Tribunas

¿Aborto o pena de muerte? Un debate que se reaviva

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut


Manifestación contra el aborto.

 

 

 

 

El inhumano disparate americano de televisar una ejecución, afortunadamente abortado, ha reavivado el debate sobre la pena capital y su inadmisibilidad moral. No pocos amigos, buenos e informados, ponen en pie de igualdad la pena de muerte y el aborto: no eres realmente provida, aunque defiendas al “nasciturus” y rechaces el aborto, si admites la pena de muerte. Una amiga norteamericana, veterana luchadora provida, una vez, en una manifestación, dijo que se oponía a toda violencia y por tanto era anti-aborto y anti-pena de muerte. Puede que en USA ése sea un debate real —no en todos sus estados por igual—, aquí, no.

Los juicios jurídicos y políticos tienen que ser juicios de realidad (soy profesor de derecho constitucional). No discutamos el sexo de los ángeles. Pisemos tierra. Penas capitales en 2025, en USA, según internet: 47. Cierto, deberían haber sido 0, pero los abortos, ese año, año fueron 1.126.000. Quien quiera debatir, debata —libertad— pero las cosas hablan por sí mismas.

Pasemos a España: penas de muerte en 2025: 0 (huelga decirlo); muertos en la carretera, unos 1.000; por suicidio, unos 3.000; abortos, 106.000. Podemos debatir hasta la noche, pero con esas cifras, contraponer aborto y pena de muerte, como si revistieran idéntica peligrosidad y merecieran moralmente la misma condena, es no pisar tierra. ¿Debemos ponderar un problema real, que existe, con otro que no existe? ¿O es que debemos condenar lo que no hay? Quien condene el aborto, pero no los sacrificios humanos, la incineración de viudas o la esclavitud, ¿será un hipócrita?

Otro enfoque. ¿Cuántos partidarios de la pena de muerte conoce usted? Posiblemente, ninguno; yo, tampoco. Ni en casos graves de terrorismo, porque ahora no lo hay. ¿Cuántos conoce partidarios del aborto, o que lo acepten? Incontables; incluso lo consideran un derecho. Un derecho legal que arrasa cientos de miles de vidas, frente a una pena prohibida y que nadie añora, ¿es un debate serio?

Supongamos ahora un país imaginario con tantos abortos como penas de muerte. ¿Sería idéntico el reproche moral? Lo siento, pero no; nada hay tan moralmente grave como el aborto. Como dijo Juan Pablo II, la eliminación de un inocente conmueve los fundamentos jurídicos de una sociedad; elevarlo a derecho constitucional, como en Francia, envenena aun más el Derecho. Puede la gente de orden y biempensante llegar a defender el aborto y verlo como quitarse una muela, porque estamos en una sociedad enferma; pero intrínsecamente el aborto tiene una perversidad moral y jurídica mayor que, por ejemplo, el terrorismo (y yo he visto de cerca el terrorismo).

¿Qué puede ser peor que abortar: dejarlo morir, si es que llega a nacer? También eso lo defienden algunos en USA, pues allí algunos niños sobreviven al aborto. En los Evangelios salen mil pecados; ése, no. En la lista de depravaciones que Pablo de Tarso escribe a los romanos, tampoco menciona el aborto. ¿Será que le parecería innecesario probar su radical y antinatural maldad? No todo lo malo es igual de malo.

Rechazamos la pena de muerte: es injusta, innecesaria y podría quitar la vida a un inocente (no sería la primera vez); pero los bebés abortados son todos, por definición, inocentes; no es una presunción. La pena de muerte se impone en un juicio; en el aborto, no se oye a la otra parte ni se permite a nadie defender la causa del “nasciturus”; es un acto unilateral. Por no permitir, nada se permite, como bien supo Ruiz Gallardón; en Inglaterra, ni rezar en silencio en la “buffer zone” de una clínica abortista, como comprobó Isabel Vaughan, arrestada varias veces.

Hay que comparar peras con peras y manzanas con manzanas; ¿resisten el aborto y la pena de muerte la más elemental comparación, en teoría o en la práctica?

En esta sociedad del delirio, con encefalograma moral plano para unas cosas y puritanismo para otras, tal vez quien aborta como quien va al dentista merezca algún grado de disculpa por el “ethos” y orden público que respira (o tal vez no; habría que ver cada caso), pero la realidad objetiva es la que es. “Las cosas, son”.

En todo caso, últimamente estamos viendo una capacidad de reacción moral, incluso en Francia, que pocos esperaban. Seamos, pues, optimistas. Además, todos podemos rectificar; en USA hay un número creciente de antiguas abortistas que un día rectificaron.

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio