Colaboraciones

 

¿Fe o razón?

 

Si la razón no es una realidad abierta a la fe, una realidad que la fe asume y hace avanzar, si ella misma no es un lugar que puede entrar en relación estrecha con la fe, entonces la fe permanece como algo no razonable, sufre una reducción fideísta, pertenece por tanto al ámbito de la costumbre y no al ámbito de la verdad. Ya Tertuliano había acuñado esta bellísima afirmación: Cristo no dijo: «Yo soy la Costumbre», sino «Yo soy la Verdad»

 

 

14 enero, 2022 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La razón

Todo ser humano debe usar el don divino de la razón para tratar de conocer la verdad. Más aún, el cristiano debe estar siempre dispuesto a dar razón de su esperanza a todo el que se la pida (cf. 1 Pedro 3,15); pero «el último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan», en palabras de Blaise Pascal (matemático, físico, filósofo, teólogo católico y apologista francés).

Blaise Pascal escribió que «el corazón tiene sus razones que la razón no conoce». Una persona que decide amar a otra puede relacionarse con ella de tal modo que la capacita para conocerla mucho más profundamente que antes. Es cierto que nadie ama lo que no conoce; pero también es cierto que, en cierto modo, nadie conoce lo que no ama. Esto, que ocurre siempre, aunque en distintos grados, se da eminentemente en el caso de la relación del hombre con Dios.

Lo razonable es reconocer que la razón es limitada y que, por lo tanto, ha de experimentar alguna especie de ofuscación ante lo infinitamente inteligible, como el ojo humano se ciega al sostener la mirada al sol.

Dios no es comprensible por la humana razón, pero no porque sea un ser contradictorio o simplemente ininteligible, sino precisamente porque, en sí mismo, es infinitamente inteligible, demasiado inteligible para una capacidad limitada de entender, como la nuestra. ¿No es razonable, sensato, discurrir de este modo?

Lo insensato es el racionalismo, que pretende que lo que no resulta concebible por la razón no puede existir, no puede ser verdad. Y aún va más allá el racionalismo, porque sostiene que solo cabe tener auténtica certeza de lo que la razón puede demostrar. Ahora bien, ¿cómo se demuestra que solo existe lo que es demostrable por la razón?, ¿cómo se demuestra que la razón humana es la máxima capacidad de entender? Por eso, con razón ha dicho J. Maritain (filósofo católico francés, principal exponente del humanismo cristiano) que «el racionalismo es el más irracional de los sistemas».

El racionalismo es la negación del misterio. Solo es real lo que es racional, y todo lo racional es real (Hegel).

La razón no sabe qué hacer ante el misterio, pero el intelecto sí: cuando se topa con el misterio no lo niega por el hecho de ser misterioso, lo reconoce: ahí está un misterio, una luz inabarcable; en lugar de negarla, cerrándome a su luz, voy a aprovecharla y a la vez que reconozco su superioridad, miraré las demás cosas a su luz y entonces, todo lo veré con más claridad.

«Mientras haya misterio habrá salud; destruid el misterio y ver nacer las tendencias más morbosas, todo es uno» (R. K. Chesterton, Ortodoxia). El misterio no es negación de la razón. Lo que niega la razón y a la razón es el absurdo, lo ininteligible.

El misterio no es ininteligible: entendemos sus términos, pero no alcanzamos a abarcarlos. Reconocer el misterio donde lo hay, sin abandonarse a la cómoda tentación de negarlo, es dignidad de la razón, valor y vigor del espíritu.

Entre absurdo y misterio hay la misma diferencia que entre lo que contradice y lo que supera nuestra razón. Cuando se identifica el misterio (en el sentido cristiano del término) con el absurdo es señal de que no se le conoce o de que se ha endiosado a la razón estableciéndola como medida de todo, rechazando todo lo que la trasciende. 

La razón que no reconoce sus propios límites, queda encerrada en ellos y ya no se entiende ni a sí misma. En cambio, cuando reconoce su limitación, entonces es cuando alcanza su máxima posibilidad, dignidad y grandeza, porque reconocer un límite es conocer más que un límite. Si conozco algo como límite, sé que hay algo más que límite. Si me topo con un muro y reconozco que me impide el paso, es que sé que hay un más allá del muro.

De ahí que reconocer los propios límites es de alguna manera superarse y trascenderse a sí mismo. Si sé que soy limitado estoy comprendiendo que yo no lo soy todo. Si sé que soy «finito» es porque sé que hay «infinito». Y saber que hay infinito es no detenerme en el límite, sino sentirme impelido a indagar, para averiguar si puedo acceder a ese «más allá» fascinante.

Entonces, si tengo la «suerte» de encontrarme con un medio «sobrenatural» que me permite llegar a donde la razón quisiera, pero no podía, me acogeré a él y me dejaré llevar hasta donde sea posible. Es el umbral de la fe sobrenatural, el encuentro con la revelación divina.

Cuando el filósofo se encuentra que en la Sagrada Escritura se narra la revelación de Yavé a Moisés: «Yo soy el que soy», se da cuenta de que está ante un misterio. Se admira, pero no se sorprende. Le resulta familiar, porque él ha llegado, con su sola razón a descubrir la existencia del «Ser subsistente», cuya Esencia, precisamente, es Ser.

Incluso cuando se encuentra con una de las cumbres de la revelación, «Dios es Amor», tampoco se sorprende. Se admira, porque, también con la razón podemos llegar a saber, que el Ser perfectísimo, ha de ser necesariamente Amor, puesto que es Ser, Vida, Verdad, Entender, Amar...

