Cartas al Director

 

Doce campanadas: el noble arte español de empezar de nuevo sin cambiar nada

 

 

Rituales, supersticiones y propósitos de Año Nuevo: una parodia colectiva que repetimos con fervor casi religioso cada 31 de diciembre para convencernos —una vez más— de que esta vez sí.

 

“Nada es tan viejo como el día de ayer.”

Lucio Anneo Séneca

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 30.12.2025


 

 

 

Cada 31 de diciembre, nos detenemos expectantes ante un reloj, un plato de uvas y una copa de cava para asistir a uno de los mayores actos de fe civil de nuestro tiempo: la ilusión de que, cuando suenen las doce campanadas, algo esencial va a cambiar. No importa que la hipoteca siga pendiente, que la dieta lleve meses fracasando o que el tabaco esté ya en el bolsillo “por si acaso”; durante unos segundos, todos fingimos que el tiempo puede resetearse como un electrodoméstico averiado. Y lo hacemos vestidos de gala, con ropa interior roja, una joya en el fondo de la copa y media docena de uvas atrancadas en la garganta, convencidos de que el universo, ante semejante despliegue, no tendrá más remedio que premiarnos.

 

 

 

 

La Nochevieja no es una simple celebración: es un ritual antropológico en toda regla, una liturgia laica que haría palidecer a cualquier civilización antigua. Tiene sus objetos sagrados —las uvas, el cava y el reloj—, sus gestos prescritos —comer, brindar, abrazar incluso a quien evitamos todo el año— y sus supersticiones —el rojo, el oro, la suerte—. Y, sobre todo, tiene su gran relato fundacional, no sé si moral o sociológico, pero profundamente humano: “el año que viene será mejor”. Porque de nuestras precariedades rara vez asumimos la culpa; preferimos cargárselas al año que termina, como si el calendario tuviera poderes mágicos.

Lo fascinante no es que estos rituales se repitan, sino que sigamos practicándolos con una seriedad digna de mejores causas, como si de verdad esperásemos que el calendario, por pura compasión, nos concediera una personalidad nueva o corrigiera las circunstancias que nos rodean. Porque, seamos sensatos, si la experiencia sirviera de algo, ya sabríamos que el 1 de enero no es más que un 31 de diciembre con resaca, ojeras y restos de purpurina en lugares insospechados. Pero año tras año insistimos como quien vuelve a leer el horóscopo sabiendo que es una tomadura de pelo… pero por si acaso hoy acierta.

 

El circo de los propósitos

Los propósitos de Año Nuevo forman un catálogo cerrado, casi inmutable, que podría tallarse en mármol y colocarse en el frontispicio de todos los gimnasios en enero:

  • Dejar de fumar
  • Adelgazar
  • Ponerme en forma
  • Comer sano
  • Ahorrar
  • Cambiar de trabajo
  • Pasar más tiempo con la familia
  • “Cuidarse más”

No hay creatividad alguna. Son los mismos desde que tenemos uso de razón, con ligeras actualizaciones léxicas para que parezcan nuevos. Antes se decía “hacer deporte”; ahora, “ponerme en forma”. Antes “no estresarme”; ahora “cuidar mi salud mental”. El fracaso, eso sí, permanece fiel a la tradición, como ese amigo que nunca falla.

Estos propósitos no son planes: son confesiones públicas de mea culpa. Con ellos reconocemos, en silencio o en voz alta, que hemos vivido mal, que nos hemos dejado llevar, que no hemos estado a la altura de nuestros propios ideales… ni de la báscula. La Nochevieja funciona así como un confesionario laico donde nadie va a absolvernos, pero ante el que todos hacemos propósito de enmienda, con la solemnidad del que sabe que, en dos semanas, volverá a pedir la pizza con queso y jamón.

El problema es que nuestra voluntad dura lo que dura la digestión del cordero. Y la realidad —esa señora tan impertinente como Agatha, la temible directora de Matilda, que nunca se viste de fiesta— reaparece el día 2 con la misma crudeza de siempre, mientras el gimnasio ya empieza a vaciarse.

 

Fetiches modernos para espantar al destino

Como toda ceremonia respetable, la Nochevieja necesita amuletos, porque no hay fe sin objeto. Aquí entran en escena dos grandes clásicos del pensamiento mágico nacional.

La ropa interior roja, por ejemplo. Nadie sabe muy bien por qué, pero nos la ponemos. Simboliza pasión, suerte, fertilidad o una mezcla mística de todo ello. Da igual. Lo importante es llevarla puesta, aunque apriete, pique o parezca sacada de un mercadillo clandestino. La fe, como se sabe, no entiende de comodidad ni de estética, y ya se sabe: sarna con gusto no pica… pero mortifica.

