Tribunas
18/05/2026
Redescubriendo la Amistad
Ernesto Juliá
¿Qué es la amistad, ese vínculo entre los seres humanos que vence todas las barreras, que deshace obstáculos de otro modo insuperables, que llega a cambiar la sensibilidad, el carácter?
El hombre, y todos tenemos una cierta experiencia de situaciones semejantes, redescubre la necesidad del amigo muchas veces a lo largo de su vida. Quizá, escarmentado por experiencias fallidas, no arriesga de nuevo; y tarda poco en reconocer que esta decisión es una derrota para su espíritu. La soledad no es buena compañera en el largo, breve, caminar de la vida, y todos tenemos necesidad de encontrar personas con las que, de modo natural y muy humano, podamos compartir las preocupaciones, los sentimientos, las alegrías y las penas, que encontramos en el pasar de los días.
“Al amigo corresponde el hacer toda clase de esfuerzos para alegrar el espíritu postrado del amigo, y para inculcar mejores esperanzas y pensamientos...; la naturaleza nos da la amistad como doncella de virtudes, no como compañera de vicios”. Cicerón escribió estas palabras en su vejez y, probablemente, en su mansión romana en un atardecer soleado.
Reír y llorar juntos, hablar y pasear en silencio –sólo con un amigo se puede pasar un tiempo en silencio, la amistad tiene más plenitud que las palabras-, vivir las alegrías y las penas, compartir los triunfos y los fracasos, aunar los esfuerzos en momentos de euforia y de depresión..., con amigos ante quienes nada hay que ocultar, ni esconder, y ante quienes es inútil cualquier preocupación de defenderse.
En tantas ocasiones hemos visto desprestigiada la amistad. La figura del mejor amigo que hace traición a la confianza depositada en él, es argumento fácil en la literatura de todos los tiempos; hasta tantos proverbios y dichos ponen en tela de juicio la fuerza y el valor de la amistad, y más en estos tiempos en los que domina el individualismo en el ambiente social.
Y, no obstante, todos estos dichos y diretes, el amigo es un don de Dios: “Quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”, nos dice la Escritura (Eclo. 6, 14-15).
Y ¿quién es el amigo? Luis Cernuda lo ha dejado escrito en pocas palabras en la “noche del hombre y su demonio”, de su libro “Como quien espera el alba”: “Amigo ya no tienes sino es éste/ Quien te incita y despierta, padeciendo contigo”. El amigo no agota su amistad en hacer la vida “amable y placentera”; es también un aguijón que nos sostiene en pie cuando vamos a caer, y que nos anima a abrir nuevos horizontes. El amigo sabe alegrarse y sufrir con nosotros, y nosotros somos uno con él en sus afanes y angustias.
El amigo es para el amigo no sólo un buen samaritano que no lo dejará nunca morir abandonado, sino también un buen cireneo que cargará con las desgracias de cada día, como si fueran propias, si la ocasión se presenta, que se suele presentar. Y puede ser también el mismo Cristo que empuja, que anima, que recrimina con paciencia y misericordia, porque ama. Así se entienden las palabras de aquél que consideraba que todas las grandezas de este mundo no valen lo que vale un amigo.
“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”, cantan unas sevillanas bien conocidas. Yo añadiría: “algo renace en el alma, cuando un amigo vuelve”.
Y lo añado, porque lo he podido vivir en mis encuentros con antiguos compañeros de Universidad y de Instituto. Hablamos, y nos entendimos, de cosas humanas y de asuntos divinos, como hacíamos en nuestros tiempos de primera juventud. Y también de lo “divino”, fruto del Espíritu Santo que Jesucristo nos envía; si no se llega hasta ahí, la amistad no alcanza la profundidad de las raíces.
El mismo Cristo deseó convertir a los apóstoles en amigos: “A vosotros os he llamado amigos” (Juan 15, 15); y pienso que hasta que el cristiano no llame “amigo” a Cristo, no comenzará a entenderlo, a amarlo.
Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com