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Tenemos que preguntarnos por qué solo el 15,9% de los españoles practica su fe católica

 

 

 

13/10/26 | Zenón de Elea


 

 

 


El Papa, llegando a la Vigilia de Jóvenes en la Plaza de Lima.
Foto: Miguel Caireta Serra

 

 

 

La última encuesta del CIS pone sobre la mesa una realidad que debería interpelar a toda la Iglesia: por primera vez, los ateos (17,1%) superan en porcentaje a los católicos practicantes (15,9%). Pero hay otro dato que, a mi juicio, merece todavía más atención: el 38,5% de los españoles se declara católico no practicante. ¿Qué está pasando?

No quiero centrar esta reflexión en quienes han dejado de creer, sino en quienes todavía se identifican como católicos, pero viven al margen de la práctica religiosa. Personas que, de alguna manera, mantienen un vínculo con la fe, aunque no acudan a misa, no se confiesen, no comulguen habitualmente o no encuentren un espacio para la oración en su vida cotidiana.

¿Qué les impide dar el paso? ¿Es pereza? ¿No les gustan las misas? ¿No han descubierto el sentido de reservar una hora a la semana para encontrarse con el Señor? ¿Les resultan aburridas las celebraciones? ¿Echan en falta una comunidad en la que sentirse acogidos? ¿Les cuesta acercarse al sacramento de la confesión? ¿Se han encontrado con sacerdotes poco cercanos?

No tengo una respuesta única. Probablemente haya tantas razones como personas. Pero precisamente por eso creo que necesitamos preguntarnos, escuchar y analizar, sin juzgar ni dar por hecho que conocemos las causas de ese alejamiento.

La Iglesia no puede conformarse con contar cuántos fieles acuden los domingos a sus templos. Tiene que preguntarse qué sucede con quienes dejaron de ir, con quienes se sienten católicos, pero no encuentran motivos suficientes para vivir su fe. Y hacerlo sin reproches, con la humildad de quien está dispuesto a reconocer que quizá no siempre ha sabido transmitir el mensaje.

Practicar la fe no debería vivirse como una carga, sino como una experiencia capaz de dar sentido, esperanza y alegría. Un subidón vamos. La Eucaristía no es una obligación que tachar de la agenda; la confesión no debería inspirar miedo, sino ofrecer la posibilidad de empezar de nuevo. La oración no tiene por qué ser una rutina vacía, y la comunidad cristiana debería ser un lugar donde nadie se sienta un extraño.

¿Estamos explicando todo esto? ¿Estamos acompañando a quienes tienen dudas? ¿Ofrecemos celebraciones que ayuden a comprender y vivir lo que sucede en el altar? ¿Son nuestras parroquias espacios donde se crean vínculos reales, donde alguien puede llegar solo y sentirse parte de una familia?

También me pregunto qué sucede con el 12,2% de agnósticos y el 11,3% de indiferentes o no creyentes. ¿Nunca han encontrado razones para creer? ¿Han dejado de buscarlas? ¿Conservan alguna inquietud espiritual que no saben cómo expresar? No podemos responder por ellos, pero sí abrir espacios de diálogo y acogida.

Francia nos ha ofrecido recientemente una imagen interesante con la visita de León XIV: la presencia de personas que se acercan a la Iglesia, incluso desde la increencia, para escuchar al Papa o participar en sus actos. No significa que todas vayan a convertirse, pero recuerda que el alejamiento religioso no siempre equivale a una indiferencia absoluta ante cualquier pregunta espiritual.

Más difícil será acercarse a quienes se declaran ateos y mantienen una posición firme. Algunas personas pueden arrastrar heridas, malas experiencias o prejuicios hacia la Iglesia; otras, sencillamente, no creen. Conviene distinguir unas situaciones de otras. Si hay heridas, habrá que escucharlas y ayudar a repararlas, no exigir que se olviden.

El dato del CIS no debería servir únicamente para certificar el avance de la secularización. Debería convertirse en una invitación a la reflexión, empezando por los propios católicos practicantes. ¿Qué hacemos para transmitir nuestra fe? ¿Somos capaces de contagiar la alegría de vivirla? ¿Nuestras obras de misericordia hablan de Cristo con más claridad que nuestras palabras?

Porque la fe no se transmite solo desde el púlpito. Se transmite acompañando al enfermo, ayudando al necesitado, escuchando al que sufre y tendiendo la mano a quien se siente solo.

No sé qué porcentaje de españoles volvería a practicar si encontrara una comunidad acogedora, una celebración que le ayudara a rezar o un sacerdote dispuesto a escucharle. Pero sí creo que merece la pena averiguarlo.

Quizá la pregunta no sea únicamente por qué tantos católicos han dejado de practicar, sino qué estamos haciendo los que seguimos dentro para que quieran volver.