Colaboraciones

 

Sobre el nihilismo

 

 

28 diciembre, 2021)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

No se trata de las debilidades humanas de siempre, sino de una inversión lúcida: se quita a Dios como fundamento de la moral y se pone el yo.

La raíz del nihilismo no es tanto la comparación del ser y de la nada, pues la nada es privación de ser. En vez de preguntarse, ¿por qué el mundo y no la nada?, es más correcto decir, ¿por qué el mundo y no solo el ser por esencia, es decir, Dios? Es una inversión consciente y lúcida del ser por la nada, de Dios por el hombre, reduciendo al hombre a voluntad de poder, al superhombre que ha superado a los últimos hombres.

En palabras de Nietzsche: «Para que pueda vivir el hombre, ha de morir Dios. Si vive Dios, ha de morir el hombre», afirma esta mentira soberbia descomunal, pero lo afirma lúcidamente de ahí el mal que puede hacer a los que no estén prevenidos y con «armas» para responder.

En 1889, Nietzsche dice en frase fuerte que no es retórica ni poesía:

«Un día mi nombre irá unido a algo formidable: el recuerdo de una crisis como jamás la ha habido en la tierra…Yo no soy un hombre, soy dinamita… me rebelo como jamás nadie se ha rebelado… yo soy también un hombre de la fatalidad.

»Pues cuando la verdad entre en lucha con la mentira milenaria, habrá convulsiones como jamás las hubo, convulsión de temblores de tierra, desplazamiento de montañas y valles como jamás se han soñado. El concepto de política se diluirá en una lucha de espíritus. Todas la formas de poder de la vieja sociedad habrán saltado por los aires porque todas están basadas en la mentira. Habrá guerras como jamás las hubo sobre la tierra. Solamente después de mí habrá en el mundo una gran política».

Para Nietzsche, la gran mentira es el amor a Dios y a los demás, especialmente en Cristo que ama en la cruz como hombre y como Dios con un amor más fuerte que la muerte. Su verdad, luego dice que no tiene la verdad y lo sabe, es un orgullo que es un correlato humano del orgullo y odio luciferino a Dios mismo, intentando ser como Dios en su más honda raíz.

Para ello, Nietzsche desenmascara a los filósofos de los últimos siglos señalando su secreto, quizá inconsciente, que en sus filosofías solo buscan ese desbancar a Dios, ahora él lo hace consciente y lúcidamente. Dice Nietzsche:

«Hombres superiores, ese Dios ha sido vuestro mayor peligro. No habéis resucitado sino desde que yace en la tumba. Solo ahora llega el gran mediodía, en el presente el hombre superior se convierte en dueño. Solo ahora la montaña del porvenir humano va a dar a luz, ¡Dios ha muerto!, ahora queremos que viva el superhombre». Son palabras fuertes y conscientes.

Se repite el pecado luciferino en clave humana. Rebeldía lúcida ante Dios al que no se puede negar porque es absurdo el ateísmo (un cambio de un absoluto por otro, el materialista dándole a la materia propiedades divinas: eternidad, necesidad, inteligencia, perfección, belleza) y eso no es así, es el panteísmo al revés. Ahora es el anti Dios consciente el que recibe un amargo gozo, una euforia orgullosa, al pretender que Dios ha muerto en la conciencia de los hombres, de esa rebelión por el engreimiento del orgullo que ha llegado al colmo, ya no es un egoísmo más o menos burgués, sino el puro pecado del espíritu. El yo frente a Dios, pretender su belleza, su perfección, frente a Dios. Pero para alcanzar esa meta tiene que matar a Dios, no en sí mismo, cosa imposible, sino matarlo en la conciencia de los hombres, más allá de lo intentado por el racionalismo.

Nietzsche, con su carácter destructor y nihilista, es un testigo de excepción de la crisis espiritual del siglo XIX que alcanza en su estertor de lleno a nuestro tiempo. La manifestación diaria es la inversión y la crítica de todos los valores para colocarse como ser supremo de la antimoral: el ser como Dios suceda lo que suceda, aunque sea una destrucción del hombre y la verdad. Se intenta la muerte del padre para tener su herencia.

Heidegger, comentando lo que puede suceder, dice en 1962: «Solo un dios puede salvarnos». Ciertamente solo Dios puede salvar al hombre que está consumando en la historia el peor de los pecados: el orgullo diabólico en los hombres. Ya no se trata de pecados de sensualidad, de ira, de avaricia, de envidia, aunque no faltan y se exaltan, sino de la traslación al hombre del pecado de origen de los ángeles infieles. Ha descubierto que la inteligencia sigue al querer y quiere enfrentarse al mismo Dios, y para afirmarse a sí mismo frente a Dios planifica una inversión de la moral. Fuera el amor, la compasión, la humildad; los llama moral de esclavos cuando son la mayor expresión de libertad.

Desenmascara a los pensadores anteriores. Ya los nominalistas pierden el ser en el siglo XIV y muestran una idea de Dios caprichoso que puede mandar lo contradictorio y lo malo si quiere. Descartes, también sin el ser y lejos de Dios casi desconocido, reduce la verdad a certeza porque la raíz de su pensamiento es querer dudar, los racionalistas dirán que Dios no es nada sin el mundo y reducen el ser divino a la razón en un vértigo de cambios que o son panteístas o son ateos como desvelarán sus discípulos; pero ahora se llega al fondo: a la voluntad como orgullo recreado, es la rebeldía lúcida que, sabe que fracasará, pero persevera con una extraña euforia que solo tiene su explicación en el pecado de Lucifer.

