Zoom

 

Sigrid Undset, camino a los altares: la Premio Nobel que desafió a la Noruega protestante para entrar en la Iglesia Católica

 

El obispo de Oslo, Fredrik Hansen, acaba de anunciar la apertura del proceso de canonización de la escritora Sigrid Undset, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1928 por sus magistrales recreaciones de la vida medieval escandinava. Pero este dato, de gran valor y virtud, no es el principal. Hansen ha asegurado que “es un modelo de fe cristiana”. Conversa, llegó al catolicismo después de haber puesto a prueba todos los argumentos en su contra.

 

 

 

13/07/26 | Zenón de Elea


 

 

 


Sigrid Undset.

 

 

 

Su conversión no fue un refugio sentimental, sino la conclusión de una larga investigación intelectual y moral que la llevó a desafiar a la Noruega luterana de su tiempo.

La Iglesia no propone a Undset como modelo por haber ganado el Nobel, sino por la coherencia con la que vivió la fe después de encontrarla.

Hansen ha destacado su fama de santidad, su vida de virtud, el cuidado heroico de su hija con discapacidad, su servicio a los más necesitados y una obra que condujo a muchos lectores hacia Cristo y redescubrió las raíces cristianas de Noruega. La literatura fue el instrumento; la santidad, el motivo.

Su biografía, sin embargo, dista mucho de la de una santa de estampita. Nació en 1882 en Kalundborg (Dinamarca), aunque desde muy pequeña vivió en Cristianía, la actual Oslo. Creció en un ambiente prácticamente agnóstico y durante años compartió muchas de las ideas progresistas de su generación.

En 1912 contrajo matrimonio con el pintor Anders Castus Svarstad, un hombre divorciado y padre de tres hijos. Ella era consciente de que aquella relación nacía con dificultades, y el tiempo confirmó sus temores. Tuvieron tres hijos propios, uno de los cuales murió siendo un niño. Su hija Maren Charlotte padecía una grave discapacidad intelectual y Undset la cuidó personalmente durante toda su vida con una entrega que impresionó a quienes la conocieron.

El matrimonio terminó rompiéndose en un proceso doloroso y, tras su entrada en la Iglesia Católica, fue declarado nulo al comprobarse que el primer matrimonio de Svarstad seguía siendo sacramentalmente válido.

Nada en esa biografía parecía conducirla al catolicismo. Sin embargo, mientras investigaba la Edad Media para escribir sus grandes novelas descubrió una Iglesia muy distinta de la caricatura con la que había crecido. Aquella investigación histórica coincidió con una profunda crisis personal y con una pregunta que el agnosticismo no conseguía responder: ¿cómo podía una civilización que presumía de progreso haber terminado desangrándose en la Primera Guerra Mundial?

Undset comprendió entonces que su búsqueda ya no era literaria, sino existencial. En uno de sus escritos autobiográficos confesó: «Había penetrado demasiado cerca de la morada de la verdad... tuve que rendirme». No era el lenguaje de quien había encontrado una religión que le reconfortaba, sino el de una intelectual obligada a reconocer que las pruebas la conducían hacia una conclusión inesperada.

La clave de esa conclusión fue Cristo. «Nunca había dudado de que la Iglesia católica se identificaba con la Iglesia fundada por Cristo. Para mí, la cuestión de la autoridad de la Iglesia católica era simplemente la cuestión de la autoridad de Cristo», escribió años después en My Reasons for Conversion. Difícil resumir mejor una conversión que no nació de los sentimientos, sino de la razón.

También rechazó un argumento que sigue escuchándose un siglo después: identificar la verdad de la Iglesia con la conducta de algunos de sus miembros. Los pecados de los cristianos, sostenía, no invalidan la autoridad de la Iglesia, porque ésta no depende de la perfección de los hombres, sino de Cristo. Por eso podía afirmar con serenidad que «la Iglesia es la guía viva que ejerce la autoridad transmitida por Nuestro Señor Jesucristo».

Sin embargo, hubo un argumento que terminó por derribar sus últimas resistencias: los santos. Mientras estudiaba sus vidas descubrió una libertad interior que no encontraba en ninguna ideología moderna.

De ahí una de sus frases más conocidas y provocadoras: «Los santos son las únicas personas completamente cuerdas, al menos en nuestra civilización». No era una ocurrencia brillante. Era la conclusión de una mujer que había conocido el éxito, el sufrimiento, el fracaso y la soledad, y que veía en los santos la demostración de que el cristianismo funciona cuando se vive hasta sus últimas consecuencias.

Tras su conversión, recibida en la Iglesia en 1924, ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo y desarrolló una intensa labor de defensa intelectual del catolicismo.

Cuando los nazis invadieron Noruega en 1940, tuvo que huir a Estados Unidos por su firme oposición al régimen de Hitler, convirtiéndose también en una voz moral frente al totalitarismo. Nunca dejó de escribir, pero ya no buscaba únicamente crear grandes novelas: quería mostrar que la fe cristiana no era un vestigio del pasado, sino la respuesta más razonable al drama del ser humano.

Quizá por eso la futura causa de beatificación de Sigrid Undset resulte tan sugerente para nuestro tiempo. No porque añada otra escritora al santoral, sino porque recuerda que la inteligencia y la fe no son enemigas. Al contrario. En ocasiones, cuando una búsqueda de la verdad se lleva hasta el final, acaba conduciendo exactamente al lugar al que nunca se pensó llegar: la Iglesia Católica.

 

 

 


Sigrid Undset.