Luego está el oro en la copa de cava. Un gesto delicado, elegante y ligeramente absurdo, consistente en sumergir una joya —a veces falsa— en alcohol espumoso, como si el dinero se reprodujera por inmersión. No garantiza prosperidad, pero proporciona la reconfortante sensación de haber hecho “algo”. Y en tiempos de incertidumbre, hacer algo, aunque sea inútil, siempre tranquiliza.

Estos fetiches no son ingenuos: son mecanismos de control simbólico. Cuando el futuro es imprevisible, preferimos creer que podemos engañarlo con gestos ridículos antes que aceptar nuestra impotencia.

 

La épica del atragantamiento

Si hay un momento que define al español medio en Nochevieja, es el de las uvas. Doce. Una por cada campanada. Un reto que casi nadie supera con dignidad… sobre todo cuando el frutero, con sonrisa maliciosa, nos ha dado las más grandes de la caja. Suena la primera campanada, nos llevamos la uva a la boca y lo entendemos todo: aquello no es una uva, es una calabaza, y el reloj no tiene la menor intención de dar tiempo al tiempo.

Como no podemos tragarlas al ritmo marcado, intentamos partirlas con los dientes en maniobras desesperadas. Las campanadas avanzan, la boca se llena, el pánico crece y el reloj no espera. El resultado es una imagen digna del mejor cine mudo: mejillas infladas, ojos desorbitados, masticación frenética y algún golpe en la espalda “por si acaso”.

 

Disfraces, saltos y alegría de alquiler

Superado el trance de las uvas —o fingido el éxito—, llega el desenfreno. Gafas imposibles con números brillantes del año recién estrenado, gorros luminosos, bigotes postizos y narices desproporcionadas que darían envidia a las de Cyrano de <bergerac. Adultos razonables transformados en caricaturas durante unas horas, como si el ridículo, convenientemente compartido, dejara de serlo.

Nos abrazamos, nos besamos y nos deseamos ¡Feliz Año Nuevo! como si las campanadas nos hubieran dado cuerda, cual muñecos de feria. Saltamos y brindamos con entusiasmo improvisado, en no pocas ocasiones fingido, porque no toda la alegría que mostramos es auténtica, ni toda celebración nace del gozo. Muchas veces nace de una tradición heredada: el deber social de estar contento para no ser señalado como cenizo aguafiestas.

Y ante este entremés cómico, digno del mejor vodevil de Lina Morgan, surge la pregunta inevitable: ¿qué motivo real hay para tanto salto y tanta euforia solo porque el calendario ha pasado una página? ¿Por qué celebramos con tanto ímpetu un cambio que, en el fondo, es puramente administrativo y que si Hacienda pudiera lo acortaría a la mitad para recaudar dos veces?

 

La gran mentira: nada cambia a las doce

Digámoslo claro, sin adornos ni confeti: si alguien tiene un problema un minuto antes de las doce, lo seguirá teniendo cuando las campanadas hayan terminado.

El reloj no borra problemas, no cura enfermedades, no arregla matrimonios, no nos rejuvenece ni concede ascensos. La ruptura es solo una ilusión, pero una ilusión necesaria. Porque admitir que el tiempo pasa sin pedir permiso y sin ofrecer segundas oportunidades nos resulta insoportable.

Así que fingimos que el calendario tiene poderes mágicos… y nos quedamos tan tranquilos.

 

Moraleja

¿Por qué hacemos todo esto? ¿Por qué año tras año repetimos el ritual sabiendo que es, en buena medida, una farsa?

Porque el ser humano necesita poner orden simbólico al caos, marcar hitos artificiales que den sentido a una vida que, de otro modo, sería una sucesión continua y abrumadoramente aburrida rellena de días iguales. No se trata solo de no sentirse solo ante el tiempo, sino de domesticarlo, de creer que aún tenemos margen de maniobra frente a lo que nos supera.

La Nochevieja no transforma la realidad, pero alivia la conciencia. Nos permite decir: “Lo intentaré otra vez”. Y eso, aunque no baste, es profundamente humano.

El problema no es fingir alegría, ni comer uvas, ni vestir de rojo; el problema es creer que basta con cambiar un número del calendario para que cambien los problemas, cuando quienes debemos cambiar somos nosotros —o, al menos, nuestro entorno—.

Pero mientras tanto, seguiremos reuniéndonos ante un reloj, atragantándonos con las uvas y prometiendo o esperando lo imposible.

Y tal vez ahí resida la verdadera moraleja: no en cambiar de año, sino en aceptar que, pese a todo, seguimos intentándolo. Aunque sepamos que, en el fondo, el 2 de enero volveremos a ser exactamente los mismos.

 

 

César Valdeolmillos Alonso