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El purpurado italiano sostiene que la Sagrada Familia es "uno de los últimos grandes intentos europeos de unir belleza, trascendencia y espacio público"
09/07/26 | J. A.
La belleza fue, antes incluso que las formulaciones doctrinales, uno de los primeros caminos por los que el ser humano se acercó al misterio. Esa es la tesis que desarrolla el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente emérito del Consejo Pontificio de la Cultura, en un artículo publicado en L'Osservatore Romano, en el que reflexiona sobre la relación entre fe, arte y arquitectura, situando a Antoni Gaudí como uno de los grandes referentes contemporáneos capaces de reconciliar ambos mundos.
- Del arte como catequesis a la fractura de la modernidad
- Gaudí, el arquitecto que reinventó el lenguaje de la trascendencia
- Una arquitectura que habla de Dios
- La belleza que interpela también a los no creyentes
- El desafío del arte sacro en la Europa secularizada
Ravasi arranca su reflexión recordando que "hay una experiencia elemental que atraviesa la historia espiritual de la humanidad: el estupor". Ese asombro nace "ante la belleza", ya sea contemplando el cielo, la música, la luz de una vidriera o una arquitectura "capaz de elevar la mirada". Durante siglos, afirma, precisamente ahí "la fe encontró uno de sus lenguajes más universales".
El purpurado subraya que basta recorrer cualquier museo europeo para comprobar hasta qué punto el cristianismo ha modelado la cultura occidental. "Si un visitante entrara hoy en cualquier pinacoteca europea, o incluso americana, sin conocer nada de la Biblia, difícilmente comprendería una gran parte de las obras expuestas", señala.
A su juicio, la historia del arte occidental está profundamente atravesada por el relato bíblico y los símbolos cristianos, hasta el punto de que "la relación entre fe y arte no fue un episodio marginal, constituyó uno de los grandes ejes culturales de Europa".
Del arte como catequesis a la fractura de la modernidad
Ravasi recuerda que durante siglos los propios artistas entendían su trabajo como un servicio a la transmisión de la fe. Cita los estatutos de los pintores sieneses del siglo XIV, donde se afirmaba que su misión era mostrar a quienes no sabían leer "las maravillas obradas por el Señor".
"El arte era, por tanto, belleza, pero también catequesis, pensamiento, visión del mundo", escribe, recordando el legado de maestros como Miguel Ángel, Rafael o Caravaggio.
Sin embargo, sitúa entre los siglos XIX y XX una profunda ruptura entre arte y religión. Mientras el arte emprendía caminos cada vez más autónomos —del impresionismo al dadaísmo, la abstracción o el pop art—, la Iglesia respondió con frecuencia refugiándose en la repetición de modelos históricos.
Según Ravasi, en lugar de dialogar con los nuevos lenguajes, muchas construcciones religiosas recurrieron a estilos neogóticos o neobarrocos sin verdadera creatividad, dando lugar a templos "incapaces de hablar al hombre contemporáneo".
Como ejemplo de esa crisis cita la conocida observación del religioso y poeta David Maria Turoldo, quien afirmaba que algunas iglesias modernas parecían "garajes donde Dios está aparcado frente a fieles aparcados".
Fuegos artificiales tras la bendición de la Torre de Jesucristo
de la Sagrada Familia por parte del Papa León XIV.
Foto Kike Rincón. Pool Europa Press.
Gaudí, el arquitecto que reinventó el lenguaje de la trascendencia
Frente a esa pérdida de fuerza simbólica, Ravasi encuentra en Antoni Gaudí una respuesta excepcional.
"La Sagrada Familia representa quizá uno de los últimos grandes intentos europeos de unir belleza, trascendencia y espacio público", afirma, convencido de que el templo barcelonés sigue siendo "una provocación cultural y espiritual para nuestro tiempo".
Para el cardenal italiano, la gran aportación del arquitecto catalán fue comprender que "la tradición no consiste en repetir formas, sino en recrear un lenguaje".
Escribe que "el asumió la gran intuición del gótico, la verticalidad como tensión hacia lo infinito, pero la reescribió completamente. No imitó el pasado. Inventó una nueva gramática arquitectónica", sostiene.
Esa capacidad de innovación constituye, según Ravasi, una lección para el arte sacro contemporáneo: "El gran desafío actual no es copiar modelos antiguos, sino encontrar nuevas formas capaces de expresar el misterio".
Una arquitectura que habla de Dios
El presidente emérito del Consejo Pontificio de la Cultura destaca que en la obra de Gaudí "cada elemento posee un significado espiritual". Fachadas, torres, luz, proporciones, acústica y espacio participan de "una gran narración teológica".
Como ejemplo, rememora una experiencia vivida durante un encuentro del Atrio de los Gentiles celebrado en la basílica: "cuatro coros situados en distintos puntos cardinales comenzaron a cantar simultáneamente en un espacio inmenso. Aquello parecía casi imposible desde el punto de vista técnico. Y, sin embargo, la armonía espacial concebida por Gaudí hizo posible una experiencia de una intensidad extraordinaria".
Fue entonces cuando, reconoce, comprendió que "la belleza puede crear comunión incluso antes de generar consenso intelectual".
La belleza que interpela también a los no creyentes
Ravasi sostiene que una de las mayores fortalezas de la Sagrada Familia es su capacidad para hablar también a quienes no comparten la fe cristiana.
Defiende en su artículo que "la Sagrada Familia atrae cada día a miles de no creyentes. Muchos de ellos no salen convertidos, naturalmente. Pero sí salen tocados por la percepción de un misterio".
Recuerda además que Gaudí quiso levantar el templo en pleno tejido urbano de Barcelona y no en un lugar apartado, porque entendía que "la fe dialoga así con la vida civil, con la comunidad, con la historia concreta de los hombres".
El desafío del arte sacro en la Europa secularizada
En la parte final de su reflexión, Ravasi sostiene que, en una Europa cada vez más secularizada, la belleza continúa siendo uno de los caminos privilegiados para despertar la pregunta por Dios “no como ornamento superficial ni como refugio estético, sino como experiencia capaz de despertar el sentido del límite y del infinito", escribe.
"La belleza auténtica no anestesia, hiere, interroga, desinstala", añade, antes de advertir que el arte sacro "no puede transformarse en museo ni en decoración piadosa", sino que debe recuperar su capacidad de convertirse en "un espacio de revelación simbólica".
Para el cardenal, el gran reto actual consiste en "reconciliar de nuevo belleza y trascendencia sin nostalgia arqueológica y sin banalidad funcional".
Y concluye con una idea que resume todo su planteamiento: "No repetir el pasado, pero tampoco renunciar al misterio. Porque cuando la belleza es verdadera, incluso quien no logra nombrar a Dios percibe, al menos, que existe algo más grande que nosotros".