Cartas al Director

 

El tejado, la escalera y la impaciencia de un país

 

Cuando una parte creciente de la sociedad parece querer cerrar una etapa política, la pregunta ya no es quién tiene razón, sino quién entiende mejor el momento histórico y quién está dispuesto a estar a la altura de él.

 

 

 

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos,
hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.”

Groucho Marx

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 19.05.2026


 

 

 

Hay épocas en las que las sociedades votan por ilusión. Otras, por convicción. Y existen momentos más delicados y silenciosos en los que las sociedades votan por cansancio. No porque crean asistir a un amanecer histórico ni porque hayan encontrado una tierra prometida, sino porque sienten que una etapa ha comenzado a pesar demasiado. España parece acercarse peligrosamente a uno de esos momentos. Y cuando una sociedad empieza a pensar más en terminar algo que en construir algo nuevo, conviene escucharla con atención. Porque los pueblos, igual que las personas, soportan mucho tiempo la incomodidad; lo que raramente soportan es la sensación de agotamiento permanente.

Ningún partido político representa el cien por cien de las aspiraciones de sus votantes. Nunca lo hizo ni probablemente lo hará. El ciudadano no deposita una papeleta porque haya encontrado una traducción perfecta de sí mismo. Vota porque establece prioridades. Jerarquiza sus preocupaciones y elige aquello que cree más útil para resolver lo que considera principal.

La política real es bastante menos romántica de lo que dicen los discursos. El elector suele pensar algo mucho más sencillo: «No comparto todo con este partido, pero puede acercarme a lo que considero más importante». Así ha ocurrido siempre.

Por eso quizá convenga mirar con prudencia pero también con honestidad lo sucedido en distintos procesos electorales recientes. Extremadura, Aragón, Castilla y León o Andalucía han mostrado algo que trasciende la mera suma de escaños. Existe la impresión creciente de que una parte significativa de la sociedad española no vota tanto impulsada por entusiasmo hacia una propuesta concreta como por la necesidad de cerrar una etapa política.

Las razones pueden ser distintas: desgaste, polarización, economía, pactos parlamentarios, cansancio institucional o simple deseo de alternancia. Pero en política las causas individuales importan menos que los efectos colectivos. Miles de motivaciones diferentes pueden terminar produciendo un mismo comportamiento.

Y cuando eso ocurre repetidamente en distintos territorios, quizá ya no estemos observando una casualidad.

Sin embargo, España presenta una particularidad llamativa.

Cuando los bloques políticos nacen unidos por el rechazo a una situación determinada, lo habitual es que reduzcan sus diferencias mientras el objetivo principal permanece vivo. Primero se desplaza al adversario y después llegan las discusiones internas.

Pero aquí parece haberse producido una anomalía: parte del espacio político llamado a canalizar el deseo de alternancia ha librado simultáneamente dos batallas.

Una contra el adversario.

Y otra entre sí.

El Partido Popular y Vox han convivido durante estos años en una extraña relación de proximidad y desconfianza. Se necesitan y al mismo tiempo compiten. Se aproximan mientras se separan. Se observan con interés y con prevención.

El PP ha desarrollado una estrategia basada en gestión, moderación y centralidad institucional. Ya ocurrió con Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría; continúa con Feijóo y encuentra en figuras como Juanma Moreno una expresión especialmente reconocible. Gobernar transmitiendo normalidad. Administrar antes que agitar.

Vox, por su parte, considera que la política no puede reducirse únicamente a una cuestión de administración técnica. Entiende que las sociedades también viven de principios, símbolos, identidad y debates culturales.

Y probablemente ambos enfoques responden a realidades existentes. Porque el ciudadano vive simultáneamente dentro de dos mundos: el de la gestión y el de las ideas.

La factura de la luz pertenece a la gestión.

La educación de los hijos pertenece también a una visión del mundo.

La vivienda es administración.

La inmigración o la organización territorial también contienen una dimensión cultural.

