Tribunas

El trabajo moldea tu carácter

 

Alberto García Chavida


Trabajo y estudio.

 

 

 

 

 

 

“Bastante mal lo he pasado yo en la vida, ahora lo que quiero es que a ellos no les falte de nada”. Así, con esta rotundidad me argumentaba mi buen amigo Agustín, ante un planteamiento de un verano de recuperación, en la meseta castellana, para que sus dos hijos, se pusieran en situación de pasar de curso. Al final, cambió de criterio, y después de un verano de “sol y moscas”, como él lo definía, sus hijos recuperaron bastantes asignaturas, pasaron de curso y no les pasó nada.

Pero eso no pasa solo con los hijos. El trabajo suele verse exclusivamente, como una obligación: una lista tediosa de tareas, horarios rígidos y responsabilidades que pesan. Sin embargo, cuando se observa desde otra perspectiva, puede convertirse en uno de los atajos más potentes para el crecimiento personal y profesional.

Primero, porque el trabajo te enfrenta constantemente con la realidad. Además, el trabajo obliga a convivir con otras personas. Y ahí es donde ocurre gran parte de ese crecimiento invisible. Aprender a colaborar, negociar, gestionar conflictos o simplemente escuchar puntos de vista distintos amplía la forma en que entiendes el mundo. Aunque a veces resulte incómodo, ese roce constante con los demás nos va puliendo el carácter y mejora la inteligencia emocional.

Apertura de corazón, para comprender y querer a los demás. Esa apertura nos lleva a aceptar a los otros como son, sin juzgar y sin dejarse llevar por prejuicios, a la vez que los podemos invitar a ser mejores. Consiste en ser puente también para personas que piensan distinto. Se puede trabajar muy bien con personas con otra fe o sin fe, y que siguen estilos de vida a los nuestros, pero personas que pueden tener un fondo bueno, sobre el que se puede construir una amistad y un proyecto común.

El trabajo bien hecho es algo que ayuda a los demás: el hombre no sólo puede y debe trabajar, sino  cooperar en el trabajo de los demás y del mundo. Mientras trabaja, precisamente mediante su trabajo, haciéndolo humanamente bien, sirve a los demás. Podríamos resumirlo en un lema: menos competencia y más pensar en los demás.

Sin embargo, no todo trabajo impulsa el crecimiento de forma automática. La clave está en la actitud con la que se aborda. Si se vive únicamente como una carga, su potencial se desperdicia. En cambio, si se interpreta como un campo de entrenamiento —un lugar donde experimentar, aprender y mejorar— se convierte en una herramienta poderosa.

Por supuesto que el trabajo es algo bueno, que nos enriquece, nos disciplina, nos sitúa en la vida. Si esto es bueno para nosotros, ¿por qué vamos a privar de esto a los hijos? A veces ocurre que confundimos la natural tarea de los padres: cuidar, prevenir y acompañar, que eso está muy bien. Pero ¿Qué ocurre cuando, por cuidar tanto, acabamos interviniendo demasiado y reduciendo el espacio en el que un niño puede probar, equivocarse y aprender por sí mismo? Recuerdo algo que me llamó mucho la atención: la madre de un alumno de 15 años estudiaba las lecciones con él, le hacía los esquemas, y...le había comprado dos colecciones de los libros de texto, para que la mochila no le pesara tanto.

Os acordáis de la letra de una canción que se hizo popular hace ya tiempo? “El trabajo nace con la persona, va grabado sobre su piel, y ella siempre le acompaña como el amigo más fiel”. Cierto que hay personas que trabajan en lo que no les gusta o con un salario que no les alcanza para sobrevivir. Sin embargo, la felicidad de cada uno está en cumplir con lo que el universo -o Dios, para los creyentes- le ha encomendado, sintiéndose tan importante como el magnate o el sabio.

Quizás el verdadero atajo no sea el trabajo en sí, sino la decisión de tomarlo de otra manera, como una oportunidad diaria para convertirse en la mejor versión de uno mismo: sacar lo mejor de ti mismo, para servir a los demás.