hizo Dimas aquel Viernes Santo, que le obtuvo el título de Buen Ladrón! Porque sin pretenderlo si quiera, logró “robar” honestamente a Dios el botín inimaginable en toda su vida desastrada, cuando pidiéndole adentrarse en su Reino, Jesús le regaló el pasaje y la entrada en ese mundo de amor que sólo quien es el Amor concede a quienes se abren a su mirada”.

Tercera palabra: “No reaccionó con desesperación, ni con sollozo de venganza. No invocó la maldición de los cielos ni la revuelta de los hombres. Sencillamente estaba al pie de aquella cruz, tratando de escuchar una difícil palabra de oír, preguntándose el significado duro de ese final aparente con el martirio de su Hijo Jesús. Su estar fue un estar silencioso lleno de fe, asomada a un más allá de aquella durísima apariencia con sus ojos maternos llenos de llanto. Esta es la lección asombrosa que nos dará María en los calvarios de la vida, en nuestras desolaciones diversas junto a nuestras cruces cotidianas”.

Cuarta palabra: “Ha querido Jesús hacer suyos nuestros gritos de abandono en soledad, cuando sentimos angustiados que no hay nadie tras la cortina de nuestro temor, ni existe el bálsamo que ponga cura en la herida, ni la respuesta humilde en la pregunta acuciante, ni la luz alumbradora en la negra y apagada oscuridad”.

Quinta palabra: “Él viene a señalarnos nuestras contradicciones contemporáneas. Podríamos decir justamente al revés de lo que reclama este mundo opulento, frívolo e insolidario cuando asistimos con pasmo al vacío del que se llena nuestra nada: «Dame un poco de sed, que me estoy muriendo de agua». Así, justamente así, al revés, sería el grito de una generación que teniéndolo casi todo, parece que no logra descubrir el sentido de la vida cuando hay falsas aguas para una sed verdadera.

Desde todas nuestras preguntas, afanes y preocupaciones, desde nuestra aspiración a habitar un mundo más humano y fraterno que el que nos pinta la crónica diaria, Dios se nos acerca en nuestro camino, se sienta junto al brocal de nuestros pozos y cansancios, para revelársenos como nuestra fuente y nuestra sed al mismo tiempo”.

Sexta palabra: “Todo aquello fue por mí, con mi nombre y mis años, con mis trampas y mis miedos, con mis gracias y pecados. Yo fui para Él la razón de cada instante en aquellas catorce estaciones que tenían mi biografía como recorrido y su amor como estación de llegada. Es una gracia de piedad vernos dentro de aquel Vía Crucis que nos perteneció y que Jesús haciéndolo suyo recorrió para salvarnos. Seamos sus cirineos y seamos cirineos de los que hoy malviven y malmueren en sus vías dolorosas por tantos motivos y en tantos escenarios”.

Séptima palabra: “La séptima palabra de Jesús en la Cruz, tiene la guisa de cláusula final de un testamento improvisado en su sobria brevedad. No es la derrota que abrumada se derrumba en el abismo fatal, sino el final del trayecto para aquellos pies viandantes que se hicieron misioneros en todos nuestros derroteros sin rumbo, en nuestros callejones sin salida, en nuestros muros de separación,  para poder indicar el horizonte que dilata nuestra mirada perdida, que dibuja el mapa de la esperanza en los finisterres del desencanto, que abate los bastiones que nos separan devolviéndonos la dignidad de ser hermanos en una fraternidad que sostiene el Padre que nos hace sus hijos”.

Y Epílogo final: “Las Siete Palabras de Jesús juzgan las situaciones sórdidas que a diario aparecen en todos los estratos de la sociedad. Ahí abultan las sombras y los rumores de un viaje sin norte, sin brújula y sin horizonte. Basta leer las noticias diarias para darnos cuenta del deterioro al que hemos llegado cuando la corrupción se maquilla hasta lo obsceno, las mentiras se normalizan como forma de gobernanza, la inmoralidad sale a chorros entre los vendedores de moralina, y la irresponsabilidad de los mandamases que roban a mansalva, mientras tantos inocentes pagan con su vida. Con este bronco paisaje nos ha vuelto a sorprender la cuaresma cristiana y este colofón de la Semana Santa en cuya cima penitencial nos situamos en el Viernes Santo por antonomasia en esta emblemática plaza vallisoletana para escuchar las Siete Palabras”.

 

 

José Francisco Serrano Oceja