Cartas al Director

 

El milagro improbable

 

 

Pregón íntimo de una ilusión compartida que huele a turrón, a décimo y a esperanza

 

“Ser pobre y rico en un día, milagro es de santa lotería.”

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 20.12.2025


 

 

 

Hay un momento del año en que el frío aprieta, las luces multicolores brillan en la oscuridad de la noche, el turrón espera en la despensa, el pavo está más mosca que un toro en la puerta de chiqueros. y, sin saber muy bien cómo, se produce el sortilegio: todos volvemos a permitirnos soñar. Es diciembre. Con diciembre llega la Navidad… y con la Navidad, inevitablemente, la Lotería.

 

 

 

No falla. Cada año ocurre lo mismo. Da igual que seamos jóvenes o peinemos canas, prudentes o audaces, vayamos desahogados o escasos de bolsillo. Llega diciembre y, como quien no quiere la cosa, alguien rompe el hielo con una frase tan sencilla como tentadora:

—¿Compramos un décimo?

En ese mismo instante ya se ha puesto en marcha la máquina de los sueños. Y ¿Quién es capaz de negarse a probar suerte?

—Venga, por probar…

Con ese gesto casi insignificante —sacar la cartera, pagar los veinte euros y guardar el décimo con cuidado— empieza a germinar eso tan humano que llamamos ilusión. Esa que no cotiza en Bolsa, no hay que incluir —aún— en la declaración de la renta ni se ingresa en el banco, pero que ha sido siempre uno de los motores más poderosos del ser humano para mover el mundo.

El voltear de los bombos y el tradicional soniquete de los niños de San Ildefonso cantando los números son el pregón mágico, el anuncio no oficial de que ya huele a Navidad: a frío en las manos y a café caliente. Es tiempo de reencuentros, de cenas largas con sillas apretadas alrededor de una mesa, de sabor a turrón, del belén, el árbol, los villancicos y los regalos envueltos en papel de brillantes colores. En la Navidad cabe todo lo que nos reconcilia. Y en el bombo, todo lo que todavía nos atrevemos a soñar. Porque todos los números están dentro. El nuestro, también. Y mientras esté ahí, todo puede suceder.

Se dice que la lotería es el impuesto de los ilusos. Puede que algo de razón tengan quienes lo afirman. Pero basta mirar alrededor para comprobar que los supuestos crédulos son el fontanero, la maestra, el camarero, la enfermera, el jubilado, la madre que hace encaje de bolillos para llegar a final de mes… y nosotros mismos. En tiempos de sequía prolongada y despensas cortas, lo que nació como un recurso fiscal terminó transformándose en algo mucho más humano: un acto de fe. La fe de quien sabe que lo normal es que no toque… pero aun así juega. Por si acaso. Por si la bola decide, caprichosa, hacer posible el milagro.

Y ahí entra la magia. Porque la Lotería no es solo dinero. Es un talismán infantil. Nos devuelve, aunque sea brevemente, a ese mundo imaginado donde todo parece posible. Donde se sueña al margen de la realidad. Donde las fantasías no necesitan permiso para entrar.

En ese territorio conviven sin orden los deseos sensatos y las locuras más insospechadas. El del que quiere liquidar la hipoteca, el que sueña con aliviar sus estrecheces, el que solo anhela dormir tranquilo, el que imagina una casa humilde en un pueblo y el que se ve en las Bahamas, bebiendo un mojito dentro de un coco, sin jefe, sin reloj ni despertador. También está quien no quiere nada grande: solo tiempo. Tiempo para estar, tiempo para ser, tiempo para vivir.

Perseguimos sueños creyendo que nos darán la felicidad, sin saber —que si existe— solo la hallaremos dentro de nosotros mismos.

Solo desde ese mundo se entiende que la Lotería haya terminado convirtiéndose en el símbolo de una tradición, de una ventana abierta a la esperanza. Sabemos, casi con certeza, que lo probable es que no toque. La realidad es tozuda. Y, aun así, año tras año, compartimos el mismo sueño: que, tal vez, un día, caiga la bola que lleva nuestro número.

Cada 22 de diciembre se repite el ritual. Todo anuncia la Navidad. Las guirnaldas en la puerta, el árbol o el nacimiento ocupando su lugar, el frigorífico bien pertrechado y el papel de colores para envolver los regalos esperando su turno. Hay una lista con las últimas compras, algún mensaje pendiente y ese deseo callado del reencuentro con nuestros seres queridos. Con la casa aún en penumbra, la radio suena desde primera hora, el café humea en la cocina y, en el aire, flota la expectación de saber cuál será el Gordo, cantado por los niños de San Ildefonso con ese tono que ya es casi una melodía nacional:

“Mil euros”.

“Cuatro mil euros”.

“Cieeeeeeeeeeeeen mil euroooooooooooooooos”.

—Es muy bajo. Ese no es.

—Uy, por los pelos.

