Cartas al Director

 

El sentido de la Navidad

 

 

Una reflexión serena sobre su significado y sobre nosotros mismos

 

“El misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte.”

Gabriel Marcel

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 23.12.2025


 

 

 

Quiero expresar, mi más profundo y sincero respeto hacia las legítimas creencias religiosas de cada persona. Hacia quienes viven la Navidad desde la fe cristiana, y hacia quienes se sitúan en otros horizontes espirituales, culturales o personales. Lo que sigue no pretende explicar la Navidad ni apropiarse de su sentido último, sino pensarla desde la experiencia humana, desde las preguntas, recuerdos y vivencias que casi todos compartimos cuando el calendario vuelve a señalar estas fechas.

 

 

 

Cada Navidad me sorprendo haciéndome la misma pregunta: ¿cuál es el auténtico sentido de la Navidad?

No me lo pregunto tanto por el origen ni por la tradición —que existen y son acreedoras a su debido respeto— como por ese impulso que nos empuja, año tras año, a detenernos, a reunirnos, a mirarnos con mayor comprensión… y a desearnos paz.

Quizá no celebramos una certeza cerrada, sino una necesidad humana compartida. Nos deseamos paz en Navidad con una insistencia que roza la súplica, y lo hacemos —si somos sinceros— porque sabemos que no la tenemos. Ni dentro de nosotros ni en el mundo que habitamos.

Y también porque, aunque rara vez nos lo confesamos, intuimos, que al menos en parte, somos corresponsables de esa ausencia. No solo por lo que hacemos, sino en gran medida, por lo que dejamos de hacer. Por las veces que miramos hacia otro lado, por los silencios convenientes, por las pequeñas renuncias diarias a aquello que nos ayudaría a convivir mejor.

Ese deseo de paz no nace solo de la generosidad, sino también de la lucidez de una conciencia incómoda, profundamente inspirada por el trascendental hecho que conmemoramos: el nacimiento de Jesucristo, aquel que vino a un mundo herido por el odio para hablar de paz cuando parecía imposible. Tal vez por eso esa palabra vuelve cada Navidad, no como un triunfo, sino como un examen de conciencia compartido. Nos la deseamos porque sabemos que nos falta… y porque, en el fondo, sabemos que algo de esa ausencia también nos pertenece.

 

Un sentido que nos desborda

El ser humano del siglo XXI vive instalado en la cultura de la simulación confortable: esa en la que no buscamos ser, sino parecer. Por ello, cada vez le cuesta más saber quién es, por qué y para qué está aquí y qué es lo que de verdad le importa.

Precisamente por eso la Navidad permanece. No como refugio nostálgico ni como simple costumbre heredada, sino como uno de los pocos momentos del año en que esa lógica se resquebraja. La Navidad persiste porque introduce una pausa, porque obliga —aunque nosotros mismos la adulteremos— a mirar hacia dentro, a volver a lo esencial, a recordar que la vida no se sostiene solo con apariencias.

No permanece por inercia, sino porque toca una fibra profunda que la cultura de la simulación no logra apagar: la necesidad de verdad, de vínculo, de sentido compartido.

En buena parte del mundo occidental, la Navidad hunde sus raíces en el cristianismo y en el relato del nacimiento de Jesús. Para millones de personas, ese hecho constituye el núcleo espiritual de estas fechas. Pero con el paso del tiempo, la celebración ha desbordado el ámbito estrictamente religioso y se ha convertido en un marco cultural compartido, también por quienes no se reconocen creyentes. Algo en ella ha sabido atravesar épocas, ideologías y transformaciones sociales sin perder su fuerza. Y eso invita a preguntarse por su sentido más allá de las formas.

 

Distintas culturas, una misma intuición

La Navidad no se celebra igual en todas partes. Cambian los gestos, los ritos, las palabras, las músicas. En unos lugares hay belenes; en otros, árboles iluminados. En algunos sitios se canta; en otros se guarda silencio. Sin embargo, cuando uno mira más allá de lo externo, aparece una apetencia común.