Todos somos espectadores de una rebeldía que ha llegado a las masas en todos los mandamientos: falta de fe, desamor, despiadados, poco cumplidores de la fiesta, abundancia de supersticiones, adivinación, espiritismos, cultos satánicos, destrucción de la familia, del matrimonio en espiral de difícil solución, incapacidad para el amor, cinismo, ataques a la vida: drogas, aborto, eutanasia. Sexualidad alocada, aumento de la homosexualidad, aberraciones, impudor público, robos, injusticias, corazón cerrado a problemas que tienen solución como el hambre y la miseria en el mundo, mentiras, manipulación de la verdad.

No se trata de las debilidades humanas de siempre, sino de una inversión lúcida que se disfraza de un gesto como cansino de indeferentismo ético: se quita a Dios como fundamento de la moral y se pone el yo; ese es el cambio que explica la clave de la cuestión. Con ello aparece un individualismo cerrado, lejano de aquel del siglo XIX con errores, pero aún con restos de cristianismo.

Ahora se utiliza la técnica al servicio de la voluntad de poder, es la nueva cara del saber es poder, y se busca, pase lo que pase, el dominio, aunque sea a costa de eliminar el amor, que es generosidad, apertura del yo al tú, desear el bien del otro, comunión de personas, cielo aquí y más allá. Podemos ver sus manifestaciones en el exceso de trabajo; en la dificultad, si no imposibilidad, para amar; en el cinismo; en la frialdad de la amoralidad.

Es algo más que la fragilidad del hombre. Es una voluntad que se pone por encima de la verdad y la inteligencia, y se rebela ciega y lúcida al tiempo. Se quiere a sí misma como ser supremo y se rebela contra Dios y su ley de amor que considera moral de esclavos. Los frutos son desesperanza, individualismo, insolidaridad, aislamiento, endurecimiento, ataque a la religión, burla y blasfemia contra el mismo Dios. ¿Cómo realizarlo? Con la técnica utilizada al servicio de la propia voluntad después de haber desenmascarado a sus predecesores que se presentaban como racionales y racionalistas y, en el fondo, solo buscaban esa afirmación del propio yo frente a Dios que les pide abrirse a la verdad y al amor.

Hay soluciones, Dios salva al hombre de todas las épocas y en la revelación hay respuestas. Cristo es el Hombre en el cual podemos conocer lo que es y puede llegar a conseguir un hombre lejos de la rebeldía estéril. Las puertas del infierno no prevalecerán creemos con fe. Fe en Cristo y que su mensaje tiene soluciones para todo. Fe que lleva al amor verdadero, al amor de Cristo que obedece al Padre en la cruz en una liberación del pecado y el egoísmo nunca experimentadas. Cristo revela al hombre el hombre. Él ama y obedece al Padre incluso, y, sobre todo, en la cruz, en la humillación, en la muerte. Revela que el hombre puede amar con un amor excedente que no sea egoísmo disfrazado incluso de espiritualidad.

Podemos amar como Él con la ayuda de la gracia, no solo como una lucha titánica sino como una lucha humilde oracional, amorosa, heroica en aceptar la ayuda misericordiosa de Dios. Volver de nuevo a la teología que puede fecundar a la filosofía y al pensamiento, a la moral y a la convivencia. Reunir lo elaborado paso a paso durante siglos.

El nihilismo borra perspectivas y horizontes.

Sobre qué es el nihilismo, Nietzsche nos responde: «Que los valores supremos pierdan valor».

Nihilismo, como se sabe, es una palabra derivada de la latina nihil, que significa «nada». No tratamos aquí de las elaboraciones filosóficas de autores como Nietzsche, Heidegger, o Sartre, que merecerían un tratamiento más especializado, sino del nihilismo materialista corriente. Muchos millones de personas no son nihilistas, pero también hay muchos millones que sí lo son, más o menos explícitamente, porque, en el fondo piensan que el hombre viene de la nada y vuelve a la nada. Entre nada y nada tenemos la materia y nada más. Esta creencia es un virus bastante contagioso y conviene rebatirlo, porque hunde al hombre en pesimismos u optimismos infundados, lejos de la alegría profunda para la que hemos sido creados; y le acercan en cambio a las distintas formas de violencia que invaden el planeta: violencia física, moral, verbal, psicológica, masoquista, profesional, familiar, política, etc.

Esta «filosofía» tan difundida se suele interpretar como una negación de la fe, o al menos como carencia de fe. La fe en que hay algo más que materia y tiempo, sería una postura no científica, gratuita, propia de épocas pretéritas, característica del hombre ingenuo, inmaduro, supersticioso, etcétera.

Cabe preguntarse si el nihilismo se opone realmente a la fe; mejor, si el nihilista es una persona sin fe. El nihilismo niega el más allá, el espíritu inmortal y, en suma, a Dios, porque no se ve; no son objeto de experimentación, no se pueden observar ni reproducir ni diseccionar en un laboratorio, ni medir, como las magnitudes físico matemáticas.

Ahora bien, ¿quedamos así eximidos de averiguar si hay algo que no se vea pero que exista? En aras de la razón científica nos sentimos obligados a preguntar: ¿la nada se ve? ¿Cómo afirmar que el principio y el destino de cuanto existe es la nada, si la nada no es experimentable, si carece de toda magnitud, dimensión, en una palabra, de existencia?, ¿cómo afirmar la existencia de la nada sin contradicción?, ¿cómo afirmar que el destino del hombre es la nada, si la nada, nada es; si no se puede saber nada de ella?

Pero, ¿qué es el nihilismo? Entendemos por tal a la doctrina filosófica materialista que niega la existencia de cualquier creencia o realidad substancial. La realidad misma se remitiría a la propia nada. Todo sería un espejismo, todo discutible; ningún aspecto de la apariencia que conocemos como realidad sería objetivo.