—¡Qué pena! ¡Por un número!

—El nuestro tiene que salir ahora, seguro.

La expectación es un animal indomable. Se cuela en el salón, se sienta en el sofá y nos aprieta la garganta. Cada número parecido nos acelera el pulso. Cada número fallido libera un suspiro que no parece nuestro.

Y entonces, en alguna parte del país, se hace realidad el milagro. Una administración estalla. En un bar de cualquier lugar olvidado se produce una incontenible explosión de alegría. Un pueblo entero grita a la vez. El cava desborda las copas, los abrazos se atropellan y las lágrimas no se pueden contener. Alguien dice aquello de:

—Esto nos ha cambiado la vida.

Los agraciados no se lo creen. Miran el número del décimo para reafirmarse de que es real. Vuelven a mirarlo. Llaman a la familia. Se les quiebra la voz. Se sientan porque les fallan las piernas. Hay quien ríe, quien llora y quien ambas cosas a la vez.

Durante unos días —solo unos días— los descalzos de la abundancia saboreamos el júbilo de los afortunados como si fuese nuestro. Nos alegramos con la fortuna de desconocidos. Nos emocionamos con la suerte de personas de las que nunca habíamos conocido su existencia porque, en el fondo, podrían haber sido nuestros padres, nuestros hijos… o nosotros mismos.

Ese es el verdadero milagro de la Lotería: hacernos sentir que todas nuestras ilusiones y proyectos caben en el mismo bombo, aunque luego cada cual tenga que regresar a su realidad. Nuestra realidad. La de la mayoría.

La retransmisión ha terminado. Alguien apaga la radio. Se hace el silencio. Los niños de San Ildefonso han enmudecido sin cantar nuestro número. Ninguno lo ha sacado del bombo. El coco de las Bahamas se queda en nuestro pensamiento. La casa en la playa se difumina. Y, la realidad prosaica vuelve a hacerse presente al recordarnos la fecha del vencimiento de la hipoteca, los recibos de la luz y el gas o el del agua y las basuras.

—Pues nada… otro año será.

Es el momento en que alguien pronuncia la frase de siempre. La que nos salva de la decepción. La que sirve de alfombra bajo la que ocultar el consabido desencanto:

—Bueno… lo importante es tener salud.

Y nos miramos, asentimos, y mordemos un polvorón como si nada. Hay que seguir adelante. A veces con resignación, a veces con ironía, a veces con una convicción que abruma. Porque es verdad que la salud no podemos comprarla en la ventanilla de ninguna administración de loterías.

Hay quien bromea incluso con Hacienda:

—En mi caso, este año tampoco me va a quitar nada.

Y te ríes para no pensar en lo que has perdido en el sorteo.

La Lotería es eso: una ceremonia colectiva para recordarnos que seguimos creyendo. Y no es poco, tal y como están los tiempos.

La realidad es dura. Por eso, al comprar un décimo, no adquirimos un número, sino un pretexto para rescatar ilusiones y anhelos que un día dejamos atrás. Durante semanas nos contamos una historia mejor, aun sabiendo que probablemente no se hará realidad. Y, sin embargo, esa ilusión —aunque efímera— suele hacernos más felices que la realidad misma.

La verdadera razón por la que jugamos a la Lotería no va de ganar dinero. Va de ganar unos días de ilusión sin intereses. Va de permitirnos dejar de ser adultos cansados y volver a ser aquel niño que fuimos y que creía en un mundo en el que todo podía pasar.

Por eso cada año repetimos el ritual. Aunque sepamos que las probabilidades son remotas y que lo normal es que no toque. Aun así, jugamos. Porque lo previsible no alimenta los sueños. Lo improbable, en cambio, les da permiso para existir.

Y existir son los décimos compartidos, los brindis prestados, las familias que se reparten la esperanza como quien reparte el pan, no para enriquecerse, sino para que a ningún miembro le falte un trozo de ilusión. Nos queda la emoción de una mañana en la que el país se detiene un instante a escuchar cantar a unos niños. Nos queda la posibilidad —remota, pero real— de que el mañana pueda ser mejor.

 “La suerte es loca y a cualquiera le toca”, dice el refrán. Y mientras el refrán exista, seguiremos jugando.

Y cuando no toque, doblaremos el décimo, lo guardaremos un poco más y seguiremos adelante. Con la vida de siempre. Con lo nuestro.

Y una vez más, diremos que no pasa nada. Que tenemos salud, que es lo importante.

Y probablemente tengamos razón, porque pensándolo bien, llevamos años jugando sin que nos toque, pero acumulando salud.

Así que, si hacemos cuentas y sumamos y sumamos, resultará que somos más afortunados que los agraciados, porque a base de no ganar nunca… estamos acumulando salud para siete vidas.

Y eso, tal y como está el patio, es el mayor premio que podemos tener.

 

 

César Valdeolmillos Alonso