Colaboraciones

 

Pedro, Pablo, el Papa

 

 

 

14 enero, 2023 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

Pedro, un pecador arrepentido, fue elegido por Jesús para ser el guía de su Iglesia.

Hoy es el Papa, sucesor de Pedro, quien tiene la misión de guiar la Iglesia de Cristo, su rebaño. Es el sucesor de Pedro, quien lleva el palio, metáfora de Cristo cargado con las ovejas que redime. Este episodio evangélico tiene que llevarnos a renovar nuestra fidelidad al Papa sucesor de Pedro y a los obispos, y a pensar que, a ejemplo de Pedro, el Señor nos pide saber amar. Solo podremos ser apóstoles del Señor, si sabemos amar. El amor y la humildad, son las dos virtudes que debemos aprender de Pedro y tratar de vivir. Solo cuando vivimos estas virtudes seremos capaces de cumplir la misión que el Señor nos ha encomendado a cada uno.

El fundamento invisible es Cristo resucitado, «porque nadie puede poner otro fundamento que el que está ya puesto, que es Jesucristo» (1 Cor 3, 10). Si el fundamento invisible es Cristo resucitado, el visible es la cátedra de Pedro. Estos cimientos son la garantía de la indefectibilidad de la Iglesia en el tiempo y en las tormentas que tiene que superar su barca, que es otra alegoría apropiada al pescador de Galilea, acostumbrado a capear y bracear en temporales y borrascas.

La Iglesia es un pueblo de pecadores y de santos, dice la L.G. Nadie es más humilde que el que se sabe pecador perdonado. De no ser que sea un cínico. Solo entonces, después de la Resurrección, el que había recibido la promesa de que la Iglesia sería construida sobre su Piedra, es confirmado en su misión de apacentar el rebaño. Los dones de Dios son inmutables y en él no hay ni venganza ni revancha, porque sabe que somos de barro, que, si hay humildad, él puede moldear y restablecer, recrear. Pedro negó a Jesús, y lo negó precisamente por creerse totalmente confirmado cuando todavía estaba sujeto a pecado. Pedro presumió ante Jesús cuando dijo: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

¿Qué sería del mundo sin la cultura creada y conservada en las Abadías, sin el arte cultivado por la Iglesia?, ¿qué de las escuelas?, ¿qué de los huérfanos, drogadictos, minusválidos, etc.? Iglesia, no solo el Papa, obispos y sacerdotes; también misioneros heroicos, santos seglares, obreros y santas madres que sufren, rezan y se inmolan por sus hijos, todos fuertes por la oración y la vida sacramental. Por la Eucaristía, la Palabra, el Perdón de Dios transmitido en y por la Iglesia.

Pablo fue un fascinado, un enamorado de la persona de Cristo. Encontrarse con Jesús Resucitado fue la experiencia más grande, profunda, comprometida y decisiva de su vida. Experiencia de gozo, de amor y de libertad.

Una característica singular de Pablo es que se complace en sus debilidades, porque «cuanto más débil soy, soy más fuerte» (2 Cor 12, 10). Está convencido de que su fuerza tiene las raíces en la flaqueza. No era elocuente, ni tenía presencia retadora, era débil en las persecuciones, lleno de mansedumbre en el gobierno de las almas, y predicaba verdades repugnantes a contracorriente a los no creyentes y también a los creyentes. Pero estaba convencido de que su fuerza venía de Dios y que con sus «sufrimientos suplía lo que faltaba a la Pasión de Cristo» (Col 1, 24). Y por encima de todo, estaba colmado de amor. «¿Quién enferma y no enfermo yo? ¿Quién se escandaliza y yo no ardo?» (2 Cor 11,29). Padeció torturas espirituales, defección de sus evangelizados, persecuciones, abandonos, soledad. Y, a pesar de todo, «está alegre, aunque triste, pero enriqueciendo a muchos» (2 Cor 7, 4). Y a los Filipenses les recomienda la alegría cuando está en la cárcel. El poeta Ovidio, desterrado, escribió sus obras tituladas Tristia, y paradójicamente Pablo escribe el Gaudete, iterum dico, gaudete, encarcelado. La razón está en que las páginas brotan de manantiales diferentes. Pablo era hombre de oración, de acción de gracias y de peticiones y esperanzas, sabía que sembraba con lágrimas, pero esperaba la cosecha entre cantares y, como ha escrito Bergson, la alegría anuncia siempre la vida que ha triunfado.

Llegados a Roma, los dos fueron encarcelados y sacrificados bajo Nerón: Pedro crucificado, acusado del incendio de Roma, que el mismo emperador había provocado; Pablo, como ciudadano romano, decapitado con espada. Así escribe en vísperas de su inmolación: «Yo estoy a punto de ser sacrificado» (2 Timoteo 4, 6). Los sepulcros de los dos están en Roma como cimiento de la Iglesia. Las Basílicas de Pedro y Pablo son visitadas constante y continuamente por creyentes y no creyentes todos los días del año. «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).

El Papa Benedicto XVI al tomar posesión de su cátedra como obispo de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán, Madre de todas las Iglesias, su Catedral, afirmó en la homilía que el obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo, que es el símbolo de la «potestas docendi», potestad de enseñanza que constituye una parte esencial del mandato de atar y desatar conferido por el Señor a Pedro y, después de él, a los Doce. En la Iglesia, la Sagrada Escritura, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación auténtica, conferido a los apóstoles, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble.

Hace falta la voz de la Iglesia viva, confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos. Esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe.

El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. El Papa no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios.

El Papa es consciente de estar ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través de la peregrinación de la Iglesia. Su poder no está por encima, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, y sobre él pesa la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga haciéndose presente en su grandeza y resonando en su pureza, de manera que no se haga añicos con los continuos cambios de las modas.

La cátedra es símbolo de la potestad de enseñanza, que es una potestad de obediencia y de servicio, para que la Palabra de Dios —¡su verdad!— pueda resplandecer entre nosotros, indicándonos el camino.

Toda la doctrina de la Iglesia, al final, lleva al amor. Y la Eucaristía, como amor presente de Jesucristo, es el criterio de toda doctrina. «Del amor dependen toda la ley y los profetas, dice el Señor» (Mateo 22, 40). «El amor es el cumplimiento de la ley», escribe san Pablo a los romanos.

Benedicto XVI no es un teórico es un teólogo. Santo Tomás utilizaba a Aristóteles y Benedicto XVI utiliza a Kant. Ratzinger dice que la Iglesia es Cristo. Y que Cristo es verdad y caridad que confluyen y se identifican porque la caridad sin la verdad es ciega y la verdad sin la caridad es vacía. ¡Eso es Kant!, que afirma que los conceptos sin intuiciones son vacíos y las intuiciones sin conceptos son ciegas.