Tribunas

La plaza y la palabra

 

Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.


Eucaristía y vigilia extraordinaria en la Plaza de la Virgen
ante la clausura del Año Jubilar del Santo Cáliz
con la histórica Custodia de la Catedral.

Foto: V.Gutiérrez/Delegación Medios de Comunicación.

 

 

 

 

 

 

Miles de jóvenes llenaron el domingo la plaza de la Reina de Valencia para despedir el Año Jubilar del Santo Cáliz. Hubo música y mascletà, una combinación que quizá sólo podría resultar natural en una ciudad donde la pólvora sirve lo mismo para celebrar una boda que para anunciar que ya es mediodía. La fe compareció en público sin pedir disculpas y, durante unas horas, dejó de parecer esa afición algo embarazosa que nuestra época tolera siempre que se practique en interiores.

Casi al mismo tiempo, Luis Argüello lamentaba la escasa presencia de los laicos católicos en los grandes debates sobre la vida, la familia y la idea del hombre. «Hay demasiada costumbre de que sean los curas o los obispos los que hablen», dijo el presidente de la Conferencia Episcopal. Las dos noticias no se contradicen.

Durante mucho tiempo se ha dicho que los cristianos han desaparecido de las calles. Quizá convenga precisar el diagnóstico. No siempre faltan personas, símbolos o celebraciones. A veces lo que falta son palabras capaces de pasar de la emoción compartida a la conversación común. Perder el miedo a cantar no significa haber perdido el miedo a razonar en público.

No se trata de despreciar la música. Quien canta se expone mucho más que quien se limita a arquear una ceja desde una tribuna. Tampoco hay que exigir a un concierto el desarrollo argumental de una encíclica. Pero llenar una plaza no equivale todavía a ocupar un lugar en la discusión pública. La plaza es también el sitio donde una sociedad decide qué entiende por libertad, dignidad o justicia. Y en esas conversaciones no basta con hacerse visible.

Aquí aparece una de las comodidades más persistentes del catolicismo español. Esperamos que hablen los obispos y después nos quejamos de que hablan demasiado, demasiado poco o en una dirección distinta de la que habríamos elegido nosotros. Les encargamos que comparezcan en todas las discusiones para poder permanecer discretamente fuera de ellas. Si aciertan, asentimos; si se equivocan, los corregimos desde casa; y si callan, concluimos que la Iglesia no ha dicho nada. Hemos convertido nuestra propia ausencia en un problema de comunicación episcopal.

Sin embargo, un médico católico no está llamado a repetir en su consulta lo que dice el obispo, como tampoco un jurista debe introducir citas del catecismo en cada recurso. Un profesor, un periodista, un empresario o un político no necesitan disfrazar su fe de argumento, pero tampoco rebajar sus argumentos para que nadie sospeche que tienen fe.

El laico no es el altavoz portátil de la jerarquía. Su misión no consiste en añadir adjetivos cristianos a cuanto ya hacen los demás, sino en contribuir, desde su oficio y con razones, a comprender una realidad que nos hemos acostumbrado a contemplar por fragmentos.

A veces se atribuye el silencio al miedo. Algo de eso habrá. Todavía resulta socialmente más fácil confesar una afición extravagante que sostener en público una convicción moral; no digamos ya hacer profesión de fe. Pero también hemos confundido la prudencia con la retirada. Para no imponer, dejamos de proponer; para no ofender, renunciamos a distinguir; para no parecer dogmáticos, fingimos que nuestras certezas son preferencias privadas. Después descubrimos, con cierta sorpresa, que el espacio abandonado no permaneció neutral. Lo ocuparon quienes no padecían tantos escrúpulos.

La conversación pública nunca queda vacía. Cuando unos callan, otros definen las palabras. Y quien consigue decidir qué significa «libertad», «progreso» o «derecho» ha avanzado buena parte del camino antes de comenzar la discusión. Los católicos llegan entonces tarde, protestan por las consecuencias y se sorprenden de que nadie comprenda su vocabulario. Hemos conservado algunas respuestas mientras permitíamos que cambiaran todas las preguntas.

Por eso, el desafío continúa cuando termina la música. Entonces cambia también la forma de exponerse. Hay que entrar en conversaciones donde quizá toque hablar a solas, escuchar objeciones inteligentes, abandonar argumentos deficientes y reconocer que invocar una verdad no dispensa del trabajo de mostrarla. La fe no teme a la razón. Quienes a veces parecen temerla son algunos creyentes, quizá porque sospechan que dar razones significa rebajar aquello que creen. Sucede justamente lo contrario: quien considera verdadero lo que cree contrae también la obligación de hacerlo comprensible.

La plaza de la Reina ofreció una imagen esperanzadora: miles de jóvenes cristianos capaces de mostrarse sin complejos en el corazón de una ciudad. Pero una plaza recuperada es también una invitación a prolongar esa presencia cuando se apagan los altavoces, se barre la pólvora y cada cual regresa a su día a día.