Obligada reflexión del poder sobre Francia y el efecto contagio
Miguel del Río | 26.10.2026
No es buena idea pasar de largo sobre lo que está ocurriendo en pleno corazón de Europa, con los graves disturbios en Francia, contagiada también Italia, que prometen no acabar. La juventud está muy cabreada en esos países, pero la crispación social ha introducido nuevos problemas como la carestía de la vida, la educación o la pérdida paulatina del bienestar social. ¿Les suena? Claro que les suena, porque es precisamente lo que nos sucede también a nosotros. Cada país reacciona de una manera diferente, eso lo tengo claro. Pero también veo nítidamente que el principal problema de la unión es precisamente que ya no hay unión.
Viendo los gravísimos disturbios en Francia e Italia, algún atrevido columnista podría tacharlos como la rebelión de los europeos contra un sistema con claros síntomas de agotamiento, aplazando sistemáticamente cambios que urgen, y que eviten la creciente injusticia social que ya se da. Asumir esto último que digo, yo lo hago, conlleva aclarar, antes de nada, en qué se basa la existencia del para unos hay y para otros no hay. Pues se basa en la cada vez mayor desigualdad de recursos, lo que se nota especialmente en la cesta de la compra (está imposible), el acceso a la salud (muy deteriorado), la educación (pésima) y la vivienda (inaccesible total). Añadamos la discriminación y exclusión, y a la poca o nula participación, como sucede, de los grupos vulnerables en decisiones políticas y económicas. A nada que saquemos conclusión de lo anterior, España no es tan diferente del vecino francés (Barcelona).
En los manuales de sociología se citan las causas habituales que generan injusticia. Se habla por ejemplo de la corrupción derivada del mal uso del dinero público; lamentablemente, de esto sabemos mucho en España. Se comentan por ejemplo las normas e impuestos fiscales que favorecen mayormente a los ricos, y se especifica por ejemplo la falta de inversión pública en las zonas más desfavorecidas.
Europa es una unión de países y por lo tanto todo son vasos comunicantes entre naciones asociadas política y económicamente. Lo de Francia y los gravísimos disturbios en París, Marsella, Niza y Burdeos empezó con protestas estudiantiles ante el deterioro de la educación unido a una profunda crisis social. De esto, a pasar a saqueos en 3.000 comercios y edificios públicos atacados o incendiados, es muy fuerte. Tras los primeros altercados, el ministro del interior galo presentó la dimisión que no fue aceptada. Posteriormente, reconoció que “Evidentemente, el Estado ha fallado”. Si esto ocurriera en España, con lo de Ceuta o trenes de alta velocidad que descarrilan porque no hay vía, ese día nuestro Estado también fallaría menos de lo que lo hace tan habitualmente.
En buena lógica, la Unión Europea debería abordar los últimos acontecimientos y la posibilidad de contagio a más países. No es insensatez alguna pensarlo, y sí debatirlo donde es debido para estar prevenidos. En España vivimos al día, la sensación es que nadie se inmuta con todo lo que pasa, mucho menos moverse y actuar, pero, con todo, hay grandes coincidencias con Francia en lo que es un coste de la vida insoportable y una crisis en la educación que nos valora como de los peores países del mundo a la hora de enseñar a nuestros alumnos. Del deterioro de las infraestructuras públicas, algunas completamente abandonadas, poco más se puede decir de lo que se viene denunciando. Tras lo sucedido aquí al lado, el tema de la inmigración ha salido fuertemente a la palestra, y líderes mundiales se han referido a ello como origen de muchos de los problemas que padece el Viejo Continente.
De la gravedad de los acontecimientos habla por sí solo el hecho de que Francia e Italia han desplegado a su Ejército en determinadas zonas urbanas. Es difícil que esto ocurriera también aquí, cuando no se les manda rápido ni a una Dana en Valencia o una invasión en Ceuta. Sí, alto y claro, es inquietante lo que está pasando en Europa, mientras Estados Unidos y Rusia, que nos quieren mal, no dejan de meter el dedo en el ojo. El principal problema de la unión es precisamente que ya no hay unión. La gran debilidad de los líderes políticos europeos actuales es otra cuestión a poner encima de la mesa. Ya no son aquellos del siglo XX, con los principios que defendían de acuerdos unánimes, cohesión, planes de empleo juveniles, trabajo y vivienda para todos, pagar mejores sueldos, y defender antes a las industrias locales y sus productos, que dar preferencia a otros grandes mercados mundiales que nos están invadiendo con sus marcas, caso de los coches chinos.
Entiendo que un nuevo siglo acarrea en paralelo cambios. Pero nos hemos pasado de frenada en casi todo. Podría citar muchas cuestiones que son impresentables, pero me voy a quedar con la que considero la peor pifiada cometida: el poder se ha olvidado de los ciudadanos, de tenerles en cuenta no solo para el voto, sino para mantener siempre segura esa sociedad del bienestar, tirando a justa, que nos legaron nuestros padres y abuelos. La protesta se ceba en las grandes capitales europeas. Lo que se esté cociendo aquí, en España, lo veremos tarde o temprano. O no. Aunque una cosa es segura, en adelante, ya nada va a ser lo mismo.
Miguel del Río