Tribunas

Reverdecer el Concilio Vaticano II

 

 

Ernesto Juliá


Un momento de la Catequesis de León XIV.
(@Vatican Media).

 

 

 

 

 

“Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falta”.

León XIV ha querido servirse de ese párrafo de su Encíclica Magnifica humanitas (n. 50), en su segunda Audiencia sobre la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, dentro de su programa de comentar todos los documentos del Concilio Vaticano II, y transmitirnos así nuevas luces sobre ese Concilio que tan mal ha sido interpretado por no pocos eclesiásticos, más o menos “teólogos”, que han desorientado la percepción de la Fe y de la Iglesia en no pocos creyentes.

En el ambiente actual que se olvida de Dios, y considera al ser humano carente de cualquier dignidad aprobando leyes que permiten matarlo con toda libertad, León XIV recuerda con palabras claras la verdadera grandeza del hombre:

“La dignidad infinita del ser humano ... se arraiga en su identidad de criatura hecha “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador”, proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a sus cuidados “para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios” (Gs. 12).

Y ahondando en la Gaudium et spes, y después de recordar que la dignidad de la persona humana concierne a la totalidad de la persona –“unidad de cuerpo y alma”- y que no se puede tratar al cuerpo como un objeto cualquiera, recuerda las “tres expresiones más significativas de la dignidad de la persona que la Gaudium et spes destaca: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17)”.

“Buscador insaciable de la verdad”. Y el Concilio Vaticano II recuerda: “la inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene capacidad para alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada”.

Hoy son incontables los seres humanos que buscan solamente unos cuantos “valores”, que sirven apenas para pasar el tiempo, pero no dan sentido al propio vivir, misterio que puede abrumar, cuando no empleamos la inteligencia para descubrirnos criaturas de Dios, “hijos” de Dios, y rechazamos la gracia del Espíritu Santo para buscar y encontrarnos con Cristo, “Camino, Verdad, Vida”.

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y debe evitar el mal: haz esto y evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente” (Gs. 16).

Hoy también son incontables los seres humanos que se hacen sordos a esa voz de su conciencia; y siguen en su conducta todos los vientos que se encuentra a su alrededor, soñando una “felicidad”, que no sabe lo que es, sencillamente porque el hombre no se ha “creado” a sí mismo, por mucho que las diferentes “ideologías de género” luchen para engañarlo.

Y la tercera expresión de la “dignidad humana” es la libertad. Hoy se habla mucho de “libertad” “como si fuere pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala” (n. 17). Y el Concilio recuerda que “Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección”. Esta “verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre” (n. 17).

Con estas premisas, el Papa ha querido terminar la Audiencia, con una reflexión que abre a nuestra inteligencia la perspectiva del infinito Amor de Dios que sostiene la verdadera dignidad del ser humano : “Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la Verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da la vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: sólo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos la luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección”.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com