Tribunas
21/07/2026
El hombre que vio un marco
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Joaquín Sorolla y Bastida. Auretrato.

La noticia cuenta que un hombre encontró en una calle de Sevilla un cuadro de Sorolla y se lo llevó a casa porque le había gustado el marco. Sólo después, ya en Murcia, descubrió que podía tratarse de una obra valiosa. Lo averiguó con ayuda de una aplicación de inteligencia artificial, que últimamente sirve tanto para escribir discursos como para decirnos lo que deberíamos haber visto con nuestros propios ojos. Entonces avisó a la Policía y el cuadro emprendió el camino de vuelta a sus dueños.
La historia es tan buena que casi convendría no estropearla explicándola. Tiene todos los ingredientes de un sainete moderno: un descuido, un turista, un Sorolla viajando en una bolsa, una aplicación que revela el misterio y una sociedad entera riéndose porque un hombre no supo reconocer una obra maestra cuando la tuvo delante.
La risa es comprensible, pero quizá habría que administrarla con prudencia porque todos estamos mucho más cerca de aquel hombre de lo que nos gustaría admitir. Él vio un marco. Nosotros vemos cada día embalajes, currículos, marcas, cargos, certificados, seguidores, precios y puntuaciones. Él, al menos, fue sincero: le gustó el marco y actuó en consecuencia. Nosotros esperamos a que alguien nos diga qué debe gustarnos y después fingimos haberlo visto siempre con claridad meridiana.
Antes de seguir, conviene una aclaración: Sorolla era un maestro. No uno de esos artistas cuya grandeza parece depender de que un comisario nos explique lo que no aparece por ninguna parte, sino un pintor capaz de llenar de luz un lienzo sin pedir permiso al sol. Pintaba el agua de tal modo que uno casi oye el rumor de la playa. Pintaba las telas, las sombras y los reflejos con una verdad que no necesita defensa. No hace falta ser especialista para sospechar que ahí hay algo. Basta con mirar un poco. Después, claro está, el conocimiento amplía esa primera impresión. Saber quién fue Sorolla, comprender su técnica o situarlo en la historia de la pintura no sustituye a la mirada: la ensancha. La emoción puede ser inmediata; la comprensión casi nunca lo es.
Ésa es una de las ventajas del arte verdadero. Puede ser malinterpretado, olvidado, perdido, incluso confundido durante unas horas con un objeto abandonado, pero sigue teniendo dentro una fuerza que no depende del cartel que lo acompaña. Un Sorolla agradece una buena explicación, pero no depende de ella para seguir siendo un Sorolla.
Y no todo el arte actual disfrutaría de la misma resistencia. Hay obras contemporáneas que, si les retiraran el cartel, correrían el serio riesgo de ser barridas por el personal de limpieza del museo. No porque el personal de limpieza sea inculto, sino porque a veces posee una relación más directa con la realidad que algunos comisarios. Naturalmente, algunas se sostienen con una fuerza extraordinaria y otras necesitan contexto porque precisamente juegan con él. Pero también existen piezas cuya principal materia prima parece ser la explicación que las acompaña.
Pero no quisiera convertir esto en una queja contra cierto arte contemporáneo, que ya tiene bastante con sobrevivirse a sí mismo. Lo interesante de la anécdota no es sólo artístico, sino humano. El cuadro no cambió cuando la aplicación identificó la firma. Seguía siendo el mismo lienzo, con la misma luz y el mismo valor. Lo que cambió fue la mirada del hombre. Antes tenía delante un objeto curioso. Después tenía delante una obra valiosa. Entre una cosa y otra no hubo una transformación de la realidad, sino una autorización de la mirada.
Y ahí está el fondo del asunto. A veces no vemos mejor porque miremos más, sino porque alguien nos permite mirar de otra manera. Un vino no es un vino hasta que alguien lo puntúa. Un restaurante no es un restaurante hasta que aparece en una lista. Una ciudad no merece ser visitada hasta que una guía la declara imprescindible. Un libro no empieza a existir hasta que gana un premio. Una película no conmueve del todo hasta que nos aseguran que ha conmovido en tres festivales. Espero que no llegue la hora en que los atardeceres en la montaña reclamen una acreditación oficial antes de dejarse admirar tranquilamente.
Por eso me resulta simpático el hombre del marco. Durante unas horas miró sin pedir permiso. Vio algo sin audioguía, sin reseña, sin tasación, sin aplicación y sin nadie detrás susurrándole: «Esto es importante, emociónese usted con arreglo a protocolo». Vio un marco bonito y le gustó. Podrá parecer una tontería, pero no lo es. En una época en la que casi todas las miradas vienen previamente educadas por algoritmos, modas o expertos, emitir un juicio propio tiene algo de pequeña heroicidad.
Luego llegó la inteligencia artificial y le reveló que aquello podía ser un Sorolla. Es decir, primero miró, después consultó y finalmente comprendió. Nosotros solemos hacerlo al revés: primero consultamos, después opinamos y, si queda tiempo, miramos.
Esto no ocurre sólo con el arte. Hay personas que empiezan a parecernos interesantes cuando otro nos advierte de que lo son. Hay ancianos que sólo adquieren importancia cuando se convierten en testimonio. Hay profesores que pasan inadvertidos hasta que un antiguo alumno cuenta que le cambiaron la vida. Hay madres que sostienen casas enteras sin recibir categoría de infraestructura esencial. Hay gestos de fidelidad, paciencia y ternura que no cotizan porque nadie ha encontrado aún la manera de ponerles marco.
Tal vez el problema no sea que no sepamos valorar lo valioso. Eso ha ocurrido siempre. El problema es que hemos empezado a necesitar que alguien nos certifique que algo vale antes de atrevernos a verlo.
Y así puede suceder que un hombre encuentre un Sorolla y sólo vea el marco. Pero también puede suceder que alguien nos enseñe un marco vacío, nos explique que representa la angustia posindustrial de la subjetividad líquida, le ponga precio, foco y subvención, y todos asintamos con cara de estar comprendiendo una cosa que quizá, en el fondo, sólo necesitaba un trastero.
El turista de Murcia confundió un Sorolla con un marco. Nosotros corremos el peligro de confundir el cartel con el cuadro, la explicación con la belleza, el precio con el valor y la acreditación con la verdad.
El hombre que vio un marco miró algo y le gustó por su cuenta. No es poco en una época en la que incluso para admirar un Sorolla parece que necesitamos cobertura, batería y una opinión autorizada.