Un viaje apostólico para reconciliar y alentarnos en la fe

 

 

27/06/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

El Papa nos ha visitado. Sus primeras palabras después de manifestar agradecimiento ante los Reyes por la invitación para este viaje apostólico y dar gracias a Dios por el encuentro, expresó sus sentimientos e intenciones: “Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación”. No nos cabe la menor duda que su programa personal y apostólico se ha cumplido con creces.

Su talante alegre, empático siempre y de apertura, ha calado y dejado huellas en nosotros; no solamente entre los fieles católicos que han abarrotado calles, plazas y coliseos deportivos para verle y agasajarle, sino también para escuchar sus palabras y mensajes cargados de profunda humanidad y antropología evangélica. Sus signos concretos -todos muy significativos- en los encuentros con diversos ámbitos de nuestra sociedad, y sus mensajes muy directos, claros y al mismo tiempo valientes -superando los prejuicios muy corrientes en nuestra vida social de “lo políticamente correcto”- no han dejado indiferente a nadie; ni a los que le han criticado ni a quienes le hemos escuchado y aplaudido.

Todos sus discursos y encuentros, desde los eminentemente religiosos hasta los de carácter civil han cumplido sus objetivos de reconciliar a una sociedad muy polarizada, llamar a una regeneración de la vida sociopolítica, y alentarnos en nuestra fe tantas veces dormida, anodina y sin presencia evangelizadora.

Ha hablado al corazón de los católicos en la Eucaristía de la fiesta del Corpus Cristi con una llamada a su forma de vivir y expresar su espiritualidad: «Una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy …; no se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo“.

Ha interpelado a nuestro mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte reconociendo y admirando “la huella de creatividad que atraviesa su historia y que da forma a su identidad”; y preguntándose consecuentemente sobre “qué herencia estamos dejando al futuro y por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo”. Tejer redes -dijo- es nuestra tarea más importante pues ello implica “encuentro, escucha, diálogo y respeto”.

Y, sin lugar a duda por la resonancia que ha tenido, en un discurso memorable en el Congreso de los Diputados ante los representantes políticos de nuestro país, plasmó y presentó los principios básicos del pensamiento social de la Iglesia sin ningún tipo de complejo sobre todo aquello que hace verdaderamente humana la convivencia y que nace de la defensa de la vida, de la dignidad de la persona, de la justicia y del bien común. Un discurso valorado por los mismos diputados con un aplauso muy significativo, al mismo tiempo que descalificado por algunos periodistas-informadores representativos de un laicismo excluyente que debería ya en estos tempos estar superado. El Papa dejó muy claro en su discurso que la Iglesia reconoce «la autonomía de las realidades terrenas» y «la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política»; y “por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar”. Sin duda un discurso para enmarcar.

 

 

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