Católicos
Fernando Redondo Benito reivindica que las fiestas patronales no terminen con la procesión y pone como ejemplo la labor de la Santa Caridad de Toledo en una prisión
14/08/26
Una religiosidad que continúa después de la procesión
- «La caridad tampoco cierra en agosto»
- De la devoción al cuidado del prójimo
- El futuro de las fiestas patronales
Agosto llena de nuevo las calles de procesiones, romerías, novenas y fiestas patronales. Pueblos y ciudades recuperan durante estos días tradiciones transmitidas durante generaciones, mientras miles de personas regresan a sus lugares de origen para reencontrarse con sus familias y con las devociones que forman parte de su historia.
Pero, cuando termina la procesión y la imagen regresa al templo, queda una pregunta: ¿qué permanece de esa celebración en la vida de los demás? Fernando Redondo Benito, Mayordomo de Finados de la Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad de Toledo, propone mirar precisamente hacia ese momento. «La religiosidad popular no necesita más público, sino más prójimo>», afirma.
Fernando Redondo Benito, Mayordomo de Finados
de la Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad de Toledo
Su reflexión no pretende cuestionar el valor de las fiestas patronales ni de las tradiciones religiosas. Al contrario, plantea que la emoción de la celebración debería prolongarse en el cuidado de las personas, especialmente de quienes viven situaciones de soledad, enfermedad, pobreza, exclusión o privación de libertad.
Una religiosidad que continúa después de la procesión
Para Redondo Benito, el éxito de una fiesta patronal no debería medirse únicamente por el número de asistentes, la dimensión de una procesión o la repercusión pública de los actos. Su verdadera fecundidad aparece cuando aquello que se celebra ayuda también a reconocer al prójimo.
Las cofradías y hermandades cuentan, en este sentido, con una capacidad de presencia difícilmente sustituible. Están arraigadas en barrios y municipios, mantienen vínculos entre generaciones y pueden llegar a personas que permanecen alejadas de otros espacios de participación eclesial.
El reto está en que esa capacidad de convocatoria no termine en los cultos, las procesiones o las celebraciones. La pertenencia a una corporación religiosa, sostiene Redondo Benito, debería educar la mirada para reconocer también a quienes permanecen lejos del centro de la escena.
«La caridad tampoco cierra en agosto»
El descenso de la actividad pública durante el verano puede transmitir la sensación de que las cofradías entran en periodo de descanso. Sin embargo, la caridad no sigue el mismo calendario que las procesiones.
La soledad, la enfermedad, la pobreza, la exclusión y la realidad penitenciaria no desaparecen durante agosto. Por eso, Redondo Benito reivindica una acción caritativa que no dependa de campañas puntuales ni quede limitada a determinados momentos del año.
La Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad de Toledo mantiene precisamente durante estos meses su actividad en el Centro Penitenciario Ocaña I, donde desarrolla una labor de acompañamiento y encuentro con personas privadas de libertad.
En ese contexto, la caridad adquiere una dimensión alejada de los grandes actos públicos. Se traduce en tiempo compartido, escucha, cultura y acompañamiento, además de en la voluntad de recordar que una persona no puede quedar reducida únicamente a la condena que cumple.
De la devoción al cuidado del prójimo
Para Redondo Benito, esta actividad no constituye un elemento separado de la vida de una cofradía, sino una de sus expresiones más profundas. La misma fe que se manifiesta públicamente en una procesión puede hacerse cercana dentro de una prisión.
La cuestión, por tanto, no es elegir entre culto y compromiso, celebración y servicio o belleza y caridad. Se trata de recuperar su unidad. Las flores, la música, los hábitos, los estandartes y los pasos procesionales pueden expresar una fe que, después, se transforma en responsabilidad hacia los demás.
La caridad tampoco debería reducirse a un apartado dentro del calendario anual de una hermandad. Comienza en gestos cotidianos: recibir a quien llega por primera vez, acompañar a un hermano enfermo, escuchar a quien atraviesa dificultades o detectar las necesidades que existen alrededor de la propia comunidad.
El futuro de las fiestas patronales
Las celebraciones de agosto ofrecen una oportunidad para recuperar precisamente esa dimensión. Miles de personas vuelven a sus pueblos, se reencuentran con sus devociones familiares y participan en tradiciones que forman parte de su memoria.
Pero, para Redondo Benito, el futuro de la religiosidad popular no dependerá únicamente de conservar las costumbres o aumentar el número de participantes. También dependerá de su capacidad para transformar la emoción en responsabilidad, la pertenencia en cuidado y la devoción en proximidad.
«Una fiesta patronal no debería terminar cuando concluye la procesión. Tendría que continuar en alguna soledad acompañada, en alguna necesidad reconocida y en alguna puerta que haya quedado abierta», sostiene.
La actividad de la Santa Caridad de Toledo en el Centro Penitenciario Ocaña I representa, en su opinión, una forma concreta de mantener esa continuidad. Mientras las fiestas llenan las calles durante agosto, la caridad mantiene su propio calendario: el de las personas, sus necesidades y sus esperanzas.
La propuesta de Redondo Benito no consiste en restar importancia a la fiesta, sino en llevarla hasta sus últimas consecuencias: desplazar por un momento la mirada desde el público hacia el prójimo.
Porque una religiosidad popular capaz de reunir y emocionar a miles de personas encuentra también su sentido cuando sabe detenerse ante una sola.