Opinión

Pausas de hidratación espiritual

 

 

José Antonio García Prieto Segura

Encuentro de Jesús con la mujer samaritana.

 

 

 

 

 

El actual Campeonato Mundial de fútbol ha popularizado las pausas de hidratación, suscitando comentarios y opiniones para todos los gustos. Muchos aficionados las rechazan porque cortan el flujo natural y la intensidad del partido. Otros por la motivación comercial que persiguen: introducir publicidad y recaudar ingresos.

Algunos exfutbolistas de fama mundial las consideran positivas. Entre éstos figura el brasileño Bebeto que ganó el Mundial de Estados Unidos en 1994, bajo temperaturas insufribles, y ha comentado con conocimiento de causa: “Fuimos campeones del mundo aquí, y sé que hace mucho calor. Pero ahora, tienen este descanso para hidratarse y recuperarse. Eso es muy importante para el futbolista”.

El título de este artículo ya dice a las claras que iré más allá del fútbol. Las mencionadas pausas me han recordado un suceso algo similar en la vida de Cristo cuando, por el cansancio, hizo un parón en toda regla, para reponer fuerzas y calmar su sed.

Y como no daba puntada sin hilo, aquel alto en el camino le dio pie para ofrecer, a su vez, una hidratación espiritual a la mujer a quien previamente le había pedido de beber. Al fin, terminó calmando otra sed mucho más agotadora y punzante: la del corazón de aquella mujer reseco de amor. Como habrá adivinado el lector voy a detenerme en el encuentro de Jesús con la samaritana.

Lo refiere san Juan al narrar el viaje del Señor hacia Galilea, pasando por Samaría.  Llegaron a las afueras de Sicar, donde había un pozo; los discípulos continuaron hasta la ciudad para comprar alimentos, mientras Jesús quedaba a la espera; escribe así el evangelista: “Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta” (Jn 4, 6).

Y prosigue: “Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: Dame de beber”. Al darse cuenta de que era un judío, la mujer marcó distancias con una pregunta que encubría cierto rechazo al ruego de Jesús, que contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber’, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva’” (Jn 4, 10).

Es fácil comprender la enorme sorpresa de la mujer ante tamaña paradoja. Alguien que me pide darle de beber porque no dispone de medios propios para hacerlo y, a la vez, me dice que puede ofrecerme infinitamente más de lo mismo que me está pidiendo.

Sin embargo, intuyendo que aquel hombre hablaba en serio, la mujer prosiguió: “Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? (Jn. 4, 11-12). Ahorro al lector versado en el Evangelio el recuerdo completo de toda la escena, y solo destacaré lo esencial para el propósito de este artículo.

Tan en serio se tomó las palabras de Jesús y su ofrecimiento, que le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no tenga sed ni tenga que venir aquí a sacarla. Él le contestó: Anda, llama a tu marido y vuelve aquí. – No tengo marido, le respondió la mujer” (Jn 4, 15-17). A partir de aquel momento, la pausa cobró trascendencia espiritual para la samaritana: estaba infinitamente más necesitada del agua del amor que Cristo le ofrecía, que Jesús del agua que ella podía darle.

La conversación tomó cada vez más altura y ante la alusión de la mujer a la venida del Mesías, en quien ella creía y esperaba, llegó la abierta revelación de Jesús: “Yo soy el que habla contigo” (Jn 4, 26). Una declaración palmaria que no aparece en ningún otro pasaje evangélico.

Aunque en el conjunto del relato pueda parecer detalle insignificante, es muy revelador que san Juan no omitiese esta pequeñez: “La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?” (Jn 4, 29).

La alegría desbordante de su corazón hizo que se olvidara por momentos de aquello que había ido a hacer: llenar su cántaro de agua y volver a casa. Lo que había comenzado con una pausa en el duro caminar de Cristo, terminó con el gozo de un corazón femenino dispuesto a rehacer su vida.

Pero pasemos al plano personal y preguntémonos: ¿quién podrá decir que en su vida jamás ha sufrido altibajos ni conocido momentos de especial cansancio, que piden a gritos detenerse en una pausa reparadora? Son circunstancias en las que Cristo desea repetir con cada persona la historia vivida con la mujer samaritana.

Prueba de ello son dos pasajes evangélicos que ponen al descubierto el corazón de Jesús, compadecido de nuestras fatigas y ofreciéndonos su ayuda. Dice san Mateo: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas (…) Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36). Y poco más adelante, el mismo evangelista recoge la petición universal del Señor: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28).

El ofrecimiento está hecho y es preciso añadir que Cristo hoy sigue estando sediento no ya del agua que pedía a la samaritana, sino de nuestra personal respuesta de amor, si reparamos fuerzas en las pausas de oración. Lo recuerda así el Catecismo de la Iglesia: “"Si conocieras el don de Dios" (Jn 4, 10).

La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él’” (cf San Agustín, Quaest. 64, 4). (CEC 2560).

En el Mundial de fútbol la detención del juego para hidratarse está prevista en torno a los 25 minutos de cada tiempo. En el largo partido de la vida que todos jugamos, las pausas para detenernos con el Señor y reponer fuerzas, deberían ser cuando menos, diarias. Momentos de recogimiento y oración para hablar con Él, pedir luces, pensar en el trabajo y en los compromisos que nos esperan, en las personas cercanas que juegan también con nosotros y como nosotros este partido de la vida, etc.  Se imponen estos parones si no queremos perder el encuentro por agotamiento, exhaustos de amor.

Y no digamos nada si entre las pausas diarias añadimos como manjar sólido y bebida para calmar nuestra sed, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que nos ofrece en la Eucaristía. Entonces volveríamos al terreno de juego del trabajo, de la convivencia, de los avatares de cada jornada, con la seguridad de ganar el partido, porque Jesús lo jugaría con nosotros, pues lo ha dicho Él: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

 

 

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