Así, pues, la diferencia que se ha pretendido establecer entre «el Dios de los filósofos» y el «Dios de la revelación» no es tanta. Más aún, todo apunta a que es el mismo. Conocido mucho más perfecta e íntimamente mediante la revelación, pero en continuidad con los resultados de un discurso filosófico correcto.

La sola razón no puede traspasar los umbrales de la fe. Pero hasta ahí llega. Y lo que es más asombroso, a partir de cosas que pueden ser tan pequeñas como un movimiento mínimo, como una causalidad intrascendente, como un ser corruptible, como una perfección muy limitada, como el orden que encierra un pequeño átomo.

Sucede que en una menuda gota de rocío puede reflejarse la inmensidad del cielo.

 

La Fe

La Fe es a la vez, gracia de Dios y respuesta humana.

Tener Fe significa creer —firmemente y sin dudar— todo lo que Dios nos ha revelado y lo que la Iglesia Católica —su Iglesia— nos propone como motivos de Fe.

La fe no es un mero conocimiento, al que se puede acceder sin comprometer la propia vida. Involucra la decisión de arrojarse confiadamente en los brazos de Dios, de dejarse transformar por su gracia, de amarlo de todo corazón. En vano procurará conocer el misterio de Dios quien no esté dispuesto a responder de esta forma al llamado de Dios. Por eso, es posible acumular mucha erudición y tener muy poca sabiduría. Y a la inversa, una persona puede ser inculta a los ojos del mundo y ser muy sabia a los ojos de Dios.

Nuestra inteligencia tiene la tendencia a creer las cosas que son evidentes. Como hay verdades divinas no evidentes, para creerlas se necesita nuestro asentimiento a esas verdades divinas.

Jesús le dijo a San Pedro, al reconocerlo como el Mesías: «Feliz eres, Simón, porque eso no te lo enseñó la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos» (Mt. 16, 17). Es decir, tenemos todas las gracias divinas para poder creer aun lo no comprobable y hasta increíble... pero debemos responder a esas gracias dando nuestro asentimiento. Eso es tener Fe.

En resumen, la Fe —según palabras Santo Tomás de Aquino— «es un acto del entendimiento, el cual se adhiere a la Verdad Divina, mediante una orden de la voluntad movida por la gracia de Dios».

 

¿Hay conflicto entre ciencia y Fe? ¿La Fe es contraria a la razón o a la ciencia?

La Fe no es contraria a la razón. Creer no significa abdicar de la razón. Tampoco la Fe puede ser contraria a la Ciencia, pues lo verdadero no puede contradecir a lo verdadero. La verdad tiene una misma fuente que es Dios y Dios no puede contradecirse. Las realidades no-sagradas y las realidades sagradas provienen de la misma fuente que es Dios.

San Agustín nos indica cómo debe ser la relación entre la Fe y la razón, para qué y cómo utilizar nuestra inteligencia: «Creo para comprender y comprendo para creer mejor».

Los misterios de la Fe están por encima de la razón, no en contra de la razón... Y creer esos misterios resulta muy beneficioso para nosotros.

Los misterios de la Fe no pueden comprobarse por medio de la razón, pues al estar por encima de la razón, son incomprensibles para nuestra inteligencia. Los misterios de la Fe desbordan nuestra limitada capacidad intelectual: es imposible que —por decirlo gráficamente— misterios infinitos quepan en nuestra inteligencia limitada.

Experiencia mística de San Agustín al tratar de explicarse el misterio de la Santísima Trinidad demuestra nuestra limitación para comprender verdades infinitas. Cuéntase que, mientras San Agustín se encontraba en la playa preparándose para dar una enseñanza sobre el misterio de la Santísima Trinidad, vio a un niño tratando de vaciar el agua del mar en un hoyito que había hecho en la arena. Al preguntarle San Agustín qué estaba haciendo, el niño le respondió que estaba tratando de vaciar el mar en el hoyito, a lo que le contestó el Santo: «Pero, ¡estás tratando de hacer una cosa imposible!» Y el Niño le replicó: «No más imposible de lo que es para ti entender o explicar el misterio de la Santísima Trinidad». Y con estas palabras el Niño desapareció.

Los seres humanos podemos creer o no, es decir, podemos aprovechar o desaprovechar las gracias que Dios continuamente nos proporciona para tener Fe.

 

La Apologética

La Apologética es la ciencia teológica que prueba la «razonabilidad» de las verdades de la fe; es decir que estas no son contrarias a la razón.

La Apologética responde al llamado de San Pedro: «Siempre estén dispuestos para dar una respuesta acertada al que les pregunte acerca de sus convicciones» (1 Pe. 3, 15-b).

La Apologética no pretende comprobar con certeza matemática las verdades de la Fe. Certeza matemática es, por ejemplo, la realidad de que una parte de una torta es menor que la torta entera (dicho en términos matemáticos: «el todo es mayor que una de sus partes»).

Pero un hecho real, como la resurrección de Cristo, no tiene una evidencia tan exacta como ese axioma matemático, pero puede demostrarse, por ejemplo, históricamente o inclusive confirmarse científicamente.

La Apologética, entonces, se relaciona solamente con la inteligencia, mientras que la Fe se refiere tanto a la inteligencia como a la voluntad y a la gracia divina.

En resumen: la Apologética no puede producir la Fe, pero es una herramienta útil para explicarnos y explicar a otros algunas verdades de la Fe.