Colaboraciones

 

Hubo una corriente que quiso destruir la persona y la obra de Benedicto XVI

 

El historiador Agostino Giovagnoli

 

 

 

20 enero, 2023 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

Hubo una corriente que quiso destruir su persona y su obra. Nunca amó su persona, su teología, su pontificado.

En una entrevista al TG1 (noticiero italiano), el mismo secretario privado del Papa emérito reveló que el Papa Francisco escribió a Benedicto XVI. «Llegó una carta muy hermosa del Papa Francisco a Benedicto XVI, una carta en la que habla como pastor, habla como hermano y habla también como una persona que volvió a expresar su plena confianza, su pleno apoyo y también su oración».

Benedicto XVI ganó la incruenta batalla de Inglaterra. Esta es la conclusión evidente que se desprendió de la lectura de los titulares de la prensa inglesa. Un periódico español como El País lo reconocía cuando afirmaba que la prensa británica coincidía en que Benedicto XVI dejó una mejor imagen. Incluso The Sunday Independent, laicista como el que más, formuló una crítica a los sectores más intolerantes del ateísmo por su actitud ante el Papa. En definitiva, el resultado fue muy bueno, mejor de lo que podía esperarse, dado que los antecedentes y el prólogo no podían ser más difíciles y enrevesados.

Londres, junto con Bruselas y París, son tres núcleos que han generado históricamente un ateísmo particularmente agresivo, que creen que los seguidores de Jesucristo son poco menos o poco más que débiles mentales y todos los Papas reos de prisión. Solo hacía falta leer la carta firmada por algunos, pocos, intelectuales conocidos, bastantes lores y gentes de la nobleza y otras personas de difícil identificación, y el tipo de críticas que vertían contra Benedicto XVI. Incluso lo responsabilizaban del SIDA. Más que una paradoja es en realidad, una esquizofrenia, que quienes se consideran adalides de la tolerancia, a la hora de la verdad se manifestasen como lo hacen contra quienes son realmente distintos; los católicos en este caso.

Finalmente, la cuestión peor de todas, la que más daño hace a la Iglesia porque exageraciones al margen refleja una realidad concreta: se trata de la pederastia. Atañe a unos pocos sacerdotes, cierto, a algunos obispos, que han ocultado el tema y han contribuido a multiplicar los efectos del pecado. Todo esto que ha venido emergiendo en estos últimos tiempos y ha tenido un rebrote fuerte en el caso de Bélgica pocos días antes del viaje papal. La pederastia es una excelente excusa para ensañarse contra toda la Iglesia y el propio Papa, a pesar de que Benedicto XVI ha sido la persona, ya desde su época como Cardenal, que de una forma más decidida y contundente actuó contra ella.

Con todos estos hechos por delante, el resultado de la visita del Papa fue extraordinariamente bueno porque su palabra y su gesto se impuso a todos ellos. Sus mensajes calaron y este fue el denominador común de la opinión publicada, que pasó ser de mayoritariamente crítica o desfavorable, a valorar aspectos concretos o globales de la presencia de Benedicto XVI en tierras de Escocia e Inglaterra.

Un «gran intelectual europeo, un gran interlocutor del filósofo Habermars, un defensor del papel público de las religiones». Así lo subrayó el historiador Agostino Giovagnoli a Vatican News, deteniéndose en la figura de Benedicto XVI: «Su papel teológico con relación al Concilio Ecuménico Vaticano II, primero como experto y después como consultor, hizo de él una figura de gran espesor».

A menudo, explica Agostino Giovagnoli, se ha calificado a Benedicto XVI como conservador, pero se trata de «una definición que el mismo Papa emérito rechazó con razón». En realidad «no era un conservador» porque consideraba necesaria «una gran elección en la Iglesia conciliar entre conservadores y misioneros». La idea fundadora es la de una Iglesia que «ante todo, debía estar abierta a la misión». En este sentido, Benedicto XVI está «ha estado perfectamente en línea con todos los Papas contemporáneos, desde Juan XXIII hasta Francisco», de los que la «Iglesia en salida» es una dimensión importante.

Benedicto XVI, en su reflexión sobre el relativismo, también captó muy bien las «contradicciones del Occidente contemporáneo con respecto a su tradición específica». Para Benedicto, subraya Agostino Giovagnoli, hay que recuperar «lo mejor de la tradición occidental».

Desde este punto de vista, era «un Papa occidental y, sin embargo, no un Pontífice cerrado a otras culturas y civilizaciones». Para Benedicto, la recuperación de Occidente debe ir «a lo esencial, en primer lugar, a la tradición judeocristiana, pero también a aquellos elementos del pensamiento griego y occidental que han enriquecido el cristianismo a lo largo de los siglos». Esta contribución no debe perderse «aunque el Evangelio se abra a otros pueblos».

Benedicto XVI, recuerda el historiador Agostino Giovagnoli, reflexionó también sobre la diferencia entre inculturación e interculturalidad: «El Evangelio nunca está desprovisto de un aspecto cultural que cambia de vez en cuando, pero sin el cual no es posible transmitir la Palabra de Dios». Benedicto XVI tuvo una visión muy «amplia del mundo, aunque quizá los aspectos que más le interesaban eran los relacionados con las diferencias culturales».

No escondía sus ideas y elogiaba a los «grandes políticos católicos», como Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, que habían construido Europa. Su atención al mundo se dirigía también a los fenómenos migratorios, «con palabras muy firmes sobre la importancia de acoger a los migrantes». Su «atención a lo humano» también emergía con fuerza en las situaciones difíciles y en su cercanía a los pobres.

El historiador Agostino Giovagnoli subraya que la mansedumbre, además de la humildad, son rasgos distintivos de Benedicto XVI, de su estilo como Pontífice. Se le «presentó indebidamente como inquisidor partiendo del hecho de que fue prefecto del Santo Oficio durante muchos años». Pero se trata de una «imagen distorsionada» porque desempeñó su servicio como prefecto «con gran creatividad más que con una ficción censora». Era «un Papa teólogo», aunque Benedicto XVI «rechazaba esta definición». Nunca fue «un sistemático», es decir, una persona «con un sistema de pensamiento que quisiera imponer a los demás».

Apreciaba la confrontación y por eso a veces fue incomprendido.

A Benedicto XVI le gustaba la confrontación con opiniones diferentes a las suyas. Y esto a veces, recuerda Agostino Giovagnoli, le causaba malentendidos, como en el caso del discurso de Ratisbona. En ese caso fue incomprendido, pero luego «encontró formas y gestos para hacer comprender la verdad de su corazón, que en realidad estaba muy abierto al diálogo». Algunos lo asociaron entonces a una «visión de retorno a un contexto preconciliar». Pero incluso esto debe ser «fuertemente refutado»: Benedicto XVI tenía su propia interpretación del Concilio Vaticano II y, en todo caso, estaba afligido con los desarrollos postconciliares.

Otro rasgo distintivo de Benedicto XVI fue su atención a los movimientos eclesiales, en los que veía «una expresión del Espíritu que habla de un modo nuevo en todas las épocas de la vida de la Iglesia». Suscitando también nuevas formas de vida eclesial, nuevas expresiones en las que la fe encuentra su encarnación histórica.

Fue un Papa, concluye el historiador Agostino Giovagnoli, que alentó «lo que ahora se llaman movimientos dentro de la Iglesia». «En cierto modo, también los sostuvo teológicamente, dando a estas nuevas expresiones de la vida eclesial una dignidad teológica y eclesiológica que antes no se les había reconocido».