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28/10/26 | Zenón de Elea
Juan Pablo II durante el encuentro de oración por la paz en Asís en 1986.
El 27 de octubre de 1986, el mundo contempló una imagen inédita: san Juan Pablo II reunía en Asís, la ciudad de san Francisco, a los máximos representantes de las grandes religiones para rezar por la paz.
Cuarenta años después, aquella iniciativa sigue interpelando a un mundo que parece haber vuelto a confiar en las armas para resolver sus conflictos.
Del 25 al 27 de octubre de 2026, Asís ha acogido una gran conmemoración internacional y planetaria bajo el lema «Una paz desarmada y desarmante», organizada por la Comunidad de Sant’Egidio. Líderes religiosos, culturales y sociales se han reunido en 24 foros temáticos sobre guerras, migraciones y desarme.
La verdad es que este acontecimiento no ha ocupado grandes titulares ni en los medios potentes ni en las principales cadenas de televisión. Una pena. Estamos ante una convocatoria de dimensión planetaria, de esas que merecen mucha más atención pública: representantes de distintas tradiciones religiosas reunidos no para enfrentarse, sino para reclamar juntos la paz.
La iniciativa de Juan Pablo II fue audaz. En plena Guerra Fría, cuando el mundo vivía bajo la amenaza de un enfrentamiento entre bloques, el Papa polaco quiso demostrar que las religiones podían ser parte de la solución y no del problema. No se trataba de borrar las diferencias ni de crear una religión común. Cada uno debía rezar desde su propia tradición, respetando la fe del otro.
Cuarenta años después, el papa León XIV ha recuperado esa intuición. Aunque no pudo viajar a Asís por prescripción médica después de su operación, envió un videomensaje en el que recordó el vínculo entre una auténtica actitud religiosa y la sensibilidad por la paz. También advirtió de que la globalización no había garantizado automáticamente la unidad, sino que había suscitado reacciones «fundamentalistas, identitarias y nacionalistas».
Sus palabras no tienen desperdicio: «¡Debemos reconstruir la paz en todas partes, no preparar más guerras! ¡La guerra nunca puede librarse en nombre de Dios!». Y añadió una afirmación contundente: «No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!».
Por su parte, el cardenal indio George Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, ha explicado en una entrevista a Vatican News cuál es el legado más importante de aquella jornada: "El legado más importante es un método: rezar y caminar unos al lado de otros, cada uno fiel a su propia tradición, por una causa común, por la paz".
Koovakad recuerda una frase de Juan Pablo II que resume el espíritu de Asís: "No rezar juntos, sino estar juntos para rezar". Y subraya que las religiones no tienen poder político para imponer la paz, pero sí pueden transformar el corazón humano, algo imprescindible para que los acuerdos sean duraderos. Cuando los responsables de distintas confesiones condenan juntos la violencia cometida en nombre de Dios, añade, el mensaje adquiere una credibilidad mayor y resulta más difícil ignorarlo.
Desde aquel encuentro, los sucesivos pontífices han dejado su propia impronta. Benedicto XVI abrió la convocatoria también a quienes no profesaban una fe religiosa; Francisco insistió en la fraternidad y en la responsabilidad hacia quienes sufren las guerras; y León XIV llama ahora a volver a las fuentes espirituales para combatir el odio.
Por eso, el Espíritu de Asís no puede quedar reducido al recuerdo de una fotografía histórica ni a una celebración conmemorativa cada cierto tiempo. Es una propuesta que exige continuidad, diálogo y compromiso. La oración no sustituye a la diplomacia ni resuelve por sí sola los conflictos, pero puede contribuir a cambiar las actitudes que los alimentan y a recordar que ninguna diferencia religiosa justifica la violencia.
Vuelvo a insistir: no puede pasar desapercibida una convocatoria de esta dimensión. Que los líderes religiosos sigan reuniéndose para rezar por la paz, respetarse mutuamente y mirar al diferente como a un hermano es una noticia trascendental.
En un mundo tan acostumbrado a mostrar enfrentamientos, merece atención que quienes representan distintas creencias se sienten juntos para defender la fraternidad entre los pueblos.
Juan Pablo II lanzó el desafío hace cuatro décadas. León XIV lo ha recogido en Asís con una advertencia que debería resonar mucho más allá de los muros de las iglesias: "No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!".