En casi todas las culturas donde estas fechas tienen un significado especial se habla de luz frente a la oscuridad, de reencuentro, de tregua, de paz. A veces como promesa, a veces como deseo, a veces como simple anhelo. Pero siempre como algo que se necesita.

Quizá el auténtico sentido de la Navidad esté ahí: en recordarnos que la vida, tal como la vivimos el resto del año, no responde del todo a lo que esperamos de ella, y que necesitamos momentos en los que el otro deje de ser un competidor o un extraño para convertirse, sencillamente, en alguien fraternalmente cercano.

 

Recuerdos que apuntan al sentido

Cuando pienso en la Navidad no pienso en teorías. Pienso en escenas. En mesas compartidas. En silencios atronadores que hoy escuchamos más que nunca. En ausencias que se hacen visibles. En gestos de acercamiento que el resto del año ignoramos.

Cambian los acentos, los platos, las costumbres, pero los sentimientos son los mismos. El deseo de cercanía. La necesidad de pertenecer. La esperanza —a veces frágil, a veces obstinada— de que las relaciones humanas puedan ser mejores de lo que son.

Quizá el sentido de la Navidad no se pueda expresar con palabras. Hay que sentirlo, experimentarlo, vivirlo por dentro. Aparece en esos momentos sencillos —una mesa compartida, una conversación tranquila, unas risas, un gesto de cariño— en los que, sin saber muy bien por qué, uno se siente un poco más en paz consigo mismo.

 

Amor y paz: no como consignas, sino como condición para vivir

Se dice a menudo que amor y paz son palabras gastadas. No lo están. Si lo estuvieran, la vida dejaría de tener sentido. Lo que está desgastado es nuestro modo de vivirlas, de cuidarlas, de sostenerlas y de ser fieles a lo que significan en el día a día. Quizá por eso volvemos a ellas cada Navidad: no porque las hayamos alcanzado, sino porque sabemos que sin amor y sin paz el mundo se vuelve inhabitable.

La Navidad, más allá de credos y tradiciones, insiste cada año en esa evidencia elemental: Vivir enfrentados nos arruina; vivir reconciliados nos dignifica. No siempre lo conseguimos. Pero medirnos con ese ideal, aunque sepamos que no estamos a la altura, forma parte de su sentido más hondo.

 

El ruido del presente y el sentido que resiste

Es cierto que hoy la Navidad convive con el ruido, el consumo y el permanente viaje frenético a ninguna parte. A veces parece que todo conspira para vaciarla de contenido. Pero incluso frente al deslumbramiento de las luces multicolores y el enfermizo afán consumista, su sentido permanece vivo.

¿Qué estamos buscando cuando nos reunimos, cuando brindamos, cuando deseamos feliz Navidad incluso a quien apenas conocemos?

Tal vez ¿la exculpación a nuestras carencias? ¿Reconciliación con nosotros mismos? O probablemente ¿ sentir, aunque sea por un instante, que la vida puede ser algo más que correr y cumplir?

No sé si existe una definición única del auténtico sentido de la Navidad. Sospecho que no. Pero sí creo que hay una certeza humilde: pocas celebraciones logran que personas tan distintas coincidan en el deseo de amor y de paz.

Tal vez el verdadero sentido: no sea ofrecernos respuestas, sino recordarnos quiénes queremos ser, aunque no siempre sepamos cómo. Un recordatorio frágil, desdibujado, pero persistente, de que necesitamos al otro y de que la vida, para ser vivida con dignidad, necesita algo más que éxito, ruido o consumo.

Y esa razón me parece más que suficiente para seguir celebrándola. No porque lo tengamos todo claro. Sino porque ese impulso —el de buscar paz, sentido y humanidad— sigue vivo en nosotros.

 

 

César Valdeolmillos Alonso