ALGO MÁS QUE PALABRAS

 

EN TORRE DE JUAN ABAD, CON SU ABECEDARIO MÍSTICO Y SU LENGUAJE SONORO, EL CORAZÓN SE VUELVE POESÍA

 

 

 

 

Víctor Corcoba Herrero, Escritor | 20.07.2026


 

 

 

El párroco de Torre de Juan Abad como reparador de vidas y cauces armónicos, Urbano Patón Villarreal, recuerda que, cuando el órgano volvió a sonar el 30 de junio de 2001, después de años de deterioro y olvido, comenzaba una nueva etapa para el instrumento y para el pueblo. «La historia, recuperada, ha llegado hasta nosotros. Ahora nos “toca” a nosotros hacer historia, historia sonora», expresa y guarda silencio.

En estos veinticinco años, el ciclo ha celebrado alrededor de 500 conciertos y ha contado con intérpretes universales, llegados de todo el mundo. Para Urbano Patón, la experiencia vivida durante este tiempo ha sido de «asombro y esplendor», tanto por la calidad musical como por la respuesta del público y el esfuerzo de quienes han hecho posible mantener vivo este patrimonio, que fomenta el encuentro y nos trasciende.

Personalmente, guardo en sigilo, para oírme mar adentro el poeta que llevo conmigo, lo que no quiero guardar en soledad, sino compartir, para resucitar el entusiasmo celeste aquí abajo. Espero transmitirlo y que nos transforme.

 

 

XXV AÑOS DE ARMÓNICO CULTO; EN TORRE DE JUAN ABAD

 

 

 

La armónica brisa de este paraíso,
está repoblada de poblada mística,
porque su órgano ensalza su vivir,
con los mil sonidos de la creación,
que es lo que nos reporta placidez.

Con estos celestes ciclos se aviva,
el compromiso creador melódico,
y se reaviva la difusión del pulso,
bajo la sinfonía sacra de lo etéreo,
para recuerdo de hechos notables.

Su activo patrimonio organístico,
nos fraterniza con el firmamento,
alargándonos la vida su lenguaje,
y achicándonos los sufrimientos,
pues todo va explícito al corazón.

En la aritmética de las cadencias,
como en la óptica de este pueblo,
es la descriptiva de sus labrantíos,
los que nos recuerdan intérpretes,
y nos irradian el soplo de acordes.

Los pasos al igual que sus paseos,
por este gran Señorío de Quevedo,
son un destino rítmico inolvidable,
con reposo en el templo ancestral,
para recreo y recreación de voces.

Sólo allí, se consiguen recomponer
los ánimos y componer el espíritu;
pues la música como don de Dios,
reaparece en el inmaculado templo,
como vivificante de cuerpo y alma.

Porque es esta habilidad de sones,
de encuentros y de ecos litúrgicos,
de observarse, verse y de mirarse,
los que nos glorifican en persona,
con el temple del mutismo divino.

 

 

Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
20 de julio de 2026