La vida cotidiana mezcla constantemente ambas cosas.

Por eso muchos votantes no desean elegir necesariamente entre gestión e ideología. Quieren ambas.

El problema aparece cuando la rivalidad entre partidos termina pareciendo más intensa que el propósito que supuestamente los une. Y ahí surge la pregunta incómoda.

Si una parte considerable del electorado considera prioritaria la necesidad de cerrar un ciclo político determinado, ¿hasta qué punto entiende las continuas escaramuzas internas?

El ciudadano corriente raramente piensa en arquitectura parlamentaria. No se levanta por la mañana calculando proporcionalidades electorales ni imaginando sofisticadas fórmulas de gobernabilidad. Piensa algo infinitamente más humano: «Hasta aquí.»

Y cuando observa a quienes podrían canalizar esa prioridad dedicados a medir agravios mutuos, empieza a aparecer algo muy peligroso: la frustración. Porque hay que recordar una verdad elemental que a veces la política olvida y la sociedad termina recordándole con las urnas.

Los partidos no nacieron para realizarse a sí mismos ni para proteger su propio interés orgánico. Nacieron para servir a la sociedad y no para servirse de ella.

Los ciudadanos no entregan votos para alimentar estrategias partidarias indefinidas ni para sostener rivalidades permanentes. Delegan poder para resolver problemas y construir horizontes.

Y aquí aparece un matiz decisivo: si una parte importante de la sociedad considera prioritario cerrar la etapa política actual, ese objetivo no constituye un fin en sí mismo.

Es apenas un paso previo.

Porque una sociedad no cambia simplemente para derribar algo. Cambia para levantar algo distinto.

La finalidad última nunca puede ser el rechazo; debe ser la reconstrucción.

Cerrar una etapa solo tiene sentido si permite abrir otra menos fragmentada, menos fatigada y más capaz de volver a reconocerse a sí misma.

La política contiene una lección antigua que los partidos suelen aprender tarde y los ciudadanos demasiado pronto.

Las sociedades perdonan diferencias; lo que perdonan peor es la sensación de inmadurez.

Porque si realmente existe una mayoría social que considera agotada una etapa, la cuestión ya no consiste en determinar quién tiene más razón dentro de ese espacio político. La cuestión es otra: quién comprende mejor la responsabilidad histórica del momento.

Puede que España se encuentre ante una simple alternancia. O puede que esté entrando en una transformación más profunda de su cultura política.

Pero si existe una enseñanza que dejan los ciclos largos es esta: los ciudadanos soportan durante años aquello que consideran imperfecto; lo que dejan de tolerar es aquello que consideran estéril. O lo que es peor: tóxico.

Y quizá los partidos deberían recordar algo elemental.

Cuando el tejado gotea, los vecinos no preguntan quién lleva la escalera más bonita. Esperan que alguien suba y arregle la casa.

Porque hay momentos en que una sociedad ya no pide héroes.

Solo pide adultos.

Y quizá el verdadero aviso no deba dirigirse únicamente a los partidos, sino también a la propia sociedad.

Porque los pueblos que convierten la política en una batalla perpetua terminan encontrando dirigentes especializados en la batalla y no en la construcción.

Y ninguna nación prospera demasiado tiempo cuando sus representantes terminan defendiendo primero sus posiciones y después el interés común.

Las etapas políticas terminan. Los gobiernos cambian. Los líderes pasan.

Pero una sociedad que olvida que la política es un instrumento y no un fin corre el riesgo de quedarse discutiendo eternamente sobre quién sostiene la escalera mientras la casa continúa deteriorándose.

Como escribió Winston Churchill: “La responsabilidad es el precio de la grandeza.”

Y quizá toda la cuestión española pueda resumirse hoy en una pregunta moleta: si llega el momento de reconstruir la casa, ¿habrá suficientes personas dispuestas a pensar primero en el país y después en sí mismas?

 

 

César Valdeolmillos Alonso